Finalmente comenzó Mundial 2026, el tripartito. Arrancó con dos partidos que dejaron apenas algunos detalles: la intensidad de los coreanos, los saques laterales ofensivos de los checos, la precariedad de los sudafricanos —algo ya esperado en este Mundial en el que juega hasta la selección de mi barrio— y un único jugador, entre todos, el mexicano: Julián Quiñones.
¿Dije mexicano? Pero Quiñones es colombiano… Ah, claro. Se naturalizó para poder actuar con la selección de México. Y es ahí donde saltan a la vista las “impurezas” de este Mundial para el cual parece imposible encontrar un solo elogio. Esta es, en efecto, y además de todos sus otros defectos, la Copa de los impuros.
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No se trata de los "impuros" de la Antigüedad, cuando una sociedad elegía a los suyos, como ocurrió con judíos, dalits, burakumin, cagots, leprosos, roma o cristianos nuevos, grupos así clasificados por quienes detentaban el poder suficiente para hacerlo.Nada de eso. Los impuros de 2026 son otros: jugadores que no nacieron en el país por el cual actúan, que por otros intereses defienden y cuyo himno cantan artificialmente. Y este Mundial absurdo también es récord en ese absurdo. Casi una cuarta parte de los inscriptos es impura.
Se trata de un fenómeno sin precedentes en la historia del fútbol. Nada menos que 289 jugadores defenderán selecciones impropias, países en los que no nacieron.Eso equivale al 23,2% de los 1.248 atletas anotados (hoy son más atletas que jugadores de fútbol). En otras palabras, casi uno de cada cuatro participantes representará a una nación distinta de aquella en la que vino al mundo.
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El dato refleja más que las transformaciones demográficas de las últimas décadas, marcadas por migraciones, doble ciudadanía, exilios y herencias familiares. Refleja también las legislaciones de la FIFA y los negociados del fútbol moderno, que permiten la elección de la selección nacional en circunstancias cada vez más amplias, difusas, forzadas y facilitadas.
La evolución de este fenómeno a lo largo de las Copas del Mundo de este irregular siglo es reveladora:

Los números muestran una tendencia inequívoca. En 2002, apenas cerca del 8% de los jugadores actuaban para selecciones distintas de sus países de nacimiento. Veinticuatro años después, esa proporción prácticamente se triplicó.
Algunas selecciones construyeron una parte significativa de sus planteles a partir de comunidades emigradas o descendientes. En números absolutos, las campeonas de la impureza son Curazao, que de sus 26 inscritos tiene 25 nacidos fuera del país (todos ellos en Holanda); la República Democrática del Congo, con 22; y Marruecos, con 19.
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Lo curioso es que las impurezas se invirtieron. Antes, porque siempre hubo algún impuro —de hecho, el máximo goleador de un único Mundial, Raimond Kopa, en 1958, jugaba para Francia aunque había nacido en Marruecos. Hoy ocurre lo contrario. Llevaron tantos africanos a Europa que ahora son las selecciones africanas las que "limpian impuros", repatriando descendientes. Tanto es así que la propia Francia, con 75 jugadores repartidos entre otras selecciones, se ha convertido en la mayor exportadora de mundialistas del planeta: casi una cuarta parte del total de los “impuros” de este Mundial es nato en el país de Napoleón.
Los países africanos, caribeños y asiáticos convocan cada vez más atletas nacidos en Europa. En el extremo opuesto, apenas ocho selecciones poseen planteles completamente nativos: Brasil, Colombia, Panamá, Sudáfrica, Arabia Saudita, Austria, República Checa y Suecia. Las otras 40 importaron jugadores. Ni siquiera la campeona del mundo, nuestra Argentina, se salva. La “Scaloneta”tiene dos futbolistas nacidos en España: Nico Paz y Giuliano Simeone, que como todos saben son hijos de exjugadores argentinos que fueron a salvar su futuro en Europa.
Todo está desvirtuado. Nada es lo que debería ser. Estos casi 300 jugadores cantan himnos que nunca cantaron en la escuela y que, en muchos casos, tampoco cantaron sus padres, porque ellos también entonaron himnos que no eran los suyos. Triste.
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Otro ejemplo de lo ridículo que comienza a ser la ejecución de himnos nacionales en los torneos de fútbol se vio recientemente en la final de la Champions League. Se enfrentaron un club francés, el PSG, y uno inglés, el Arsenal. Pues bien: el equipo inglés inició el partido con más franceses en el campo que el propio equipo francés. Tres contra dos. Bizarro.
Pero algo peor ocurrió en 2010, cuando el FC Internazionale de Milán conquistó la Copa Mundial de Clubes de la nefasta FIFA, en Abu Dabi. ¡Su equipo titular no tenía italianos! Reunía jugadores de Brasil, Argentina, Italia, Macedonia del Norte, Camerún y Rumania. Una verdadera torre de Babel futbolística. Aun así, sin sentimiento alguno, todos cantaron: "Fratellid'Italia, l'Italias'èdesta" ("Hermanos de Italia, Italia despertó").
Es todo tan patético... Tan caricatos como somos nosotros, que seguimos mirando partidos como si el fútbol todavía fuera aquello que alguna vez fue. Hoy sirve, sobre todo, para el enriquecimiento —no siempre lícito— de una minoría. Porque el juego, en sí mismo, ya no divierte. Y mal entretiene.
Hoy tenemos más Mundial. ¡Dios mío!
cp