Samuel “Chiche” Gelblung murió este miércoles a los 82 años, después de permanecer internado por un cuadro respiratorio. Hasta pocos días antes de su muerte seguía trabajando y proyectando un nuevo programa de streaming.
Para Córdoba, sin embargo, su nombre tiene una historia particular. A comienzos de la década del 90, Gelblung llegó para dirigir el Diario Córdoba, una publicación que atravesaba una de sus etapas de crisis. Su paso por la ciudad no fue extenso, pero dejó recuerdos muy precisos entre quienes compartieron aquella redacción.
“Nos impactó a todos. Era un absoluto enamorado de la profesión, un tipo inquieto, incapaz de parar, de frenarse”, recuerda la periodista María rosa Beltramo (Cadena 3) al reconstruir aquellos años.

El Córdoba había sido fundado el 27 de octubre de 1928 por José W. Agusti y atravesó durante décadas distintas etapas de la vida política, económica y social de la provincia. A fines de 1976, en plena dictadura militar, fue adquirido por el empresario Piero Astori, vinculado al grupo que también impulsaría la Fundación Mediterránea. Bajo la nueva conducción llegó una fuerte renovación tecnológica y editorial: en 1978 apareció Tiempo de Córdoba, un diario moderno que dejó atrás la impresión en plomo para incorporar el sistema offset y sumó diseñadores y periodistas de primer nivel.
En sus mejores épocas, la publicación llegó a vender entre 130 y 140 mil ejemplares diarios. Para quienes trabajaron allí, además, quedó una postal difícil de olvidar de aquel periodismo: el diario Córdoba era un diario que todavía “te manchaba los dedos con tinta”.

Gelblung venía de una trayectoria enorme en los medios gráficos. Había comenzado en la revista Gente en 1966 y una década después se había convertido en su director. Más tarde condujo distintas publicaciones de Editorial Perfil y, en los años 90, desembarcó en el diario Córdoba.
A su llegada se notó que importó de manera directa la fórmula que lo había consagrado en la revista Gente y en Editorial Perfil. La hemeroteca de aquellos años evidencia el giro radical en la línea editorial: la clásica agenda político-institucional fue desplazada por una titulación agresiva que le daba prioridad a las historias de vida y los casos policiales, convirtiendo las tapas en afiches visuales.

En la trinchera de información general y economía daban sus primeros pasos periodistas que luego serían referentes: Íñigo Biain, Manuel San Pedro y con periodistas como Mónica Peralta, Lucio Pianciola, Bárbara Anderson, entre tantos otros. Esta exigencia visual recayó sobre lentes ya establecidos como el de Fino Pizarro y sobre un joven Héctor "Caballo Loco" Arroche.
Paradójicamente, mientras la dirección empujaba el sensacionalismo en las páginas principales, el diario le daba cobijo al under cordobés. De acuerdo con los repasos históricos sobre la contracultura local que el propio Raúl "Dirty" Ortiz ha volcado en sus crónicas, el diario publicaba en paralelo el mítico suplemento Transgráfika. En ese espacio escribían Ortiz y Droopy Campos, bajo la edición de Carlos Garabet y Raúl Marveggio.
La huella de "Chiche" en Córdoba
Su estilo era difícil de encasillar. Tenía una enorme capacidad para detectar temas, pero también una concepción del periodismo que se alejaba de la agenda tradicional. “Siempre estaba fabricando cosas”, sintetiza Beltramo. Uno de los episodios que más recuerda de su paso por Córdoba fue la cobertura del crimen de María Soledad Morales, ocurrido en Catamarca.

