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OPINIÓN

Por qué el verdadero desafío no es aprender a usar la IA, sino aprender a pensar con ella

La expansión de la inteligencia artificial exige replantear qué significa alfabetizar digitalmente en el siglo XXI. Más que aprender a usar estas herramientas, el desafío es formar personas capaces de pensar críticamente, actuar con criterio y poner la tecnología al servicio del bien común.

Trabajar junto a la IA
Trabajar junto a la IA | Cedoc

Cada revolución tecnológica transformó la manera en que vivimos. La imprenta multiplicó el acceso al conocimiento, Internet revolucionó la circulación de la información y hoy la Inteligencia Artificial promete cambiar la forma en que estudiamos, trabajamos y tomamos decisiones. Sin embargo, mientras gran parte del debate público gira en torno a todo lo que esta tecnología es capaz de hacer, estamos dejando de lado una pregunta mucho más importante: ¿Estamos preparando a las personas para utilizarla responsablemente?

Gobiernos, empresas y universidades promueven cursos para aprender a utilizar herramientas de inteligencia artificial. Sin embargo, mucho menos se habla de cómo emplearlas con criterio. La verdadera alfabetización digital ya no consiste únicamente en dominar una tecnología, sino en formar ciudadanos capaces de comprender sus alcances, evaluar críticamente la información que reciben y utilizar estas herramientas con responsabilidad.

Abogado IA

La preocupación frente a las nuevas tecnologías no es un fenómeno nuevo. A lo largo de la historia, prácticamente todas las grandes innovaciones despertaron temores sobre sus posibles consecuencias. Se creyó que la imprenta difundiría ideas peligrosas, que la televisión acabaría con la lectura y que Internet volvería imposible distinguir la verdad de la mentira. Hoy la inteligencia artificial ocupa ese mismo lugar en el debate público. Sin embargo, la historia demuestra que el verdadero desafío nunca fue la tecnología en sí misma, sino la capacidad de las sociedades para aprender a integrarla de manera responsable.

Cada vez más niños y adolescentes usan inteligencia artificial para consultas en salud mental

En Nexus, Yuval Noah Harari sostiene que la inteligencia artificial representa un cambio inédito porque, por primera vez, convivimos con sistemas capaces de producir información por sí mismos. Ya no basta con enseñar a buscar datos; resulta indispensable aprender a verificar su calidad, comprender cómo fueron generados y reconocer tanto sus posibilidades como sus límites.

Esta necesidad encuentra respaldo en las investigaciones de Gloria Mark, profesora de la Universidad de California, quien explica en Cómo recuperar la capacidad de atención que vivimos sometidos a un flujo constante de notificaciones, algoritmos y estímulos digitales que reducen nuestra capacidad de concentración. La hiperconectividad no solo afecta la productividad, sino que también dificulta el desarrollo del pensamiento profundo, indispensable para analizar problemas complejos, tomar buenas decisiones y evaluar críticamente la información generada por estos sistemas.

Frente a este escenario, Cal Newport propone recuperar una habilidad que será cada vez más valiosa: el Deep Work, o trabajo profundo. En una época en la que las tareas rutinarias tienden a automatizarse, la verdadera ventaja competitiva seguirá siendo profundamente humana: la capacidad de concentrarse, reflexionar, crear y resolver problemas que ninguna inteligencia artificial puede comprender plenamente por sí sola.

Pero el desafío no es únicamente cognitivo. También es ético. En su encíclica Magnifica Humanitas, el papa León XIV sostiene que la inteligencia artificial debe estar al servicio de la persona y que todo avance tecnológico solo constituye un verdadero progreso cuando coloca en el centro la dignidad humana y el bien común. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades, pero nunca debería reemplazar nuestra responsabilidad moral ni nuestra capacidad de discernimiento.

Frente a este panorama surge una pregunta inevitable: ¿qué papel debería asumir el Estado? Si aceptamos que la inteligencia artificial transformará profundamente la forma en que aprendemos, trabajamos y nos relacionamos, entonces la alfabetización digital debe dejar de ser una política complementaria para convertirse en una política pública estratégica.

Esto implica mucho más que enseñar a utilizar nuevas herramientas. Supone incorporar contenidos de ciudadanía digital y alfabetización en inteligencia artificial desde los primeros años del sistema educativo, capacitar permanentemente a los docentes y desarrollar programas de formación para adultos. Del mismo modo, el propio Estado deberá preparar a sus funcionarios para comprender estas tecnologías y utilizarlas con criterios de transparencia, eficiencia y respeto por los derechos fundamentales.

Sin embargo, la alfabetización digital tampoco puede reducirse al aprendizaje técnico. Requiere fortalecer capacidades como la comprensión lectora, la lógica, la argumentación y el pensamiento crítico. En una época en la que una inteligencia artificial puede ofrecer respuestas en segundos, la diferencia seguirá estando en la capacidad humana para formular buenas preguntas, evaluar críticamente esas respuestas y tomar decisiones prudentes.

La ciencia advierte sobre los efectos de la hiperconectividad y demuestra que la concentración es una habilidad cada vez más escasa y, precisamente por ello, más valiosa. La ética recuerda que la tecnología debe permanecer al servicio de la persona. Ahora le corresponde a la política transformar ese diagnóstico en educación y políticas públicas.

El verdadero desafío del siglo XXI no será convivir con la inteligencia artificial. Será formar personas capaces de utilizarla sin renunciar a aquello que las hace irremplazables: la capacidad de pensar críticamente, actuar con responsabilidad y poner el conocimiento al servicio del bien común.

(*) Marcelo Ferro - Abogado y Magister en Derecho Administrativo