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2 de abril y 24 de marzo

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2 de abril y 24 de marzo. | cedoc

Me siento un poco responsable de transmitir a los más jóvenes testimonios de primera mano de la dictadura y la Guerra de Malvinas. Soy representante de la última generación de periodistas que cubrieron en el terreno ambos dramas y quedan activos profesionalmente. Más allá de la proximidad en el calendario del 2 de abril con el 24 de marzo, encuentro verdaderamente unidas e interrelacionadas esas dos fechas, las dos grandes derrotas del último medio siglo de Argentina. 

Conocí personalmente a los comandantes de la más macabra de las tres juntas militares; la primera, sufrí en el cuerpo los “excesos” de sus subalternos cuando me encarcelaron en El Olimpo a fines de los 70, y justo un 24 de marzo me pusieron a disposición del Poder Ejecutivo por traición a la patria durante la Guerra de Malvinas. La acusación era tan ridícula como lo eran estos comandantes militares: me acusaron de ser espía inglés.

Pido disculpas a los lectores que ya les conté esta historia pero deseo transmitirles a las nuevas generaciones lo ridículo, vacuo, insustancial y banal de quienes no pocas veces ocupan las más altas esferas del poder público. Esto no solamente sucede en los gobiernos no elegidos por el voto popular, y la vacuna a la insanía no son las elecciones y el apoyo popular de quienes son electos, porque al comienzo de nuestra última dictadura hubo un significativo apoyo civil a aquellos dictadores.

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Gianni Vattimo escribió que cuando se asciende a lo más alto, de lo más alto del poder se descubre que el sillón está vacío. E Immanuel Kant escribió: “Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto, siempre nuevos y crecientes, cuanto con más frecuencia y aplicación se ocupa de ellas la reflexión: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí”, o sea la maravilla de que haya sociedad y haya mundo sin que el mundo tenga un jefe. Simultáneamente, Nietzsche explicaba la angustia de vacío que genera pensar que no hay un jefe diciendo que los seres humanos pueden soportar todo menos que no haya una explicación y agregó: “Aquel que tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”.

La dictadura y la Guerra de Malvinas no tuvieron un porqué bien pensado, ni siquiera un cómo bien planificado. Los militares de entonces se autoinfligieron dos derrotas por la misma causa: su impericia conceptual y práctica. Obviamente, ellos no habían nacido de un repollo sino que eran consecuencia del proceso de deterioro cognitivo y moral que ya se venía produciendo también en la sociedad civil que los apoyó y continúa hasta nuestros días cada vez que nos ponemos fanáticos y, consecuentemente, dogmáticos.

La marcha del 24 de marzo y el controversial video que ese mismo día difundió el Gobierno y me volvió a llevar al pasado motivaron que durante la semana entrevistara a los cinco protagonistas explícitos y tácitos de ese video: su protagonista principal, Luis Labraña, el exguerrillero que se autotituló ser él quien inventó la cifra de 30 mil desaparecidos (leer en este enlace), al citado por Labraña y autor intelectual de “la estafa con los desaparecidos”, el autor del libro homónimo, José D’Angelo (leer en este enlace), al acusado de generar subsidios a desaparecidos que no lo son: el exsecretario de Derechos Humanos Horacio Pietragalla (leer en este enlace) , al principal orador del acto del 24 de marzo, el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel (leer en este enlace) y quien me parece cierra la polémica y enebra además el 24 de marzo con el 2 de abril, el exjefe del Ejército y veterano de Malvinas, Martín Balza (leer en este enlace).

El lector interesado podrá sacar sus propias conclusiones al escuchar a cada uno de los cinco, yo adelanto la propia: el exguerrillero Luis Labraña no tiene ninguna evidencia, testigo o prueba de ser él el autor de “30 mil desaparecidos”, además atribuye la repetición de esa cifra frente a los casi 9 mil de los registros de la Conadep y otros posteriores para justificar que se cobren casi 22 mil subsidios de personas que no fueron desaparecidas citando el libro de José D’Angelo. Luego el autor del libro La estafa con los desaparecidos aclara que nunca pudo conseguir la lista de los subsidios que se pagan ni la cantidad, por lo que no tiene pruebas de lo que Labraña le atribuye, y agrega además que está a favor de que todas las verdaderas víctimas del terrorismo de Estado cobren un subsidio. Y el exsecretario de Derechos Humanos Horacio Pietragalla confirma que quienes cobran subsidios por ser víctimas del terrorismo de Estado son más de 20 mil pero que no son únicamente familiares de desaparecidos, sino detenidos ilegalmente que aparecieron, detenidos legalmente y desde hace unos años personas que se exiliaron durante ese período. A priori resultaría contraintuitivo que cobrase un subsidio un familiar de un desaparecido que luego no se incluyese en la lista oficial de desaparecidos.

