Por primera vez en su historia, la Argentina podría superar en 2026 el umbral de los US$ 90.000 millones en exportaciones, un récord absoluto que marcaría un punto de inflexión para una economía históricamente condicionada por la escasez de dólares. Las proyecciones del Centro de Investigación en Exportación y Negocios Internacionales (CIEN), que dirige Gustavo Scarpetta, coinciden con las estimaciones del Relevamiento de Expectativas del Mercado (REM) del Banco Central y anticipan un año de fuerte dinamismo externo, incluso en un contexto internacional menos favorable para el comercio de bienes.
“El número de US$90.000 millones es casi un piso, al ritmo que viene el último semestre”, afirmó Scarpetta en diálogo con Perfil Córdoba. “Nunca superamos esos valores, sería la primera vez. Casi seguro vamos a un récord, salvo que aparezca un cisne negro, algo que hoy nadie está viendo”.
Un mundo más frío para los bienes
El salto exportador argentino se produciría en un escenario global complejo. Según la Organización Mundial del Comercio (OMC), tras un 2025 todavía dinámico, el comercio mundial de mercancías crecería apenas 0,5% en 2026, afectado por mayores tensiones comerciales, medidas arancelarias y un clima de creciente proteccionismo. Europa aparece como la región más rezagada, mientras que Asia y América del Sur sostienen un mayor dinamismo. En contraste con los bienes, los servicios comerciales seguirían creciendo a un ritmo más elevado, lo que abre oportunidades adicionales para países con capacidad exportadora en conocimiento, logística y servicios profesionales.
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Para Argentina, la lectura es clara: en un mundo que se desacelera, la clave pasa por ganar participación, capturar valor y mejorar condiciones de acceso. “Si 2026 trae menos dinamismo en bienes, la agenda es exportar más y mejor: diferenciación, certificaciones, cumplimiento y servicios asociados”, plantea el CIEN.
Exportaciones récord, importaciones récord
El escenario proyectado para 2026 combina un récord exportador con un récord histórico de importaciones, que rondarían los US$ 81.500 millones, generando un superávit comercial cercano a los US$ 9.000 millones.
Lejos de ser una señal negativa, Scarpetta subraya que el crecimiento importador es consistente con una economía que reacciona. “En una economía que crece, las importaciones suben, sobre todo insumos y bienes de capital. El desafío es que sea un récord importador bueno, más inversión y productividad, no solo consumo”, explicó.
El consultor también relativizó las tasas de crecimiento de algunos rubros. “Cuando se habla de aumentos enormes en importaciones, hay que mirar desde dónde se parte. Veníamos de muchos rubros con importaciones cero, directamente no se podía importar”, remarca.
El impulso exportador de 2026 se apoya en tres grandes motores: agro y agroindustria, energía y minería. Juntos, configuran una canasta más diversificada que la de décadas anteriores, aunque el agro seguirá siendo el principal proveedor de divisas en el corto plazo.
Según el CIEN, soja y maíz aportarían alrededor de más de US$ 30.000 millones, a lo que se suman trigo, cebada y cultivos industriales. “Hoy el agro explica cerca del 50% de las exportaciones y va a seguir siendo así por lo menos tres o cuatro años más”, sostuvo Scarpetta. “Después va a perder importancia relativa, no porque caiga, sino porque energía y minería van a crecer más. La energía va a hacer su gran aporte, pero todavía dependemos y mucho de la Vaca viva”, remarca, en alusión al complejo de granos y carnes.
En tanto, en energía, Vaca Muerta consolida su rol como uno de los grandes vectores del cambio estructural. Tras exportaciones cercanas a los US$ 6.000 millones, el sector podría alcanzar US$ 8.000 a 9.000 millones en 2026, con un potencial de hasta US$ 30.000 millones hacia 2030. La minería completa el tridente, con exportaciones cercanas a los US$ 5.000 millones y expectativas de expansión ligadas al litio y al Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI).
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Acuerdos comerciales: la variable política
Además de los factores productivos, hay dos catalizadores que podrían acelerar aún más el desempeño exportador: el acuerdo Mercosur–Unión Europea y un eventual entendimiento comercial con Estados Unidos.
Scarpetta es cauto respecto de este último. “Hoy lo veo poco técnico y muy político. Se habló mucho en un momento, pero después no hubo avances concretos”, afirmó. Y agregó: “Estados Unidos entra en un año electoral y hay sectores, como los farmers, a los que esto les impacta. No pondría todas las esperanzas ahí”.
En cambio, el acuerdo con la Unión Europea, aunque demorado, aparece como más estructural. “Son 25 años de negociación, con un bagaje diplomático enorme. Si se destraba, puede significar más volumen y más valor agregado”, señaló.
Competitividad, el verdadero desafío. Para sostener el salto exportador y pensar en cifras cercanas a los US$ 100.000 millones, Scarpetta identifica tres ejes centrales. “El mundo usa siempre las mismas herramientas: acuerdos comerciales, alivio tributario y facilitación del comercio”, enumeró. En ese sentido, fue crítico del sesgo impositivo. “Exportamos impuestos, exportamos retenciones. Hay que sacarle carga tributaria a las exportaciones”, sostuvo. Y añadió: “Al exportador hay que ponerle una alfombra roja. No podemos darnos el lujo de no ayudar a quien trae dólares”.
En ese sentido, el diagnóstico parece muy claro. Este año puede ser histórico para el comercio exterior argentino, incluso en un mundo más cerrado. Pero el verdadero desafío será convertir ese récord en un cambio sostenido, capaz de aliviar de manera estructural la histórica restricción externa.