DEPORTES
Mundial 2026

El debut de la Selección Argentina en el Mundial 2026: un respiro de belleza en el país de las tristezas

La selección de Scaloni y Messi debuta contra Argelia, con la tranquilidad de haber ganado todo, pero con el compromiso de revalidar una vocación futbolística que llena los ojos de propios y extraños.

Selección Argentina y su hinchada
Selección Argentina y su hinchada | Web

Asoma un rayo de luz en el país de las tristezas. En medio de la crisis económica eterna, de la falta de empleo, de la cascada de Manuel Adorni, de los precios que le ganan a los salarios, del presidente que le grita a todos, de los héroes que se nos murieron en las últimas semanas, se filtra una grieta de alegría y belleza que nos puede alcanzar a quienes tengamos sensibilidad para disfrutarlo. A los futboleros y a los que no lo son, a los que les gustan los pases cortos, el fútbol espectáculo y ganar como consecuencia de jugar bien y a quienes prefieren ganar medio a cero con un gol con la mano y sobre la hora. Para el prohombre y para el villano, para el que transpira fútbol las 24 horas del día los 365 días del año y para los que sólo son miran fútbol en los mundiales. Para todos, se viene el debut de la Selección Argentina contra Argelia en el Mundial de fútbol 2026 por la primera fecha del Grupo J, este martes 16 a las 22.

Y si en Qatar 2022 la Argentina aparecía como candidata posible, aunque “había que ver” y ña ña ñá, esta vez los mendigos del buen fútbol ya venimos “hechos” con la selección de Lionel Messi y de Lionel Scaloni, y no le vamos a pedir más resultados. Al fin de cuentas, quién puede pedirle resultados a nadie en este país, donde hace más de medio siglo que te prometen de mil maneras diferentes que van a bajar la inflación y la gente se contenta con que baje, aunque los precios sigan subiendo y en el supermercado Premium o en el chino de barrio cada vez se venda menos… Y de paso, nos cuelan un aumento del boleto de colectivo.

Allí irán los muchachos de Scaloni, a revalidar su vocación futbolera. A darnos un respiro de belleza entre tanta oscuridad. Si ni siquiera parece que jugaran al mismo deporte que se practican en las distintas categorías del fútbol argentino todas las semanas… Porque esta Selección argentina no es un equipo más. Tiene un funcionamiento tan aceitado que dejó de depender de las grandes figuras para poder jugar casi, casi siempre igual, más allá de algunos desacoples momentáneos y circunstanciales.

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Sí, me van a reprochar los cabuleros que escribo esto y que los partidos todavía no empezaron, que también llegaron a Qatar con algunos pergaminos y funcionamiento similar, y sin embargo, se dejaron sorprender por Arabia Saudita, que rompió todos los pronósticos y una larga racha sin derrotas. Y que cuatro años después le dio un susto bárbaro al Uruguay que comanda técnicamente nuestro Marcelo Bielsa, que a duras penas le pudo empatar, tras cascotearle el arco y hacer figura a nuestro viejo conocido el arquero Mohammed Alowais.

Pero ahora es diferente. Este cronista suma más de 50 años viendo fútbol y hasta recuerda haber visto en su más lejana infancia aquel despiadado 4 a 0 de la Naranja Mecánica de Johann Cruyff y su Holanda. Aquel día que Roberto Perfumo (en el libro Archivo sin final, de Edgardo Martolio y Thomáz) recordaba así: "Yo no renunciaba nunca a jugar, pero en ese partido Carnevali —el arquero— fue rápido a buscar una pelota cuando íbamos 2-0 abajo. 'No te apures', le pedí. '¿Por qué?' me dijo. 'Porque nos van a hacer diez, boludo'. Y lo creía en serio".

Aquella tragedia futbolística enhebraba para atrás que en 1970 no habíamos clasificado o que en 1958 se había producido el “Desastre de Suecia”, con una eliminación en primera ronda y con el 6 a 1 en contra propinado por Checoslovaquia. Pero el flaco César Luis Menotti había llegado a la selección para cambiar la historia. Para fundar una nueva organización en el fútbol argentino, donde la Selección Nacional era la prioridad de todos y así se logró el primer título Mundial en 1978, que repitió un año después con los Juveniles en Japón. Tan importante fue su impronta organizativa que hasta la disfrutó su más acérrimo oponente ideológico, Carlos Salvador Bilardo, que también alzó la Copa del Mundo en 1986 de la mano de un genial Diego Armando Maradona que comandó un equipo de notables y no tanto.

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Heredero de esa organización y tomando un poco de Menotti (que lo confirmó en la selección cuando ni el presidente Claudio Tapia estaba seguro) y otro poco (menos, quizá) de Bilardo, está Lionel Scaloni, mi campeón del mundo en el fútbol y en la vida. El tipo que cuando nos desangrábamos por haber perdido con Arabia Sauditay temíamos una catástrofe futbolística como la de Suecia o la de Corea Japón, salió a decir “que era sólo un partido de fútbol”, con la tranquilidad de saber que estaba haciendo las cosas bien. Sin gritarle a nadie, sin protestar y concentrándose en sus obligaciones. Con la certeza de conocer lo que hace falta conocer en su oficio, del que tantos argentinos somos tan expertos y en la vida pudimos dirigir ni un estornudo...

Y allí irá Scaloni, que le tocó un Messi grandecito, por el que ningún manual de alta competencia daría dos mangos por edad y, sin embargo, anda por los doscientos goles en la Selección y hasta se dio el lujo, entre ya no sabemos cuántos récords, de voltear el que tenía Angelito Labruna (y pocos recordaban), de ser el jugador más viejo (dejemos el “longevo” para las enciclopedias formales) en hacer un gol para la Selección argentina.

No le pidamos resultados a estos muchachos. Dejémoslos ser felices jugando, que esa felicidad es contagiosa y nos va a dar muchas alegrías. Y si no viene con el título, ya no importa. Ellos no prometen nada, pero yo les puedo asegurar que a esta selección no le va a faltar compromiso, solidaridad ni belleza, tres cosas que los argentinos cada vez vemos más desde lejos y que sería hora de que vayamos empezando a recuperar en este país de las tristezas.

ML