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Nación ajustó, provincias volvieron a gastar: la grieta fiscal que amenaza el modelo

Mientras el gobierno de Milei sostuvo el equilibrio presupuestario, los estados provinciales retomaron la senda del gasto. Para el economista Osvaldo Giordano, ese desequilibrio subnacional fue el talón de Aquiles de la convertibilidad y podría serlo de nuevo. El crédito y una reforma tributaria coordinada, las salidas que propone el IERAL.

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RECORTE DISPAR. Provincias y municipios retomaron la senda del incremento del gasto público. | Cedoc

Convocados por la revista de negocios Punto a Punto, empresarios, ejecutivos y dirigentes del mundo productivo cordobés escucharon a Osvaldo Giordano —titular del IERAL de Fundación Mediterránea y ex ministro de Finanzas de la Provincia de Córdoba— desgranar un diagnóstico que incomoda por su precisión: el esfuerzo fiscal que hizo la Nación desde 2024 no tiene réplica en los estados provinciales, y esa asimetría es una bomba de tiempo que ya explotó una vez en la historia argentina reciente.

El mensaje central de Giordano no fue de catástrofe, pero tampoco de complacencia. Fue algo más difícil de digerir: el ajuste está a mitad de camino, y la mitad que falta es la que nadie quiere hacer.

El ajuste que se hizo y el que no. Para entender el problema, Giordano arrancó desde arriba. El gasto público consolidado —Nación, provincias y municipios sumados— creció casi 15 puntos del PIB entre 2004 y 2023. Una expansión descomunal que financió moratorias, subsidios energéticos, empleo público provincial y estructuras municipales que se multiplicaron sin control. El kirchnerismo en sus distintas expresiones —nacional, provincial, municipal— engordó el Estado en todos los niveles de gobierno.

Lo que vino después, en 2024, fue el ajuste más veloz de la historia argentina reciente. El gobierno de Javier Milei recortó con una velocidad que sorprendió a propios y extraños, y logró el equilibrio fiscal que durante décadas pareció imposible. Pero ese ajuste, señaló Giordano, apenas recuperó la mitad de lo que se había expandido. "Se recortó la mitad de esa escalada", graficó el economista. Quedaron siete puntos del PIB de gasto adicional que el Estado consolidado sigue sosteniendo respecto a los niveles de 2004.

Pero hay algo más preocupante que esa foto estática: el movimiento que se observa hacia adelante. Porque mientras la Nación mantuvo la disciplina fiscal, las provincias empezaron a aflojar. "Así como la Nación sostuvo el ajuste fiscal, las provincias no lo están sosteniendo y volvieron a subir los niveles de gasto", advirtió Giordano sin eufemismos. El gasto público provincial creció en 2025, y todo indica que en 2026 crecerá más. El año que viene es electoral, y en Argentina los años electorales tienen una sola dirección conocida para el gasto nacional y subnacional.

La consecuencia ya se ve en los números: al cierre del año pasado, eran muy pocas las provincias que todavía exhibían superávit. La mayoría había retornado al déficit, silenciosamente, mientras el debate político nacional se concentraba en el cepo, la inflación y las reformas por hacer.

El fantasma de la convertibilidad. Giordano no necesitó forzar la analogía histórica. La trajo con nombre y apellido. La crisis de 2001, dijo, tuvo múltiples factores causales, pero uno decisivo fue el desequilibrio de las provincias. En aquel momento, el entonces ministro Roque Fernández descartó el problema con una frase que quedó grabada en la memoria del fracaso: "Eso no es problema mío, es problema de las provincias”. Lo que siguió es historia conocida.

“Cuando un problema generalizado pasa a ser un problema sistémico, te lleva puesto un programa macroeconómico”, sintetizó Giordano. La lección es clara: un desequilibrio fiscal en una sola provincia puede contenerse. Cuando el fenómeno es transversal —cuando son ocho, diez, doce provincias las que gastan más de lo que tienen—, el sistema no tiene herramientas para absorberlo sin que el contagio llegue al nivel nacional. Lo que preocupa al titular del IERAL no es que una provincia entre en crisis. Es que nadie en el gobierno nacional parezca estar dimensionando la magnitud del riesgo.

La trampa de los siete puntos. Detrás de la cuestión fiscal hay otra discusión que Giordano llevó al centro del debate: la de los impuestos distorsivos. Ingresos brutos, impuesto al cheque, retenciones, tasas municipales sobre ventas. Un conjunto de tributos que, según el economista, representan más de siete puntos del PIB y que la producción argentina identifica como el principal obstáculo para su competitividad. "Sáquenmelos a todos si quieren que yo sea competitivo", resumió en relación a la demanda del sector privado.

