COLUMNISTAS
la realidad de lo virtual

Sociedades conectadas, ciudadanos distraídos

Crece la población mundial pegada a las pantallas y la economía es cada vez más preocupante.

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| Pablo Temes

Toda temporada estival viene con una intención personal de tener tiempo para actividades postergadas por el trabajo o estudio durante el año. Sin embargo, mucha gente en lugar de relax encuentra fatiga al terminar la misma.

John Lennon decía que “la vida es eso que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes”. Medio siglo después, para millones de personas el problema ya no es tener demasiados planes, sino no tener ninguno propio. La vida transcurre mientras respondemos notificaciones, deslizamos pantallas y consumimos estímulos que no siempre elegimos. No es que el tiempo pase volando: es que se nos escapa distraídos.

Los datos confirman esta intuición. A nivel global, las personas pasan en promedio casi siete horas diarias frente a pantallas. En América Latina el tiempo es aún mayor donde Argentina se encuentra entre los tres países que encabezan el ranking: entre ocho y nueve horas por día, más que una jornada laboral completa y con un inicio temprano en la edad de exposición. No se trata solo de ocio o comunicación: es tiempo vital capturado.

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Mientras discutimos algoritmos, el hambre vuelve a crecer

Podríamos atribuir este fenómeno al carácter sociable de nuestros pueblos latinoamericanos. Pero también podemos leerlo al revés: no es más sociabilidad, sino más dependencia. El crecimiento del tiempo de pantalla es mayor en los países periféricos que en los centrales. ¿Estamos más conectados o más subordinados a contenidos, agendas, deseos e interpretaciones de la realidad producidos lejos de nosotros? Mucho de ese flujo informativo entretiene, confunde bastante y fomenta muy poco el pensamiento crítico.

Diversos estudios advierten que la sobreexposición digital potencia síntomas de ansiedad por el temor a perder información (FOMO “fear of missing out”); genera fatiga mental y dificultades atencionales que complican la capacidad de espera que todo proceso implica; afecta la memoria de corto plazo por la sucesión interminable de estímulos; depresión y baja autoestima por la exposición constante a “vidas perfectas” en redes sociales; aislamiento social al reducirse las interacciones cara a cara, entre otros factores. Las plataformas no son neutrales: están diseñadas para capturar atención y liberar dopamina con cada notificación. No se trata de demonizar la tecnología, sino de asumir algo básico: jugar con el cerebro humano a escala masiva no es inocuo.

En este clima de distracción permanente, los procesos de concentración económica y de recorte de derechos avanzan casi sin resistencia. La paradoja es brutal: cuanto más conectados estamos, menos autonomía real tenemos para incidir en las decisiones que afectan nuestra vida cotidiana.

La amenaza concreta de la inteligencia artificial destruye ya empleos

Mientras discutimos algoritmos, el hambre vuelve a crecer. En la Argentina, casi dos de cada diez hogares no acceden a una alimentación adecuada, la demanda de comida en centros de jubilados aumentó un 25% y casi un 8% de la población declara haber sufrido hambre durante el último año. A nivel global, más de 295 millones de personas enfrentan carencias alimentarias agudas. En este contexto, resurgen debates como el ingreso universal, impulsados tanto por la creciente desigualdad de ingresos como por la amenaza concreta de que la inteligencia artificial destruya empleos. La pregunta incómoda es si estas tecnologías amplían libertades o consolidan nuevas formas de dependencia.

Si Lennon viviera hoy, tal vez diría que la vida es eso que pasa mientras una pantalla decide qué miramos. Y la pregunta central para cualquier democracia no es si la tecnología es buena o mala, sino cuánta libertad estamos dispuestos a ceder a cambio de no sentirnos desconectados. El control ya no opera principalmente por prohibición sino por seducción. Cuando la atención se convierte en el nuevo campo de batalla democrático, recuperarla no es un gesto individual de bienestar: es un acto político.

*Sociólogo-psicólogo social.