En síntesis, medias verdades que se utilizan para construir una mentira: la cifra de 30 mil desaparecidos no fue construida para generar 22 mil subsidios a desaparecidos por fuera de la lista oficial, lo que no quita que hubo criticables abusos en la cantidad de subsidios a los no desaparecidos.

Respecto de las versiones que circularon junto con el video del 24 de marzo, donde el Gobierno pone foco en las víctimas de la guerrilla, y anunciaba una medida que permitiría a los condenados por delitos de lesa humanidad de más 75 años acceder a prisión domiciliaria, el Premio Nobel de la Paz, coherente con su condición de defensor de los derechos humanos, se muestra a favor de permitirlo humanitariamente en todos aquellos condenados que tengan alguna dificultad de salud.

Y el testimonio más esclarecedor es el de Martín Balza, en su doble condición de héroe de la Guerra de Malvinas y primer comandante del Ejército que reconoce los delitos de lesa humanidad. Condujo el Ejército entre 1991 y 1999, en la presidencia de Carlos Menem (quien indultó a los militares entonces condenados ), y fue Balza el artífice de la consolidación democrática porque el 3 de diciembre de 1990 venció con las armas a los carapintadas que se habían levantado contra Alfonsín en dos oportunidades previas sin haber sido repelidos.

Con lógica y didactismo de quien fuera profesor de la Escuela Superior de Guerra, la que llegó también a conducir, Balza centró su lógica en desarmar la siguientes falacias:

1) Es falaz el argumento de que el gobierno democrático de Isabel Martínez de Perón había ordenado “aniquilar” a la subversión porque militarmente “aniquilar” es el accionar y no las personas: “Pongo un ejemplo, en Malvinas, nosotros fuimos totalmente aniquilados en una de las batallas de cerco más precisas de la historia. Se conformó un cerco naval, un cerco aéreo y luego terrestre. Fue una batalla de aniquilamiento perfecta. Sin embargo, yo estoy conversando con ustedes al igual que muchos veteranos que están trabajando en Buenos Aires y en el interior. No nos hicieron desaparecer”.

2) Es falaz el argumento de que las juntas cumplían la órdenes emanadas del poder civil porque habían derrocado al poder civil y no cumplían sus órdenes en ningún otro campo.

3) Es falaz el argumento de que hubo una guerra: “Durante la dictadura cívico-militar la palabra guerra estaba prohibida en los documentos oficiales y cualquier declaración que uno hiciera. Porque si se dice la palabra guerra hay que reconocer al adversario, y como no se les quería dar estatus beligerante a las fuerzas guerrilleras subversivas, no se aplicaba la palabra guerra. Pero aun en el supuesto caso de que aceptemos que hubo una guerra, que yo no lo acepto, se olvidan de que en la guerra no vale todo. Yo estuve en una guerra, y vi otras guerras en el Medio Oriente cuando era capitán. Yo fui prisionero de guerra. En la guerra, los prisioneros de guerra deben ser protegidos de todo acto de violencia. En los Convenios de Ginebra, esencia del derecho internacional humanitario, en 1949, se establece esto. Se les debe respetar el derecho a practicar su religión. Especifica también que la alimentación del prisionero de guerra debe ser idéntica a la ración que come la tropa. Se prohíbe cualquier forma de crueldad, específicamente daños superfluos. Se prohíben los medios de lucha pérfidos que atentan contra el honor. De manera que si fue una guerra, hay cosas que no se pueden aceptar. Me pregunto: ¿quién ordenó las violaciones sexuales que se cometieron en este lamentable período? Hombres de uniforme cometieron relaciones sexuales, robos de propiedades, de bebés, han torturado prisioneros, han lanzado gente al río y al mar, se ha generado la desaparición forzada de miles de personas”.

La historia –ciencia fáctica–, al igual que el periodismo, tiene componentes subjetivos y casualmente por eso tenemos que hacer los mayores esfuerzos en autocontrolar nuestro sesgo.