Si errar lo exhibió como humano, convertir lo puso otra vez en una dimensión divina. Adentro del campo de juego, en ese plano donde luce como celestial, Lionel Messi también perdonó a Austria, pero una sola vez. En aquel penal que pudo haberle dado a Argentina una ventaja tempranera, cuando apenas transcurrían ocho minutos de partido. Pero no le dio chances cuando su equipo encontró los espacios para abrir el marcador en la antesala del descanso no comercial, y tampoco en ese último contraataque que buscó resolver como un señor de las cuatro décadas y terminó zanjando como si aún fuera el pibe que hace 20 años jugó su primer Mundial.
Ya no hay elogios para definir al capitán argentino, otra vez genio y figura en su sexta Copa de la Fifa, artífice del segundo triunfo del seleccionado albiceleste en igual cantidad de presentaciones, y hasta el momento máximo goleador del torneo. Sus pies, y sobre todo su cabeza, volvieron a solucionarle todos los problemas a ‘La Scaloneta’, los que exhibió en el momento de confusión que sucedió al penal errado y también cuando su adversario salió con todo a forzar el empate, apelando a la intensidad, al entusiasmo y también a alguna pierna fuerte que dejó pasar por alto el árbitro egipcio Amin Mohamed Omar. “Cuando Messi se activa, se activan todos”, admitió Lionel Scaloni en la zona mixta del Stadium con nombre de multinacional telefónica. “¿Qué más se puede agregar de ‘Leo’? La verdad. ya no sé más que decir”, dijo el entrenador, rendido ante la evidencia.

“Fue un partido duro, intenso y trabajado, y estamos muy contentos de haberlo podido ganar y de haber sumado los seis puntos”, aseguró el capitán argentino apenas consumada la victoria en Dallas. No se equivoca ‘La Pulga’: el triunfo, aunque justiciero, resultó más sufrido de lo pensado. Impuso condiciones el seleccionado campeón del mundo, cuando Alexis Mac Allister apuntaló el trabajo de los marcadores centrales, los laterales soltaron riendas y Enzo Fernández se propuso ser el nexo entre el mediocampo y los de arriba. Aunque Austria superpobló la mitad de la cancha, la pelota llegaba al área europea con buenas perspectivas para Messi y Lautaro Martínez, sobre todo cuando De Paul y Almada lograban romper líneas. Así llegó el penal, aquel gol que no pudo ser y que desconfiguró a Argentina del ‘modo’ en que más le conviene jugar. Aprovecharon los europeos para adelantarse un poco en el terreno, pero sin demasiadas exigencias para ‘Dibu’ Martínez y el fondo albiceleste. Recuperada la señal. Messi & Compañía se reencontrarían con la pelota y descubrirían los recovecos para poder soltar aquel festejo atragantado.

En el después, que sí importa, Austria puso mucha enjundia, aunque no demasiado fútbol. El equipo del alemán Ralf Rangnick jugó con una marcha más, pero casi sin frenos, y terminó estrellándose sistemáticamente contra el fondo albiceleste. En ese barullo, alentado por la permisividad del referí, Argentina redobló la apuesta por la tenencia, el toque y la paciencia para encontrar el momento apropiado para acelerar y lastimar. No siempre logró encuadrar el trámite en esa estructura táctica, y por eso padeció más de lo pensado. Para no desmentir aquello de primero hay que saber sufrir.
Al final, la película terminó siendo de suspenso, casi de misterio. Hasta que el postrero rechazo hizo aterrizar la pelota en el viejo reducto de los wines derechos. Ahí esperaba el director de la orquesta, con su pie izquierdo como batuta, y su impronta de creador de grandes obras. Y entonces frotó la lámpara, una vez más. Y hubo final feliz. El milagro de otro 22 de junio mundialista con doblete de ‘10’ argentino, cuarenta años después.