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Lucía Fainboim: “Las plataformas buscan colonizar a las infancias”

La especialista en ciudadanía digital advierte que están diseñadas para subordinar el tiempo “lento e improductivo” de los niños a la lógica del rendimiento y el consumo.

Pantallas en niños
Pantallas en niños | CEDOC

Lucía Fainboim, especialista en ciudadanía digital, fundadora de Bienestar Digital y autora de ‘Cuidar las infancias en la era digital’, advierte sobre la “colonización” de los niños y niñas por parte del capitalismo de plataformas, que subordina un espacio de tiempos “lentos e improductivos” a la lógica del rendimiento y consumo.

En diálogo con Perfil Córdoba, Fainboim destaca que los adultos hiperconectados socavan su autoridad como referentes frente a los chicos y que el acceso temprano y sin mediación a las pantallas genera desde retrasos en el lenguaje y empobrecimiento del juego en niños pequeños, hasta ansiedad y fragmentación de la atención en adolescentes.

Hace 15 años que Lucía Fainboim investiga y trabaja en torno a los cuidados de niños, niñas y adolescentes en Internet. Es, también, miembro del equipo de expertos en el estudio Kids Online Argentina 2025 de Unicef.

—En el libro ‘Conectar en tiempos de pantallas’ planteás que en los tiempos que corren la infancia aparece como un territorio por colonizar. ¿Qué significa esto?

—Cuando hablo de la infancia como un territorio por colonizar, no lo hago en sentido metafórico liviano, sino en un sentido profundamente histórico. En el capitalismo de plataformas, la infancia aparece como uno de los pocos espacios aún no completamente subordinados a la lógica del rendimiento, la optimización y la rentabilidad. Y justamente por eso resulta incómoda. La infancia propone otros tiempos —tiempos lentos, erráticos, improductivos— y otros modos de estar en el mundo: el juego sin finalidad, el aburrimiento fértil, la demanda de presencia adulta. Todo eso interrumpe la rueda del scrolleo permanente y la productividad sin pausa que organiza la vida adulta. La colonización ocurre cuando ese “estorbo” se intenta domesticar. Cuando usamos las pantallas como chupete emocional o como anestesia para que los chicos no interrumpan, cuando adelantamos consumos, estéticas, lógicas de exposición o monetización del tiempo que pertenecen al mundo adulto. Colonizar la infancia es quitarle su derecho a lo inútil, a lo disparatado, a lo no optimizable. Es tratarla como un mercado emergente antes que como una etapa vital que necesita protección especial.

—Los adultos le pedimos a los chicos que no usen tanto el celular, pero no siempre damos el ejemplo. ¿De qué manera perciben estas órdenes confusas?

—Los chicos perciben esa incoherencia con mucha más claridad de la que solemos admitir. No la leen como una contradicción ingenua, sino muchas veces como una injusticia o incluso como una forma de engaño. En los talleres aparece con fuerza esta idea: “Me dicen que el celular hace mal, pero ellos no lo sueltan nunca”. Cuando el adulto está físicamente presente pero psíquicamente ausente (mirando una pantalla) el niño vive una experiencia de desatención que duele, aunque no siempre pueda ponerlo en palabras. Esto erosiona la autoridad adulta, pero no porque falten normas, sino porque falta consistencia. El cuidado se transmite menos por el discurso que por la presencia. Cuando el adulto no puede soltar el dispositivo ni en la mesa, ni en el juego, ni en una conversación, pierde su lugar como referente. Y ahí el niño aprende algo peligroso: que para ser visto hay que competir con la pantalla, levantar la voz o “zamarrear” al adulto. No es sólo un problema educativo, es un problema vincular

—¿Cómo impacta el acceso temprano a las pantallas en el desarrollo?