El problema es matemático y es político al mismo tiempo. Eliminar esos impuestos sin caer en déficit fiscal requeriría un recorte adicional del gasto equivalente a todo el ajuste que ya se hizo en 2024. "Otro recorte de siete puntos del PIB", precisó Giordano. Y ahí es donde la promesa se vuelve ilusoria.

Nueve de los 33 puntos del PIB que representa el gasto público consolidado son previsionales. Cualquier reforma en ese capítulo tiene efectos de mediano plazo, no de corto. Los derechos adquiridos no se borran con un decreto. El resto del gasto también tiene rigideces estructurales que no se resuelven en meses. “Esperar que baje el gasto público y en base a eso eliminar los impuestos distorsivos es una expectativa ilusoria”, afirmó el economista. Una expectativa que, sin embargo, sigue siendo el relato implícito de buena parte del sector empresario y de algunos funcionarios.

Coordinación o nada. Ante ese diagnóstico, Giordano propone una salida que requiere un cambio de paradigma: en lugar de esperar a que el gasto baje para bajar impuestos, diseñar una estrategia que permita recaudar lo mismo —o más— con impuestos de mejor calidad, menos distorsivos, similares a los que usan las economías que compiten exitosamente en el mundo.

La propuesta concreta es la fusión funcional entre ingresos brutos e IVA. Si el IVA se recauda mejor —reduciendo la evasión, ampliando la base— podría generarse el espacio fiscal suficiente para eliminar ingresos brutos y las tasas municipales que lo replican. Lo mismo con retenciones: una mejora en la recaudación de ganancias y bienes personales permitiría desmantelar un instrumento que distorsiona la cadena agroindustrial desde hace décadas.

Pero hay una condición que Giordano marcó como innegociable: esta reforma no puede hacerla una provincia sola. El federalismo argentino, tal como funciona en la práctica, superpone tres estados que hacen lo mismo —salud, educación, seguridad, administración— sin que nadie tenga clara la responsabilidad de nada. "Todos hacen de todo. Esa superposición no es federalismo: es ineficiencia institucionalizada, describió el economista. Desmantelarla requiere que Nación, provincias y municipios se sienten a rediseñar quién se hace cargo de qué, y a partir de esa claridad, quién recauda qué impuesto.

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El crédito, el atajo que nadie toma. Frente a un horizonte de reformas estructurales que, por definición, demoran, Giordano señaló un camino más corto para dinamizar la economía: el crédito. El sector financiero creció de manera notable en términos de rentabilidad y valuación de activos, pero ese crecimiento no se tradujo en préstamos al sector productivo. Los bancos siguieron operando como mesas de inversión, colocando su liquidez en instrumentos del Tesoro antes que en créditos a empresas y familias.

Las razones, para el economista, son dos. La primera es impositiva: el sector financiero soporta una de las presiones tributarias más fuertes del sistema. Ingresos brutos al 8 o 9%, tasas municipales de magnitud similar. Nadie va a prestar si el costo impositivo de intermediar es prohibitivo. La segunda es de confianza: Argentina tiene un prontuario de estafas a los ahorristas que hace que el colchón compita con el banco como reserva de valor. Sin depósitos genuinos, no hay crédito posible.

La salida, en este caso, sí tiene plazos más cortos. Terminar de levantar el cepo, clarificar el rol del Banco Central respecto al Tesoro, avanzar hacia un esquema bimonetario que institucionalice la convivencia entre pesos y dólares. Giordano cree que el gobierno comparte ese diagnóstico, y que la demora no es de convicción sino de timing político: la obsesión por bajar la inflación mes a mes genera resistencia a cualquier movimiento cambiario que pueda alterar el dato del IPC.

Mientras tanto, hay instrumentos concretos que no dependen de ese debate. El Fondo de Garantía de Sustentabilidad del ANSES, por ejemplo, tiene recursos que podrían canalizarse hacia el crédito hipotecario con efecto inmediato sobre la construcción. No requiere cambiar el humor de la sociedad ni resolver la macro de fondo. Requiere, dijo Giordano, “tomar la decisión de que la prioridad ahora es la producción y no solo la inflación”.

Así, el diagnóstico quedó claro: el ajuste fiscal fue real y fue histórico. Pero fue incompleto, y la parte que falta —la que corresponde a las provincias— por el momento no está en agenda.


Expectativas en picada
El consultor político y titular de Delfos, Luis Dall´Aglio, repasó la fuerte caída en la imagen del presidente Javier Milei y de su gestión. También llamó la atención por las expectativas negativas de buena parte de la sociedad. Los últimos sondeos indican, por caso, que 2 de cada 3 argentinos, creen que la inflación no seguirá descendiendo.