sábado 13 de agosto de 2022
COLUMNISTAS sospechas y crisis de representatividad

Las cosas cambian

25-06-2022 23:55

Amigos y enemigos llamaban Pepe a José Eliaschev, a quien unos y otros consideraron gran periodista, porque seguía la información con la persistencia de alguien que no busca el golpe de la primicia sino la verdad de los hechos. El suicidio o asesinato del fiscal Nisman, que investigaba las conexiones locales con Irán en el atentado a la AMIA, confirmaba todas las sospechas.

En estos días recordé a Pepe Eliaschev muchas veces, preguntándome cómo hubieran sido sus notas sobre la conexión argentina del avión cargado de iraníes, piloteado por alguien cercano a los grupos terroristas, que hizo una escala en Córdoba y aterrizó poco más tarde en Buenos Aires. Los datos fueron publicados la semana pasada y me remitieron, inevitablemente, a la muerte dudosa de Nisman.

Desde 2011, un posible o seguro pacto con Irán figuraba en el corazón de las notas de Eliaschev: se trataba de un memorándum-pacto que, según Cristina Kirchner, ayudaría a las investigaciones del atentado a la AMIA. Quienes se oponían sostuvieron lo contrario: que era una maniobra para favorecer y librar de responsabilidad a los protagonistas materiales y jefes internacionales de ese atentado. Todo esto puede seguirse en las noticias que persisten, acusadoras, en la web de este diario.

El reciente vuelo y aterrizaje en Buenos Aires del avión iraní, tripulado por gente de frondoso currículum en los servicios de inteligencia de esa nación, traen estos recuerdos. El canciller Cafiero no se refirió al asunto con la excusa de que estaba la justicia investigándolo. Prueba una vez más que Cristina, con su conocido respeto de la justicia, avala este silencio del Gobierno.

Imagino que Pepe Eliaschev estaría ordenando todas las claves y que su nota las ofrecería este mismo domingo. Siento su ausencia, sobre todo en un momento donde la información política y social transcurre en escenarios desordenados, donde los hechos se liberan de la articulación racional que creímos encontrarles horas antes.

Es verdad que las hipótesis son una etapa de la interpretación de los hechos. Pero no todo puede ser explicado por hipótesis, aunque la impaciencia del conocimiento a veces nos impide encontrar los datos que cumplan algunos de los requisitos de lo verdadero. Hoy necesitamos saber qué hacía ese avión iraní en cielo y tierra argentinos, además de transportar lo que parece un conveniente camuflaje de autopartes. ¿Su piloto está realmente vinculado al terrorismo que lleva la marca de Irán? La respuesta debe trascender la imaginación y los supuestos.

La certidumbre completa sobre hechos tanto de la historia como del presente es una pretensión con objetivos inalcanzables. Pero los países ordenados promueven un grado alto de precisión y detalle para que la realidad no se vuelva ilegible y cualquier opinión o trascendido reemplace el conocimiento. No podemos actuar sin un grado aceptable de confianza en que hay una realidad sosteniendo nuestras opciones y movimientos.

Extraño a Eliaschev: estaría ordenando las claves para saber qué vino a hacer el avión iraní

El hartazgo, las desilusiones, el retorno de lo siempre igual que pretende ser tomado como diferente, los cambios o el manoseo de lo usual allí donde se prometió conservarlo, destruyen la base sobre la que puede apoyarse una confianza pública. La historia del surgimiento y expansión fascista en Austria y Alemania no tiene como protagonistas o jefes a los desesperados por la crisis de los años ’30, sino a dirigentes pseudointelectuales que reclutaron desocupados famélicos, a los que se consideraba trogloditas ignorantes (son palabras de los jefes fascistas). Es errado atribuir el surgimiento de la esvástica solo a sectores empobrecidos y descontentos.

Así por todas partes. Desde Putin y su guerra en Ucrania hasta los mediocres resultados de los gobiernos argentinos, todo se mezcla cotidianamente en los diarios. Broch, ensayista y novelista alemán de la primera mitad del siglo XX, describe una sociedad en crisis, donde las masas de trabajadores y de capas medias no encuentran nada que permita imaginar un destino: “Las masas viven en un estado que todavía no es abiertamente el pánico, pero que puede llamarse de pre-pánico, porque muestra al acecho todos los elementos del pánico: el desprecio por los juicios racionales, la indiferencia frente a los valores de la vida, la voluntad preparada para subordinarse a la voluntad de un líder”.

Las palabras del ensayista alemán se parecen, trágicamente, a las de José Aricó, gran pensador argentino, erudito y, a la vez, crítico del marxismo, que hace más de dos décadas afirmaba: “Incluso en democracias aparentemente estables, puede haber un descontrol masivo”.  Y de ese descontrol masivo se sale, con temible frecuencia, por el sometimiento a un jefe autoritario (también puede ser una jefa).

