viernes 07 de mayo de 2021
CULTURA Orden jurídico
21-10-2020 12:19

Filosofía en 3 minutos: Carl Schmitt

Sin lugar a dudas, uno de los filósofos políticos más importantes del siglo pasado y figura central del movimiento revolucionario conservador.

Rubén H. Ríos*
21-10-2020 12:19

Se sabe que en filosofía el llamado argumento ad hominem (“contra el hombre”)  carece de toda validez o legitimidad, lo cual no quiere decir que no se use con frecuencia y hasta con excesiva frecuencia. Es una falacia que consiste en considerar falsa una proposición descalificando a quien la emite por razones morales, políticas, raciales, estéticas, religiosas, etc. En una palabra, se intenta refutar una idea impugnando al que la expone, argumentando que él (o ella), debido a sus creencias, costumbres o inclinaciones sexuales –no importa– sólo puede afirmar falsedades o desatinos. Obviamente el argumentum ad hominem evita discutir el concepto en cuestión y toma el atajo de desautorizar al emisor, engañando así (falacia, del verbo fallere: “engañar”) a los ingenuos que creen que de esa manera ha rebatido al sujeto difamado, cuando nada de eso ha sucedido. Desde luego, hay filósofos que se prestan más que otros a la eficacia de esta operación. Es el caso de Heidegger y, más todavía, el de Carl Schmitt (1888-1985), el vilipendiado filósofo político y jurista alemán, por pertenecer al partido nazi entre 1933 y 1936. 

El hecho es que tampoco las SS se tomaron el trabajo de discutir sus ideas y lo expulsaron del nacionalsocialismo y esto pese que, como suele señalarse con entusiasmo, su doctrina jurídica acerca del Estado elaborada durante los años de la República de Weimar (1918-1930), con la que simpatizaba, aportó algunos de los componentes ideológicos nazis. En cualquier caso, la revista oficial de las SS (el semanario Der Schwarze Korps) publicó en 1936 varios artículos denunciando a Schmitt como un nazi por conveniencia (lo que muy probablemente era) y amigo de judíos, por si fuera poco. A partir de ese momento, se distanció del partido y se dedicó meramente a la docencia y a escribir obras jurídicas, mientras continuaban los ataques nazis. Tampoco le fue mejor al finalizar la guerra. Schmitt fue detenido por los aliados y enviado a un campo de internación estadounidense. Con motivo del inicio de los procesos de desnazificación y de los juicios Nüremberg, tuvo que declarar como testigo y sospechoso. Dos años después, en 1947, logró la libertad, aunque se le prohibió ejercer la docencia. Se retiró hasta su muerte en Plettenberg, su pueblo natal en Renania del Norte-Westfalia.

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Hacia 1928, radicado en Berlín, ya Schmitt había obtenido un amplio reconocimiento como especialista en derecho constitucional. De hecho, con la publicación de Teoría de la Constitución (1928) se convirtió en un referente ineludible de los estudiosos europeos del derecho político. Schmitt participó de varias disputas jurídico-políticas con importantes juristas, entre ellos con Hans Kelsen, uno de los teóricos del derecho más destacados del siglo XX. En esa época publicó sus primeros libros: La dictadura (1921), Teología política (1922) y Catolicismo y forma política (1923), estas dos últimas influenciadas por su fe católica. A principios de los años 30, su pensamiento se presentaba como un respaldo filosófico-político al régimen del Mariscal von Hindenburg, último presidente de la República de Weimar. Por entonces publicó El guardián de la Constitución (1931), Legalidad y legitimidad (1932) y, posiblemente su obra más conocida y discutida (y más repudiada), El concepto de lo político (1932). 

