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La dama avanza

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Decidida. Cierra sus mensajes con un: “Todo por Argentina”, nada de carajos. | cedoc

“¡Qué desagradecida, sin mí no sería nada!”. Corría la noche lluviosa del martes en Olivos. Ante su hermana y un puñado de colaboradores, Javier Milei descerrajaba una furia incontenible, en la que abundaban los insultos contra Victoria Villarruel. Se acababa de enterar de que la vicepresidenta había convocado para el jueves a la sesión especial en la que el Senado decidiría la suerte del mega-DNU. Todos sabían lo que iba a pasar. Y pasó.

Como un volcán, el Presidente transmitió esa erupción al asesor premium Santiago Caputo, quien multiplicó en los últimos días sus ingresos a la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) y se encargó de desatar el salvajismo de los trolls oficiales y paraoficiales en las redes contra Villarruel, desde la mañana siguiente.

La ofensiva incluyó acusaciones de traición y golpismo, amenazas de lo que podría pasarle si triunfaba el voto negativo, y supuestas revelaciones de su vida privada, conectadas con teóricos gastos superfluos y designaciones en la Cámara Alta.

La andanada obligó a la vice a tomar nota de cuán fuerte estaba dispuesto a jugar el Poder Ejecutivo, para que no se tratara el DNU. Ese miércoles, Villarruel intentó en la reunión de labor parlamentaria acordar una nueva postergación del análisis del decreto, ante los jefes de los bloques.

El objetivo de la vice es contrastar nada menos, que con Cristina Kirchner y ya preanuncia futuras señales de autonomía

La negociación era complicada, pero se encaró. Hasta que la detonó el comunicado de la Presidencia, en el que se acusaba al Senado de intentar imponer “una agenda propia e inconsulta” y lo instaba a que “no se deje cautivar por el canto de sirena de quienes pretenden ‘anotarse’ victorias de corto plazo”. Sí, usaron el término “victorias”. Villarruel y los jefes de los bloques se despidieron con un: “que sea lo que tenga que ser”. Y fue 42-25 contra el DNU, después de hacer otra intentona durante la misma sesión, para suspender su análisis por dos semanas.

Siempre didáctico, el vocero presidencial Manuel Adorni esgrimió que había sido mal interpretado el comunicado explosivo. Explicó que su crítica era para la casta y no a Villarruel, con la que el Presidente se lleva muy bien, según el funcionario.

Adorni, o alguien, debería habérselo aclarado a la propia vicepresidenta, que lo tomó como otra muestra de hostilidad hacia ella de parte del Ejecutivo. Y Adorni, o alguien, podría haber esclarecido que si se llevan tan bien Milei y su excompañera de fórmula, por qué fuentes oficiales dispararon contra ella en off, antes de la sesión respecto a su presunta infidelidad política, vía voces muy conocidas.

En medio de la disputa, hay un punto de discordia técnica. El Gobierno le endilgó a Villarruel haber accedido a la sesión, cuando podía haberla pateado hacia adelante, como ya había ocurrido. La vice se escudó en que el reglamento del Senado la obligaba. El artículo 19 del protocolo interno de la Cámara indica que una sesión especial “puede” ser convocada, con al menos, cinco firmas de senadores. No dice “debe”.

Acaso al firmar la convocatoria a la sesión del jueves, Villarruel aún mantenía la sangre en el ojo: horas antes tuvo que suscribir la anulación del aumento en las dietas del Senado, a lo que se había resistido. Todo lo contrario de Martín Menem, su par en Diputados, siempre dispuesto a los deseos de la Casa Rosada.

Cierto es que la tensión entre Milei, su entorno y la vice ha ido in crescendo desde el mismo día del triunfo en el balotaje. En el Gobierno ponen como punto de partida la noche del festejo electoral, cuando frente al Sheraton Libertador ondeaban banderas que no tenían a un león sino a una V celeste y la bandera argentina en uno de sus extremos. Milei le agradeció a su hermana y a Caputo en público, nunca a Villarruel.

La encerrona

Así, la promesa de que la segunda en la fórmula se ocuparía, además de las políticas de seguridad, defensa e inteligencia cayó de inmediato en saco roto. Ni oficina alguna en Balcarce 50, donde sólo va cuando es invitada de vez en cuando, a alguna reunión de Gabinete ampliado.

Se abre un paréntesis. El jueves último, en medio de los ataques contra Villarruel, se suspendió sorpresivamente el encuentro del Presidente con los ministros, por problemas de agenda, se informó. Milei estuvo todo el día en Olivos. Allí recibió a Marcela Podestá Costa, que se autopercibe sobrina nieta de un tal Benjamín Solari Parravicini, una suerte de Nostradamus local quien en 1971 auguró una Revolución Francesa en la Argentina. “Tiene más de 1.500 psicos cumplidas”, dice su familiar. Se llevó selfie presidencial con pulgares en alto y todo. Ese jueves. Cierra paréntesis.

Villarruel está lejos de beber agua bendita. Pese a que la mesa chica presidencial la corrió de los temas en los que aguardaba incidir, mantuvo su predisposición a la rebelión. Promocionó sus visitas a las cúpulas de las fuerzas de seguridad. Y ante ciertas quejas, visitó a jefes militares de manera reservada.

Sus pequeñas venganzas continuaron con la elección de las autoridades del Senado. Acordó con el formoseño José Mayans, jefe del bloque kirchnerista, que fuera de presidente provisional del cuerpo Bartolomé Abdala, en vez de Francisco Paoltroni, como quería el Poder Ejecutivo.

Otro caso fue su visita a Salta después que en Diputados se cayera la ley ómnibus y el Presidente bramara contra gobernadores y legisladores, a los que calificó de extorsionadores y delincuentes. La vice confluyó allí con el anfitrión, Gustavo Sáenz, y varios de sus pares que habían sido alcanzados por la pirotecnia libertaria.

Igual, en el Gobierno creían hasta el momento, que la mayor deslealtad de Villarruel fue reunirse en privado con Mauricio Macri, invitada por el expresidente. Milei se enteró de esa cumbre no por su vice. Fuentes oficiales admiten que el llamado a la sesión legislativa se subió a la cúspide del odiómetro.

La presidenta del Senado se lo toma con serenidad. Al menos, así lo expuso en un cuidado video que divulgó por sus redes posrrechazo del DNU. Allí, flanqueada a su derecha por la bandera argentina y un ejemplar de la Constitución Nacional, Villarruel defiende su sociedad con Milei: “a pesar de los incontables intentos por dividirnos”. Hecho semejante acto de fe, aclara que el Senado es: “la casa de las provincias y un poder independiente”, lo que preanuncia futuras nuevas señales de autonomía. Y busca contrastar con Cristina Kirchner, nada menos. “No hay Gobierno sin institucionalidad”, reza como diferenciación con propios y ajenos. Cierra con: “todo por Argentina”, con un rictus sonriente y sin vivar a la libertad carajo.

Esto no termina acá. Veremos cuándo. Y cómo.