Alberto Fernández no tiene, por fortuna, los rasgos necesarios. No es ni enérgico, ni fuerte, ni decidido. Bolsonaro puede aspirar a representarlos, pero Lula va a vencerlo. Y en Colombia acaban de ganar los moderados demócratas. A Chile y Uruguay los gobiernan dirigentes que, en Europa, aspirarían a ser socialdemócratas o conservadores moderados.

Del lado de los pobres, los sobrantes del capitalismo argentino se movilizan con las banderas del Movimiento Evita o del Partido Obrero. La semana pasada, las marchas por Buenos Aires, en reclamo de planes, ingresos de emergencia y otros deberes del estado fueron ordenadas y las organizaron dirigentes que conocen que la represión afecta, en primer lugar, a los que protestan.

No sorprende que a Cristina le parezca poco lo que hacen los movimientos sociales

Por eso a Cristina le parece poco lo que hacen los movimientos sociales. No la obedecen, porque ella no sabe ordenar nada para organizar y dirigir reclamos que comenzaron hace bastante tiempo con dirigentes que tienen más experiencia que ella misma en el campo donde se mueven. Sigo esas marchas y nunca vi ningún pelotón que pidiera por ella. Ni siquiera que la recordara. Néstor Kirchner, en cambio, es un nombre que aparece en muchos de los carteles.

Dependencia. Hay hambre y se depende de ollas populares o de subsidios que son limosnas del Gobierno, que a su vez depende de que los villeros y los miserables vayan a las marchas, tengan ganas o no las tengan, porque esas marchas todavía aseguran movilización sin descontrol. El canje de asistencia por apoyo callejero se supervisa en cuadernos que llevan señoritas bien vestidas al costado de las columnas. El intercambio no es tranquilizador.

¿Cómo llegamos hasta acá?  En primer lugar, porque la ocupación principal de Cristina, que gobierna con las pretensiones y el estilo de una líder, es salvarse de juicios que, para simplificar la etiqueta, pueden llamarse “por corrupción en el uso y disposición de dinero y bienes públicos”. Esa líder es, formalmente, la vicepresidente en un Poder Ejecutivo cuyo presidente no aspira al liderazgo, porque de modo realista y sensato, sabe que no le da el cuero.

En segundo lugar, la Argentina es una nación en decadencia, si se compara su ubicación en todos los rankings de las últimas décadas.

Una nación en decadencia es patética, porque recuerda que pudo ser mejor y, con ese recuerdo, se hace difícil aceptar que sus pretensiones no hayan encontrado el apoyo interesado del capitalismo local. Para aspirar a convertirse nuevamente en “gran nación” latinoamericana habrá que esperar, como esperó Putin el fortalecimiento de Rusia que hoy le permite manifestarse cono aspirante a dirigente europeo, avanzando desde el Este. Scioli, revivido, no tiene ni la inteligencia ni el poder de Putin, pero también sus aspiraciones son menores: se propone sacar ventaja del peor momento de Cristina.

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Mientras tanto. Las elecciones colombianas consagraron a Petro, un presidente que se manifiesta de centroizquierda. El candidato usó tik tok como medio de propaganda en su campaña y evocaba, con esos ruidos, al argentino gritón que habla siempre de la casta política. Ni las preferencias antes del voto y las que sigan a una victoria parecen aseguradas.

La gente se cansa, es lo que se escucha por las calles de cualquier ciudad del continente. Los ciudadanos eligen opciones opuestas a las que tomaron en elecciones anteriores. Las leyes más avanzadas son sometidas a correcciones restrictivas, como acaba de suceder con la de interrupción voluntaria del embarazo en Estados Unidos, donde la Corte Suprema impuso el límite de quince semanas a la posibilidad de esa intervención. Todo comienza a darse vuelta.

La popularidad tiene plazos que se hicieron valer en la más grande derrota electoral de la historia británica, sufrida por el conservador Boris Johnson. Las elecciones en España también probaron que las preferencias duran cada vez menos. El PSOE perdió en Andalucía, su tradicional plaza fuerte. Y, en un sentido inverso, el izquierdista Mélenchon obtuvo un triunfo en las legislativas francesas, donde una parte del electorado abandonó a Macron.

Reiteradamente se ha llamado crisis de identidad o de confianza a esto que sucede en países muy diferentes. Incluso desvela a los dirigentes locales, en primer lugar a Cristina, que necesita conservar no solo las riquezas sino los fueros, que se han convertido en su indispensable objetivo.

¿Identidad política?, ¿qué era aquello?