Como no podía ser de otra manera, algunos de los escritos de Schmitt durante el período nazi arruinaron severamente su prestigio intelectual, en especial el artículo de 1934 “Der Führer schützt das Recht” (“El Führer crea el derecho”) y diversos textos levemente antisemitas –si bien no de superioridad racial aria–, como El Leviatán de Thomas Hobbes (1938). De este desprestigio indudablemente nunca se recuperó del todo. Hasta la década de los 60 fue rechazado y marginado, con algunas excepciones, de la jurisprudencia y la cultura occidental, al punto que resolvió publicar artículos con seudónimos. Sin embargo, en 1963, con la publicación de Teoría del partisano, donde realiza un análisis filosófico-político de las guerrillas y la guerra revolucionaria, comenzó a recuperar algo de su vieja reputación. A partir de allí, la obra anterior a su adhesión al nacionalsocialismo lentamente comenzó a reeditarse y a estudiarse en el ámbito académico, hasta que adquirió notoriedad nuevamente en los años 90. Hoy muy pocos dudan que Schmitt ha sido uno de los filósofos políticos más importantes del siglo pasado, aun sus críticos más acérrimos.

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Pero todavía pesan tantos equívocos sobre el pensamiento de Schmitt que no se sabe por dónde empezar para aclarar los malentendidos y tergiversaciones propagadas por intérpretes silvestres, políticos sin grandeza y editorialistas mediocres. No sería raro que este artículo, si es leído por los antischmittianos militantes (y los hay), sea condenado por defender a un nazi. Pero aquí no se trata de defender el nazismo de Schmitt (indefendible bajo todo punto de vista) sino de intentar una aproximación a ciertas ideas suyas, al menos, mal entendidas. En primer lugar, respecto de la distinción amigo-enemigo desarrollada en el ensayo El concepto de lo político (Der Begriff des Politischen), objeto de tantas distorsiones que sería largo y ocioso enumerarlas todas. Nadie, si eso fuera posible, tiene tanta paciencia. Por otra parte, noles volens, no deja de ser llamativa la insistencia del periodismo argentino y de algunos intelectuales liberales, desde hace unos veinte años (no es poco), en hacer de Schmitt un maestro que enseña la exterminación de dirigentes políticos que ambicionan, como principio supremo, el consenso, el diálogo y el acuerdo razonable. De todos modos, si hay quienes han llevado a la práctica tal cosa es porque tampoco han entendido las tesis de Schmitt sobre lo político.

El pronombre “lo” ya indica que el concepto schmittiano –porque es una definición conceptual, no una doctrina– no se refiere a la política partidaria ni a los políticos ni al Estado ni a ningún régimen político en particular sino propone un criterio para distinguir la acción “política” de cualquier otra. Por supuesto, esto significa que en la realidad empírica “lo político” se mezcla, y a veces de manera indiscernible, con otros juicios (económicos, morales, estéticos, religiosos), pero por eso mismo se pierde su especificidad propia. Según Schmitt, mientras la moral se rige por la dicotomía bueno-malo, la estética por la de bello-feo y la economía por la de rentable-no rentable, la distinción propia del actuar político se resume en amigo (Freund)-enemigo (Feind). Esta última palabra, que hiere tantas susceptibilidades y despierta todo tipo de suspicacias, también puede traducirse con igual pertinencia como “antagonista” o “contrario”. Se dirá que este reemplazo de un sustantivo por otro no afecta el concepto en sí mismo, en cuanto el problema reside en definir lo “político” como una relación de opuestos, como una “dialéctica”. Craso error. La distinción amigo-enemigo –enteramente formal, ya que no incluye contenidos– se compone de dos polos y solo uno de ellos supone oposición, antítesis. 

