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COLUMNISTAS / Opinión
martes 12 noviembre, 2019

¿Quién carajo somos los latinoamericanos?

El continente estuvo sacudido por dictaduras militares, intervenciones estadounidenses y corrupción. Incluso lo que parece un fenómeno local no tarda en convertirse en algo regional.

por Eduardo Reina

Alberto Fernández, en la inauguración de la segunda reunión del Grupo de Puebla. Foto: Captura TV

«Una característica que nos unifica y nos singulariza, con respecto a los demás continentes, es la creciente necesidad de saber quién carajo somos.»
Gabriel García Márquez, "¿Quién carajo somos los latinoamericanos?". El Mundo, febrero de 1982.

La idea de la unidad latinoamericana tiene siglos de antigüedad. Simón Bolívar soñaba con un continente unido bajo una misma bandera. Más tarde, en 1922, el escritor argentino Manuel Ugarte acuñó el concepto de la Patria Grande. Pero fueron los movimientos de izquierda en las décadas de 1960 y 1970 los que lo retomaron y lo convirtieron en una parte de su proyecto político.

Lo que muchas veces se olvidan estas propuestas optimistas es que, si América Latina tiene un destino común, esto vale tanto para los procesos positivos como para los negativos. El continente estuvo sacudido al unísono por las dictaduras militares, por las intervenciones estadounidenses y los casos de corrupción. Incluso lo que parece un fenómeno local no tarda en convertirse en algo regional.

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Ahora le llegó el momento a la grieta. Los argentinos fuimos pioneros en esto que creíamos una invención nacional, como la birome y el dulce de leche. Después descubrimos que cosas parecidas ocurrían en Venezuela, en Brasil, en Ecuador y en Chile. Las discusiones internas de cada país ahora tienen escala regional, al igual que los dos bandos cada vez más separados que protagonizan nuestra política.

Las primeras semanas de Alberto Fernández como presidente electo nos dieron muestras de sobra de este nuevo fenómeno. Con Bolsonaro ni se dignaron a intercambiar las cortesías de rigor; hubo fuego cruzado que incluso alcanzó a las familias de los dirigentes. Alberto nunca ocultó su simpatía por la causa de Lula, quien ahora acaba de quedar en libertad.

Mientras tanto, ocurrieron los estallidos en Chile y en Ecuador, y las cuestionadas elecciones en Bolivia, seguidas por la renuncia forzada de Evo Morales. Todos estos hechos pusieron en evidencia que la grieta ahora trasciende todas las fronteras. Los políticos de cada país dejan de lado la diplomacia y toman partido, a veces sin cuestionarse demasiado los hechos.

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Lo de Bolivia es ejemplar. Es verdad que las elecciones estuvieron lejos de ser totalmente transparente, pero Evo Morales había aceptado ya realizarlas nuevamente ante el reclamo de la OEA. Su salida se produce por la presión de la oposición y de las FFAA, amparadas por Washington, lo que nos remite a las peores épocas en la historia del continente. De hecho, Bolivia queda en una situación institucional frágil, con un enorme vacío de poder.

Llama la atención, entonces, que mientras algunos condenan duramente lo ocurrido, otros lo vean como un paso lógico. Macri, en sus últimos días en la presidencia, se ha mostrado excepcionalmente tibio, y dijo de manera explícita a sus ministros que, para él, no se trataba de un golpe de estado. La defensa de las instituciones tiene también signo político.

Entretanto, Alberto Fernandez no se ha demorado a la hora de mover fichas en el nuevo tablero regional. Su elección se produjo en este momento convulsionado, pero en el que también la mayoría de los líderes de Latinoamérica están alineados con su propio espacio. Una reedición de lo que ocurría con la llegada de Néstor Kirchner al poder.

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Este revival del nestorismo quedó coronado en la reunión de Puebla (ex presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, el ex presidente de Colombia Ernesto Samper, el dirigente de la izquierda chilena Marco Enriquez Ominami y el brasilero Aloizio Mercadante, fundador del PT). Tambien hubo varias sesiones a puertas cerradas: Felipe Solá, Carlos Tomada, Eduardo Valdés y Victoria Tolosa Paz.

Mientras se vivaba a Lula, el progresismo latinoamericano abrazó a Alberto como líder del nuevo giro hacia la izquierda en el continente. Eso incluso antes de ser presidente. Mientras tanto, recibe también el visto bueno de Trump, que espera frenar el avance de China en la región.

Circunstancia fortuitas hicieron que Alberto ganara la elección en un momento inmejorable. Ahora, si lo quisiera, podría ser un líder de convergencia para fundar un posprogresismo institucionalizado y moderno en América Latina. Y todo sin siquiera haberse puesto la banda de presidente.

ER/FF


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