—El acceso temprano, solitario y sin mediación adulta funciona como un verdadero experimento social en tiempo real, del que los chicos no pueden salir. Y los efectos ya son visibles. En niños y niñas pequeños se observan retrasos en el lenguaje, empobrecimiento del juego simbólico y dificultades en la motricidad fina. Incapacidad para esperar, escuchar consignas y, en muchos casos, necesidad de pantallas para comer o descansar. El cuerpo se aquieta de forma artificial: el dedo que scrollea no desarrolla la pinza para escribir, el cuerpo que no corre ni trepa acumula tensión. Aparecen bruxismos, contracturas, irritabilidad y un proceso de evasión constante de experiencias displacenteras: ante la espera, el aburrimiento, el berrinche o el enojo aparecen las pantallas impidiendo registrar y aprender de esas emociones.

—¿Y en el caso de los adolescentes?

—En adolescentes, el impacto se manifiesta más en lo psíquico: fragmentación de la atención, ansiedad, dificultad para sostener el esfuerzo, y una tendencia preocupante al autodiagnóstico de malestares emocionales a partir de contenidos de redes sociales e inteligencia artificial. El algoritmo ofrece etiquetas rápidas donde antes había procesos. Un hallazgo que alerta también se vincula, tanto en niños como en adolescentes, con la mala rutina de sueño, asociada a las pantallas individuales, que los lleva a un mal descanso y a dormirse en clase o faltar muy seguido por cansancio.

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—¿Qué perciben en las escuelas y qué dicen las familias?

—En las escuelas, los docentes describen chicos desconectados de su cuerpo y de sus compañeros, con muy baja tolerancia a la frustración y enormes dificultades para registrar límites. Las familias, por su parte, suelen llegar angustiadas y cansadas: saben que algo no está bien, pero muchas veces no encuentran herramientas ni respaldo social para sostener límites en un entorno hiperconectado que empuja en sentido contrario.

—Algunos chicos se aburren sin pantallas. ¿Por qué ocurre?

—Porque las plataformas están diseñadas con recompensas inmediatas y variables (como las máquinas tragamonedas) que generan niveles de estímulo “supranormales”. Comparado con eso, el juego físico, que implica frustración, negociar con otros, esperar, simbolizar y, sobre todo, inventar les parece “pobre”, frustrante o aburrido.

—¿Qué se puede hacer?

—La clave es “contrarrestar”. No se trata de prohibir únicamente, sino de proponer prácticas de contrapeso: fomentar hobbies improductivos, juego libre con amigos y amigas, deportes y rituales de desconexión. Si el adulto se dispone a jugar y ofrece un entorno habilitador, el impulso lúdico del chico suele aparecer a los pocos minutos. Sin embargo, creo que es clave romper la dicotomía de prohibición sí o no, como si prohibir implicase no desarrollar otra estrategia. La infancia y adolescencia están llenas de bordes, límites y prohibiciones. Claro que sólo prohibir no alcanza, pero si entendemos cómo las plataformas regidas por algoritmos de recomendación se esfuerzan por capturar nuestro tiempo, las prácticas de contrarreste por sí mismas no alcanzan, Deben ir acompañadas por estrategias de espera digital donde podamos, a partir de acuerdos con otras familias, retrasar lo más posible el uso de celulares y redes sociales.

Monetizar el tiempo

—El ingreso precoz al consumo es otra consecuencia del acceso temprano a internet. ¿Qué conductas se observan?

—El ingreso temprano al consumo digital no es un efecto colateral: es parte estructural del ecosistema de plataformas. Los chicos no sólo consumen contenidos, sino que aprenden muy temprano a monetizar su tiempo, su atención y su deseo. Aparece con claridad en el modo en que el juego deja de ser un espacio de exploración para convertirse en una experiencia transaccional: se juega para ganar monedas, desbloquear skins, acceder a beneficios pagos. El juego ya no vale por sí mismo, sino por lo que habilita comprar. En las infancias más pequeñas esto se traduce en pedidos económicos desanclados de objetos concretos: no piden juguetes, piden dinero virtual. En las niñas, además, se observa una colonización temprana del cuerpo y la imagen: rutinas de skincare, consumo estético, comparación permanente. No es casual: las plataformas necesitan usuarios que se perciban incompletos, siempre un poco en falta, siempre deseando algo más.

—¿Cómo se puede intervenir desde la familia?

