Millones de venezolanos han expresado su deseo de libertad. El desafío ahora es conquistar elecciones libres que permitan hacerlo realidad.
Venezuela atraviesa desde hace casi tres décadas una crisis profunda, marcada por una emergencia humanitaria, el deterioro institucional, la persecución política y el colapso económico que obligó a más de nueve millones de venezolanos al exilio. Detrás de cada cifra hay familias separadas, jóvenes que crecieron lejos de su país y una nación que ha resistido durante demasiado tiempo.
Sin embargo, el 28 de julio de 2024 quedó demostrado algo fundamental: la voluntad democrática del pueblo venezolano sigue intacta. Millones de ciudadanos salieron a votar y, en un acto de enorme civismo y organización ciudadana, defendieron las actas y expresaron con valentía su deseo de cambio, incluso en medio de condiciones profundamente adversas de represión institucionalizada.
Ese mandato ciudadano no puede ignorarse. Con una diáspora de millones de venezolanos en el mundo, Venezuela necesita que la transición tenga como eje el respeto a la voluntad popular, la reconstrucción institucional y la recuperación económica, para superar la profunda crisis humanitaria en la que el chavismo ha sumido al país.
Después de la captura de Nicolás Maduro, en un hecho sin precedentes ejecutado por el gobierno de los Estados Unidos, quedó aún más claro lo que los venezolanos sostienen desde hace años: no se puede dar tratamiento político a lo que en esencia es criminal.
Este hecho marcó la apertura de una nueva etapa hacia la transición, que no habría sido posible sin la ilegitimidad arrastrada por el régimen ni sin la demostración de la victoria de Edmundo González.
La discusión ya no es si los venezolanos quieren democracia. Eso quedó claro. La discusión ahora es cómo garantizar elecciones libres, transparentes y verificables que permitan recuperar la confianza de la ciudadanía, reactivar la economía y abrir una nueva etapa hacia la reconstrucción nacional.
Venezuela quiere democracia
En ese camino, el liderazgo de María Corina Machado ha sido determinante. Su capacidad para movilizar a millones de venezolanos dentro y fuera del país, así como para sostener una causa democrática incluso en circunstancias de riesgo, la ha convertido en una referencia política ineludible para una amplia mayoría ciudadana, que ratificó su liderazgo con más del 92% de los votos en la primaria del 22 de octubre.
Su reciente gira por Europa, recibida con honores de jefe de Estado en encuentros de alto nivel en Francia, Italia, Países Bajos y España, busca articular alianzas democráticas antes de su retorno a Venezuela. El cierre, con una multitudinaria concentración de venezolanos en Madrid, fue una muestra clara del nivel de organización y del compromiso de la diáspora con la libertad del país.
Pero también es cierto que se necesitan instituciones fuertes, reglas claras y garantías políticas: respeto a los derechos humanos, libertad para los más de 500 presos políticos, observación internacional independiente y un cronograma electoral confiable que permita a los ciudadanos decidir su futuro mediante elecciones libres y transparentes. Hoy más que nunca existen condiciones para avanzar en ese camino.
La diáspora y la oportunidad regional
La diáspora venezolana sigue este proceso con esperanza, pero también con responsabilidad. Argentina alberga una de las comunidades venezolanas más importantes de la región, integrada por miles de personas que trabajan, estudian y contribuyen todos los días al desarrollo del país que los recibió.
Esta diáspora no se ha desconectado de Venezuela. Por el contrario, ha asumido su rol en cada manifestación pública, ayudando a convertir la causa por la libertad del país en una causa de alcance global. La acompaña, lucha por verla libre y, sobre todo, sueña con volver a casa.
Hoy, Venezuela también representa una oportunidad para la región. La recuperación democrática del país significaría más estabilidad, mayor cooperación y nuevas oportunidades de desarrollo para América Latina, además de una migración más ordenada basada en la libertad de decidir quedarse o regresar.
Pero así como los venezolanos han asumido su rol, la comunidad internacional también debe asumir el suyo. Las relaciones internacionales cambian con el tiempo, y la posición de los Estados Unidos ha sido una muestra clara de ello. Asimismo, Argentina ha dado ejemplo en la resignificación de esas relaciones, no solo por sostener una posición firme en favor de la democracia venezolana, sino también por haber tomado acciones concretas, como proteger al círculo cercano de María Corina Machado en su embajada mientras otros miraban hacia otro lado.
La democracia en Venezuela no puede seguir postergándose. Cada mes de incertidumbre profundiza el dolor de quienes permanecen en el país y prolonga la distancia de quienes esperan regresar. Allí también reside parte del desafío del liderazgo: lograr que los tiempos de la comunidad internacional se alineen con los tiempos de urgencia de los ciudadanos.
Estamos en un momento decisivo. La democracia no llegará sola: exige que cada actor asuma su parte. Para los millones que esperan regresar, hoy, sin duda, la libertad de Venezuela está más cerca que nunca.