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La distinción amigo-enemigo debería servir, y lo afirma Schmitt, para mostrar el grado extremo de una amistad o de una enemistad, de una asociación o de una división, sin que a la vez intervengan las distinciones económicas, morales, estéticas o de cualquier otra clase. El enemigo es simplemente der Fremde, “el extraño”, en un sentido fuertemente existencial, alguien “otro” con el cual, en el extremo, sean factibles conflictos que no pueden ser resueltos por medio de normas ya establecidas o por un árbitro ecuánime. De modo que sólo quien forma parte de esta situación, llegado el conflicto, se encuentra en posición de decidir (o no) si la alteridad del “extraño” amenaza el modo propio de existencia y que por ello resulta necesario defenderse y combatirlo. En la práctica, dada la intensidad extrema del conflicto político, al enemigo se lo inviste de maldad y fealdad, pero para Schmitt no hay necesidad alguna que lo moralmente malo, estéticamente feo y económicamente perjudicial sea por ello enemigo, de la misma manera que lo bueno, bello y rentable no por eso se vuelven amistosos en el sentido “político”. Los conceptos de amigo y enemigo no son metáforas o símbolos sino reciben significado solamente en una situación concreta, fáctica, y tampoco deben interpretarse como prolongaciones de la psicología individual, de sentimientos privados o de intereses económicos. Dicho de otro modo, el enemigo no es simplemente el competidor económico ni el adversario privado sino una agrupación pública de sujetos que combate (virtual o realmente) y se enfrenta a otro grupo humano del mismo tipo. Por lo tanto, no es forzoso odiar personalmente al enemigo político y hasta se puede hacer negocios con él. 

Schmitt sostiene, argumentando a favor de su concepto de lo “político”, que todos los términos y expresiones políticas son polémicas (del griego pólemos: “guerra”) y están ligados a una situación concreta. Palabras como “Estado de derecho”, “república”, “sociedad”, “clase”, “soberanía”, “dictadura” y otras que no viene al caso mencionar son meras abstracciones si se ignora a quien o a quienes se ataca y se enfrenta a través de ellas. Más todavía, el mismo vocablo “político” se emplea con carácter polémico, ya se niegue al rival como “no político” o se lo desacredite como “político” – es indiferente. Siendo así, el concepto de enemigo supone la posibilidad real, en el extremo, de la lucha y la guerra, tanto entre naciones o entre unidades nacionales como, en el caso de darse en el interior de un Estado nacional, de la guerra civil. Esta es, de lejos, la parte de la teoría schmittiana que más ha sido señalada y exagerada por sus adversarios, y no siempre con honestidad intelectual. Los conceptos de amigo y enemigo solo asumen toda su dimensión en tanto implican de manera decisiva a la posibilidad real de la eliminación física.

No obstante, Schmitt no dice que la guerra es algo normal, deseable, un ideal a perseguir o la misma esencia de lo “político”, ni afirma que toda política deba tramitarse en una batalla militar, ni que todo pueblo se ubique siempre respecto de los otros como amigo o enemigo (pues existe la neutralidad), ni que la decisión política correcta no sea evitar precisamente la lucha armada y el derramamiento de sangre. En consecuencia, la guerra no es la “continuación de la política por otros medios”, como pensaba von Clausewitz, aunque presupone la determinación política anterior del enemigo, sin la cual no sería posible la pugna bélica. En todo caso, la guerra no delimita la finalidad, la meta o la sustancia ineluctable de la política sino su presupuesto como una peripecia real, con lo que siempre se puede evitarla (o no, desde luego) y optar por la neutralidad, solo que para Schmitt la existencia de esta misma (como del pacifismo) depende de la distinción amigo-enemigo. Por esto mismo en la guerra se muestra la consecuencia extrema de la división política entre amigo y enemigo, ya sea por conflictos económicos, religiosos, étnicos o morales que en nada modifican el concepto de lo “político”. 

Schmitt no afirma que el enemigo deba ser exterminado físicamente, como celebran algunos de sus divulgadores menos avispados. En realidad, recomienda contenerlo en sus límites, el control de su fuerza, la defensa respecto de ésta y en lograr un umbral común. El obstáculo para ello es la deshumanización del enemigo. Las guerras que se hacen para terminar con las guerras y en nombre de la humanidad, a su juicio, son especialmente violentas e inhumanas, en la medida que descalifican al enemigo como humano y lo objetivan como un monstruo que no debe sólo derrotarse sino al que es preciso destruir. La humanidad como tal no puede hacer ninguna guerra, ya que carece (por ahora) de enemigos en el planeta y, por consiguiente, no hay que confundirla con un concepto político. La guerra no tiene para Schmitt ningún principio normativo o racional, ni ningún programa o ideal social, ni ninguna legitimidad o legalidad que la justifique. Sólo es comprensible (no justificable) en la medida que existen enemigos en el sentido existencial y concreto del término, pero comprensibles políticamente, no en general. Dicho de otro modo, no hay guerras justas.

