COLUMNISTAS

Un recuerdo

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Hace años, tantos que no sólo existía la librería Gandhi, sino que todavía estaba en Montevideo entre Lavalle y Corrientes, un día como hoy, quiero decir un 19 de diciembre, tomé un café en el bar de la librería con Fogwill. Por supuesto, no recordaba la fecha, sólo que, buscando por razones profesionales poemas que reflexionasen sobre la igualdad (¡como si la poesía reflexionara sobre temas!) volví a dar con la dedicatoria que Quique me firmó ese día, cuando me regaló Poemas, de Osvaldo Lamborghini, en Ediciones Tierra Baldía, su pequeña y breve editorial. Hasta ese momento yo leía a Lamborghini en fotocopias, y seguramente harto de escucharme recitar de memoria, llenos de errores, algunos de esos poemas (“Y así no hay relato que progrese, /La palabra está aquí, en este lugar”) decidió finalmente regalarme un ejemplar (Quique era de una generosidad extrema, pero en ese caso se había puesto duro, decía que casi no tenía más ejemplares, que los había dejado en casa de una ex mujer a la que prefería no pedirle favores). La dedicatoria es levemente absurda: “Para D. de parte del editor. 19 de diciembre… se acabó la tinta”. Efectivamente se le había acabado la tinta, y no alcanzó a escribir el año. Es probable que haya sido en 1995 o a lo sumo 1996, no más.

Estábamos sentados bajo una de esas fotos de Pancho Villa que mantenía Gandhi como resabio del exilio mexicano, cuando de repente entró Ricardo Zelarayán. Un poco para chicanearlo, sabiendo que Quique deseaba ser reconocido como poeta, tanto como lo era como narrador, le dije algo como: “Tengo frente a mí al mejor poeta argentino. Que por supuesto no sos vos… sino Zelarayán, que acaba de entrar”. Por ese entonces Zelarayán trabajaba en una universidad privada en Avenida de Mayo al 800, enfrente de mi casa, y nos veíamos muy seguido. Levanté la mano para saludarlo (se había demorado en una mesa con libros), pero no sé si no me vio o no quiso sentarse con nosotros (creo firmemente en esta segunda opción), lo cierto es que se quedó mirando unos libros más, y se fue. Se hizo un silencio, que en mi recuerdo es eterno y vergonzoso, y Quique dijo algo como: “Por supuesto que Zelarayán es buenísimo. De hecho, escribí esto, que tiene algo de él, pero mucho mejor….”. Y de una carpeta sacó unas hojas impresas al dorso de unos cuadros sinópticos (quizá de algún estudio de marketing) y comenzó a leer. Era Cantos de marineros en La Pampa, que se publicaría unos años después. Al cabo de un rato me dijo que tenía que ir a cobrar un cheque, si quería acompañarlo. Caminamos por la librería –él sin dejar de leer, y yo de escuchar–, tomamos un taxi –siempre leyendo–, y bajamos en Pueyrredón y Corrientes, donde por ese entonces había varias agencias de marketing, y en los 80 habían funcionado varios centros de estudios privados aunque académicos. Subimos, retiró el cheque, bajamos a la calle, sin detener la lectura. Todavía faltaban unas pocas páginas para terminar la nouvelle. Me dijo si quería acompañarlo a buscar a su hijo a la salida de la escuela. Así que tomamos otro taxi –hasta una pizzería en Soler y Salguero– mientras Quique seguía leyendo y yo escuchando. No bien llegamos y nos sentamos en una mesa, terminó de leer. Ahora cada vez que releo Cantos de marineros en La Pampa escucho su voz: esa lectura fue uno de los momentos más intensos, más excitantes, más dichosos, más conmovedores, más poéticos de mi vida. Entonces llegó su hijo, con el guardapolvo blanco abierto y, mirándome orgulloso, Quique dijo: “¡Está en sexto grado y ya se le para!”. Y en ese momento, como en el poema de Pessoa que también Fogwill solía leer en voz alta, “el universo se reconstruyó sin ideal ni esperanza”. Todavía no pude borrar su nombre de la agenda de mi celular.

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