La 61ª edición de la Bienal de Venecia, que abrió sus puertas en mayo y se extenderá hasta el 22 de noviembre, se articula bajo la consigna “En claves menores”. Si bien la curaduría original estuvo a cargo de Koyo Kouoh —la primera mujer africana en liderar el emblemático encuentro—, tras su fallecimiento en mayo de 2025 su equipo asumió el compromiso ético de dar continuidad al proyecto, respetando íntegramente el lema y el marco conceptual diseñados por la curadora.
Con una premisa que propone una pausa reflexiva frente a la vorágine contemporánea esta edición del evento más antiguo de las artes visuales es una invitación a bajar el ritmo, aguzar la escucha y reconectar desde temas como el duelo, la memoria, la espiritualidad y el agotamiento global. Sin embargo, en su inicio, el evento no estuvo exento de un panorama turbulento.
Grietas geopolíticas y giros institucionales
El arranque de la Bienal se vio marcado por agudas tensiones internacionales. El retorno de Rusia en el contexto de la guerra con Ucrania y la presencia de Israel en pleno conflicto con Gaza, desataron un cisma inédito: el jurado internacional dimitió en bloque a fines de abril (pocos días antes de la apertura oficial del evento), tras negarse a premiar a Estados bajo investigación de la Corte Penal Internacional.
Por esta razón, los tradicionales Leones de Oro que premian tres categorías oficiales en la Bienal (Mejor participación nacional, Mejor artista y Trayectoria artística) serán otorgados este año mediante la votación directa del público asistente y se anunciarán en noviembre.
En paralelo, la participación rusa motivó también la quita definitiva de los dos millones de euros que la Unión Europea aportaba cada edición. Sin embargo, a pesar del golpe presupuestario, a cinco meses de su apertura, la Bienal muestra solidez financiera apoyada en un modelo mixto que articula la venta de entradas (a un promedio de 30 euros), aportes de mecenazgo privado y fondos públicos locales.
Por otro lado, cada nación asume el costo de su representación oficial; aunque, huelga decir, frente a las políticas locales de reducción del gasto público en Argentina, la presencia nacional en esta edición dependió enteramente de la gestión privada impulsada por la Galería Barro, representante de Matías Duville, el artista agentino que participa este año en la Bienal con su proyecto Monitor Yin Yang.
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La geografía del arte: Giardini y Arsenale
La Bienal se articula fundamentalmente en dos grandes sedes históricas, complementadas por una treintena de eventos paralelos diseminados entre los canales y puentes venecianos. Por un lado, los “Giardini”, que —construidos a partir de 1907— albergan 29 pabellones nacionales gestionados de forma independiente por cada país, entre los que se cuentan España, Rusia, Alemania, Japón, Serbia, Brasil y Uruguay, entre otros. En esta sede, el Pabellón Central fue objeto de una renovación integral que demandó 16 meses de obra y una inversión de 31 millones de euros, aportados enteramente por el Ministerio de Cultura del Estado italiano.
Por el otro lado se encuentra “Arsenale”, un antiguo astillero militar y símbolo del poder naval de La Serenísima durante la época preindustrial, que fue recuperado para la Bienal en 1980. En sus naves se alojan 25 naciones, destacándose el pabellón de Italia en las Tese de las Vírgenes —el más extenso de la muestra, con 1.800 metros cuadrados—, junto con representaciones de China, México, Líbano, Perú, Emiratos Árabes y la Argentina, por nombrar solo algunos. Ambas sedes tienen además pabellones centrales que exhiben la selección oficial de la curaduría internacional, agrupando a 111 artistas y colectivos.
Registros de la memoria, el trauma y la materia
En los recintos de los Giardini, la delegación alemana presenta la muestra póstuma "Ruina" de Henrike Naumann, en conjunto con el artista vietnamita-alemán Sung Tieu; ambos examinan con sus obras las fracturas ideológicas y los vestigios materiales de la Alemania posterior a la reunificación.

En una línea de indagación afín, el pabellón de Serbia acoge la propuesta de Predrag Đaković: un mosaico monumental compuesto por casi veinte mil fotografías, recortes de prensa, mapas, pertenencias personales y valijas procedentes de más de 80 países, en un ejercicio visual sobre el sufrimiento y la resiliencia colectiva. Por su parte, Japón ofrece una instalación interactiva titulada "Grass babies, moon babies", que aborda de manera lúdica la crisis de natalidad y los cuidados comunitarios.
En el Arsenale, el envío argentino se materializa en "Monitor Yin Yang", una instalación de sitio específico concebida por Duville y curada por Josefina Barcia. La obra presenta un dibujo de grandes dimensiones realizado con carbón vegetal molido sobre extensas montañas de sal marina (unas 30 toneladas) que cubren la totalidad del suelo del pabellón.

Con un cupo máximo de 15 personas por recorrido, la propuesta transforma el acto del dibujo en una vivencia espacial, efímera y procesual. La oferta en el Arsenale también contempla posicionamientos críticos sobre la realidad global: la artista Nilbar Güreş presenta en el pabellón de Turquía "Un beso en los ojos", una obra que apela al humor y la sutilidad para abordar temas como la migración, el género y el racismo. Asimismo, la representación de Chile, a cargo de Norton Maza con "Inter-Reality", despliega un entorno multisensorial e inmersivo para interrogar la desinformación, las crisis ecológicas y los desplazamientos humanos contemporáneos.