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COLUMNISTAS / Defensor de los Lectores
domingo 13 enero, 2019

Ni el verano se salva de los males de la grieta

La objetividad absoluta, en periodismo, no existe, aunque es obligación del periodista acercarse a ella sin preconceptos ni imposiciones.

por Julio Petrarca

¿Vacías o llenas? Las playas, según el color del cristal con que se mira. Foto: Patricio Cabral

Ya se ha convertido en un clásico del periodismo argentino el descubrir que los colores de cada cristal varían según quien mire, qué mire y desde qué posición política/ideológica/sectorial esté mirando. No importa si se trata de un acontecimiento trascendente, de una estadística, de una decisión gubernamental o de una interna futbolera en algún club. Si el observador o la observadora han asumido la militancia como un mandato superior para calificar un hecho, es tarea de lectores, televidentes, seguidores de programas de radio, de portales de noticias o en redes sociales, asumir el sano ejercicio de dudar (sano para su voracidad por saber y por acercarse a la verdad hasta donde sea posible).

En la madrugada de este sábado, un amigo escritor cuyo nombre me reservo me escribió un mensaje en el que relataba que su novia le mostró en la tarde del viernes la foto de una playa desierta en Pinamar o Valeria del Mar (donde vivo), y que su asombro fue grande cuando leyó en un diario la versión contraria: playas desbordantes de turistas, ilustradas con fotos en sintonía. “¿Quién miente?”, me preguntaba mi amigo.

Por cierto, el clima en los últimos días no fue incentivo para una masiva concurrencia a las playas. De hecho, las temperaturas bajaron abruptamente y recién en la tarde del viernes treparon a niveles aceptables. Puedo dar fe de que en Valeria del Mar la gente desembarcó tarde en la arena, que una cosa fue la mañana (gélida) y otra la tarde (agradable).

El periodista polaco Ryszard Kapuscinski destacaba que es imprescindible “una forma de aproximación a la verdad en la que se debe dar el equilibrio entre lo subjetivo y lo objetivo”. He ahí el secreto de la misión.

Todo este relato apunta a ofrecer a los lectores de PERFIL un acercamiento a las dos versiones para un mismo tema: una, compartida por la novia de mi amigo con sus compañeros K, ultra K, más o menos K, sugería un fracaso de la temporada veraniega, un fiasco motivado por los apretones de cinturón que los gobiernos nacional, provincial y municipal (todos del mismo signo macrista) vienen imponiendo a la gente; la otra, en un medio que se caracteriza por su excelente simpatía con Mauricio y su gente, proponía dar por cierto que el verano ha estallado a pleno, que los turistas llenan playas, restaurantes, hoteles, bares, eufóricos por un enero estupendo.

Ni un extremo ni el otro. La temporada no es peor que las anteriores; más: los índices de ocupación hotelera y de alquileres temporarios crecieron en la costa apenas por encima del año pasado. Una amiga que conduce legendario hotel en la zona aceptó que las cifras de huéspedes de 2018 y 2019 son similares, aunque observa, sí, menor gasto per cápita. Y aclara que el problema no está en la cantidad de visitantes sino en la presión que ejerce sobre los empresarios costeños el  crecimiento exponencial de los costos por servicios, impuestos y otros rubros que ponen en riesgo tanta inversión previa. Pero… ¿cómo? ¿No se daba por cierto que el trampolín que llevó el dólar a las nubes obligaría a miles de veraneantes a optar por las playas propias antes que por las foráneas?

Si nos guiamos por lo publicado ayer en PERFIL (página 42, https://www.perfil.com/noticias/sociedad/pese-a-la-crisis-los-argentinos-eligen-brasil.phtml), esto no sería así. Y, como en años anteriores, hay una importante cantidad de argentinos que optaron por playas menos frías.

Una reflexión final, con la grieta como protagonista. La objetividad absoluta, en periodismo, no existe, aunque es obligación del periodista acercarse a ella sin preconceptos ni imposiciones.

Ryszard Kapuscinski destacaba que sí es imprescindible “una forma de aproximación a la verdad en la que se debe dar el equilibrio entre lo subjetivo y lo objetivo”. He ahí el secreto de la misión.


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