—La intervención familiar no pasa sólo por decir “no”, sino por desarmar el sentido común digital. Explicar cómo funcionan los influencers, visibilizar la publicidad encubierta, poner palabras donde el mercado ofrece seducción. Y, al mismo tiempo, fortalecer experiencias no mercantilizadas: juego libre, creatividad, tiempo sin objetivos. Construir un mundo interior robusto es hoy una forma de resistencia. Un niño que puede habitar su imaginación, su cuerpo y sus vínculos sin mediación constante del mercado está mucho menos expuesto a la lógica de la validación y el consumo permanente.

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Límites, conflictos y negociaciones

—¿Cómo poner límites sin caer en el conflicto constante?

—Poner límites hoy es una de las tareas más desafiantes de la crianza, porque implica ir a contracorriente de un entorno que promueve la conexión permanente y deslegitima el “no”. El problema no es que los chicos se enojen: el problema es que los adultos abandonemos el límite por miedo al conflicto. Y ahí el límite deja de ser cuidado para convertirse en negociación constante. Uno de los mayores malentendidos en torno a las pantallas es la idea de que los niños y adolescentes deberían poder autorregularse por sí solos. Esa expectativa no sólo es irreal, sino profundamente injusta. La autorregulación no es un punto de partida: es un proceso largo, complejo y siempre relacional. Nadie aprende a regularse en el vacío, y mucho menos frente a dispositivos diseñados para capturar atención de manera permanente. Cuando esperamos que los chicos “se den cuenta” y dejen la pantalla por sí mismos, los colocamos en una situación imposible: competir con sistemas algorítmicos pensados por adultos, con recursos infinitamente superiores. Luego, cuando no pueden, los responsabilizamos por algo que en realidad es una falla del mundo adulto.

—¿Cuál es la diferencia entre poner límites y ser autoritarios?

—Asumirnos como reguladores externos no es ser autoritarios: es ejercer el cuidado. Así como regulamos horarios de sueño, alimentación o cruces de calle, también necesitamos regular el acceso y el tiempo de pantallas mientras esa autorregulación interna todavía se está construyendo. La autonomía no se decreta, se acompaña. Esto implica sostener límites claros, coherentes y explicados, incluso cuando generan enojo. Implica tolerar la incomodidad sin retirarse, y entender que el conflicto no es una falla del vínculo, sino muchas veces el precio de cuidar. Cuando el adulto asume su función reguladora sin culpas ni ambigüedades, paradójicamente baja la tensión: el niño deja de cargar con una responsabilidad que no le corresponde y puede descansar en un marco previsible. En ese marco, la autorregulación aparece más adelante, como resultado de haber tenido bordes firmes, presencia adulta y tiempo protegido para crecer. No como exigencia temprana, sino como conquista. Y ahí sí, el límite deja de vivirse como castigo para convertirse en una experiencia de cuidado que ordena y tranquiliza.

—¿Qué pasos se pueden dar?

-El primer paso es correrse del lugar policial. No se trata de vigilar cada movimiento ni de controlar por control mismo, sino de asumir la responsabilidad adulta de decidir qué es saludable según la etapa vital. La autonomía no se concede de golpe: se construye progresivamente, con presencia y acompañamiento. El segundo paso es sostener el límite con sentido. Validar no significa ceder: significa reconocer que para el niño eso es importante, aunque igual se sostenga el borde. Cuando el límite se explica (cuidamos tu sueño, tu cuerpo, tu cabeza) deja de ser arbitrario y empieza a ser legible como gesto de amor. Y, por último, es clave revisar nuestras propias prácticas. No se puede pedir desconexión si el adulto vive hiperconectado. El ejemplo no es un ideal moral, es una condición de posibilidad. Cuando el adulto puede dejar el teléfono, aburrirse, jugar, conversar, está mostrando que hay otras formas de estar en el mundo. Y eso habilita a los chicos a aceptar el límite no como castigo, sino como una invitación a habitar la infancia con el tiempo y el cuidado que necesita.

Libro
Conectar en tiempos de pantallas. Crianzas y consumos digitales en infancias y adolescencias.
Compiladoras: Jesi Farías y Nadia Fink.
Editorial: Chirimbote.