Gelblung advirtió rápidamente que el caso tenía todos los elementos para convertirse en un fenómeno popular. En aquellos años no existían los celulares, las redes sociales ni los canales de noticias que transmitieran durante las 24 horas. El diario todavía tenía una capacidad extraordinaria para instalar una historia.
La decisión fue cubrir el caso de una manera diferente. Gelblung envió periodistas a Catamarca y propuso que la historia fuera contada con recursos propios de una novela. El diario incluso aclaraba que se trataba de una “realidad ficcionalizada”.
Pero también mostró los límites de ese método. Beltramo recuerda que, con el tiempo, un medio internacional llegó a reproducir como si fuera verdadero un detalle que había sido inventado por los periodistas que escribían aquella reconstrucción. Era una anécdota aparentemente menor: la familia Morales tendría un cocinero permanente y, además, una persona contratada ocasionalmente para preparar exclusivamente las ensaladas.
El dato había nacido en la ficción. Terminó circulando como información. Para Beltramo, el episodio sintetizaba perfectamente la lógica periodística de Gelblung: buscar siempre un elemento más, una vuelta de tuerca, algo que permitiera contar la historia de una manera distinta.
Otra escena quedó grabada en la memoria de aquella redacción. Cuando llegó a Córdoba, el diario funcionaba todavía sobre avenida General Paz, casi Rioja. En las reuniones de blanco se discutía la agenda del día y los periodistas proponían los temas que consideraban importantes.
Hasta que Gelblung empezó a hacer una pregunta incómoda. “Lo que necesito es que me tiren el tema del que estaban hablando, no el del que ustedes creen que tiene que ser publicado en un diario”, expresó el ex director.
La frase encerraba buena parte de su filosofía. La noticia, para Gelblung, no necesariamente estaba en la agenda institucional. Podía estar en una conversación, en una curiosidad, en algo que despertara interés o incluso en aquello que parecía demasiado banal para ocupar una página.
Años después, esa mirada se convertiría en una de sus marcas registradas en radio y televisión.
La propia trayectoria posterior de Gelblung confirmó esa transformación. Su periodismo gráfico terminó desembocando en una televisión en la que la noticia, la polémica y el entretenimiento quedaron deliberadamente mezclados. LA NACION lo describió este miércoles como un periodista que llevó a la radio y la televisión la impronta que había construido en medios como Gente y La Semana.
Córdoba no siempre se entendió con "Chiche"
Pero si Gelblung tenía una fórmula que funcionaba muy bien en determinados públicos, Córdoba le presentó otro desafío. Beltramo cree que nunca terminó de comprender del todo a la sociedad cordobesa.
“Le costó bastante entender a la sociedad local, que tiene un perfil determinado que no es precisamente el público al que él más estaba acostumbrado”, recuerda. Uno de los episodios que más lo sorprendió estuvo relacionado con la cobertura de un suicidio. Gelblung había impulsado una investigación y decidió publicar una fotografía del automóvil de la víctima, que había quedado fuera de la ruta.
Pese al ruido periodístico, el experimento chocó contra la realidad económica de un país en plena hiperinflación. La estructura operativa era financieramente inviable. El propio Gelblung reconoció posteriormente las proporciones de ese desafío: "Llegamos a un acuerdo por seis meses. Era un diario muy costoso. Tenía el doble de páginas que La Voz del Interior. Una locura", relató al justificar por qué el proyecto no se sostuvo en el tiempo.
Chiche no logró revertir el destino financiero del medio, pero los registros de la época y los testimonios de quienes integraron su staff confirman que su paso dejó una marca indeleble, funcionando como un taller vertiginoso para toda una generación de comunicadores locales.
El periodismo como espectáculo
Gelblung no llegó a la televisión desde cero. Cuando Alejandro Romay lo convocó como conductor ya llevaba tres décadas en el periodismo gráfico. Su desembarco televisivo terminó convirtiéndolo en una figura popular y controversial.
Con el tiempo, hizo de esa mezcla de información y entretenimiento una marca personal. En aquella redacción cordobesa también quedaron recuerdos más personales.
Beltramo cuenta que Gelblung tenía una curiosa costumbre: cuando necesitaba pensar, masticaba un pedazo de papel.
También estaba su particular relación con la ropa. Sus trajes caros y llamativos eran parte de su personaje. Según recuerda la periodista, circulaba incluso la versión de que había llegado a gastar el equivalente a varios departamentos en vestimenta.
Era, en definitiva, un personaje antes de convertirse definitivamente en personaje televisivo. Pero detrás de las extravagancias había algo que quienes trabajaron con él parecen recordar por encima de todo: la pasión por el oficio.
Más allá de las discusiones sobre sus métodos, Gelblung perteneció a una generación de periodistas que entendía que producir una noticia era también buscar permanentemente una manera de contarla.