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De esto se infiere que la guerra como presupuesto de la política obliga a un pueblo a distinguir, en ciertos casos y por una decisión propia, al amigo y al enemigo. En eso consiste la existencia política en la concepción schmittiana. Suponiendo que tal pueblo no posea voluntad o capacidad para hacer tal distinción y permite que un extraño decida quien es su amigo y quien su enemigo, entonces deja de ser políticamente libre y se subordina a otro sistema político. Por el contrario, si este supuesto sujeto colectivo decide conforme a la distinción amigo-enemigo a su propio riesgo (a quien combatir y a quien no) y procede en ese sentido, pero no está dispuesto a la guerra, puede declarar que condena las soluciones militares de los litigios internacionales y que renuncia a ella como instrumento de política nacional, por ejemplo, aunque con ello no impide la guerra en general ni que lo designen como enemigo, incluso sin manifestar una actitud beligerante. Esto se conoce como el “realismo político” de Schmitt, una escuela filosófico-política que se estudia, por lo regular, en todas las facultades de ciencias políticas y sociales y que, en los últimos años, ha elevado a El concepto de lo político a un clásico en su género. 

A esta altura, por decir así, debería quedar claro que Schmitt no se opone al consenso o al diálogo, al acuerdo o la “paz”, como se quiera, en el campo político, sino al individualismo liberal, para decirlo de una vez. Lo que explica el interés de los comentaristas de izquierda por el pensamiento schimittiano (y el malestar de los liberales, aún de los más inteligentes), porque para éste el liberalismo representa lisa y llanamente la negación de lo “político” al desplazarse entre dos esferas heterogéneas –la de la moral y la economía– con la pretensión de despolitizar los conflictos. De esta manera, el liberalismo transforma la lucha política en el plano económico en competencia y en el moral en discusión y humanitarismo. El Estado se hace sociedad y una formación técnico-económica de un orden de producción e intercambio sobre el que –por lo menos, en teoría– no debe intervenir por razones morales, religiosas, de clase, étnicas o estratégicas. Que lo económico finalmente concluya en problemas políticos, desde el punto de vista schmittiano, sólo indica que lo “político” se ha alcanzado desde la economía y no desde cualquier otro sector.

Es cierto que, para conceder algo a los detractores más serios, que Schmitt enfatiza en la enemistad y bastante menos en la amistad política y, además, tiende demasiado a considerar al liberalismo como una fuerza que desprecia el Estado, cuando la historia revela lo contrario. De cualquier manera, el núcleo del concepto de lo “político”, entendido como un criterio práctico para delimitar las acciones propiamente políticas, remite al hostis (aquel que nos combate) y no a inimicus (el que nos odia), según la cita de Schmitt del Lexikon totius Latinatis, con lo que nuevamente el significante “enemigo” queda flotando en la vaguedad. En primera instancia, es un término negativo y vacío en la medida que la enemistad política, incluida la posibilidad inherente de la guerra efectiva, surge de una decisión concreta, de un caso decisivo, a partir del cual nada impide que una parte aniquile a la otra o se aniquilen mutuamente. Las luchas tribales son un ejemplo muy didáctico. Por supuesto, como dice Schmitt, la guerra virtual o real (y esta tiene sus propias leyes que sólo la política puede suspender) es el último horizonte del reagrupamiento amigo-enemigo, no su modalidad exclusiva y cotidiana como algunos nos quieren hacer creer.  

*Doctor en filosofía, escritor y periodista
@riosrubenh
Blog: https://riosrubenh.wixsite.com/rubenhriosblog

 

 

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