La industria volvió a mostrar señales de deterioro y profundizó su ingreso en una zona de contracción. El Monitor de Desempeño Industrial (MDI) de la Unión Industrial Argentina se ubicó en 40,4 puntos en julio, 3,1 puntos por debajo del relevamiento previo y 4,7 puntos menos que un año atrás. Todos los sectores relevados quedaron por debajo de 50, el nivel que marca la frontera entre expansión y contracción.
La principal debilidad aparece en el mercado interno. La mitad de las empresas registró una caída en sus ventas internas, mientras que apenas 16,2% informó aumentos. En producción, 42,9% redujo sus niveles y sólo 20,9% consiguió incrementarlos.
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Pero el dato más sensible del informe no está sólo en la actividad. La caída de ventas empezó a trasladarse con más fuerza a la situación financiera de las empresas y a la cadena de pagos.

La caída de ventas ya golpea la caja de las empresas
El 47,6% de las firmas tuvo dificultades para afrontar en su totalidad al menos uno de sus pagos habituales, entre salarios, proveedores, compromisos financieros, servicios públicos e impuestos.
Más preocupante aún, el 9,2% registró problemas para cumplir con todos esos pagos de manera simultánea, el valor más alto de toda la serie y muy por encima del promedio histórico, que ronda el 4%.
La UIA identifica allí un cambio cualitativo: la menor demanda ya no se refleja sólo en menos producción o menor utilización de capacidad instalada, sino también en restricciones de liquidez.

El problema empieza por donde las empresas encuentran mayor margen para postergar compromisos. Las principales dificultades se concentran en impuestos y proveedores: el 34,6% reportó problemas para cumplir con obligaciones tributarias y el 33,3% con pagos a proveedores.
Ese dato es clave para entender el deterioro de la cadena de pagos. Cuando una empresa demora el pago a sus proveedores, la tensión financiera se traslada hacia otras firmas del mismo entramado productivo, especialmente PyMEs que dependen de esos cobros para financiar capital de trabajo, salarios, compras de insumos y sus propias obligaciones fiscales.
La mora empieza a trasladarse de una empresa a otra
El informe muestra que las consecuencias ya no son solamente contables.
Entre las empresas que no pudieron afrontar en su totalidad al menos uno de sus pagos, 31,8% señaló un deterioro en la relación con proveedores o empleados, mientras que 22,7% registró retrasos en la producción o prestación de servicios y 21,1% sufrió interrupciones o encarecimiento del abastecimiento de insumos.
La dinámica puede volverse circular. Menos ventas reducen el flujo de caja; la falta de liquidez demora pagos a proveedores; esos proveedores, a su vez, enfrentan mayores dificultades para sostener su propia operatoria. El resultado es una cadena de financiamiento informal entre empresas, en la que los plazos de pago se estiran y el costo termina distribuyéndose a lo largo de toda la cadena productiva.
La UIA advierte que las restricciones de liquidez se están trasladando tanto al financiamiento impositivo como al comercial, dos señales que reflejan que las empresas empiezan a usar el atraso en pagos como mecanismo para administrar caja.
Más deuda para financiar el funcionamiento diario
La otra respuesta de las empresas frente a la falta de liquidez es el endeudamiento.
Entre las firmas con problemas para cumplir sus obligaciones, 56,2% debió recurrir a financiamiento de corto plazo o aumentar su nivel de deuda. Al mismo tiempo, 53,2% enfrentó mayores intereses y costos financieros.
El punto es especialmente relevante porque ese crédito ya no aparece necesariamente asociado a nuevas inversiones o expansión productiva, sino a cubrir necesidades corrientes de funcionamiento.
En términos prácticos, las empresas están tomando más financiamiento para atravesar el bache entre ingresos y vencimientos. Si las ventas no se recuperan, ese mecanismo puede presionar aún más los márgenes, porque a la caída de actividad se suma un mayor costo financiero.
La combinación que surge del informe es clara: menos demanda, menos caja, más atrasos y más deuda de corto plazo.
Impuestos y proveedores, los primeros pagos bajo presión
La composición de los atrasos también muestra cómo las empresas administran la escasez de liquidez.
Los impuestos aparecen como el compromiso con mayor dificultad de pago, con 34,6%, seguidos muy de cerca por los proveedores, con 33,3%. Luego aparecen los compromisos financieros, con 25,6%, los servicios públicos, con 16,3%, y los salarios, con 12,7%.
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Que los salarios estén por debajo del resto sugiere que las empresas todavía intentan preservar el pago de nómina mientras desplazan parte de la presión hacia otras obligaciones.
Sin embargo, el cuadro sigue siendo delicado. Cuando los atrasos comienzan a concentrarse en impuestos, proveedores y deuda financiera, la empresa sostiene su funcionamiento corriente a costa de acumular pasivos o deteriorar relaciones comerciales.
La mitad de las empresas vende menos
El origen del problema sigue estando en la actividad.
En julio, 49,7% de las empresas reportó una baja en las ventas internas, contra 45,5% en abril. Apenas 16,2% registró una mejora.

Las exportaciones tuvieron un comportamiento menos negativo: 27,7% de las firmas informó caídas y 14,6% aumentos. Esa diferencia muestra que el deterioro está concentrado principalmente en el mercado doméstico.
De hecho, la caída de la demanda interna fue mencionada por el 48,6% de las empresas como su principal desafío, muy por encima de otros problemas.
Producción en baja y PyMEs más golpeadas
El menor nivel de ventas ya se refleja en la producción.
El 42,9% de las empresas redujo sus niveles productivos, mientras que sólo 20,9% informó aumentos. El índice de difusión, que mide la diferencia entre empresas con subas y caídas, quedó en -22 puntos porcentuales.
La situación es todavía más exigente entre las PyMEs. Entre las micro y pequeñas empresas, 47,8% redujo su producción y 54,8% sus ventas, proporciones superiores a las registradas entre medianas y grandes.
Ese segmento es también el más vulnerable frente al deterioro de la cadena de pagos, porque suele disponer de menor espalda financiera y depende en mayor medida de los cobros corrientes para sostener capital de trabajo.
Los costos también presionan
A la debilidad de la demanda se agrega la presión de los costos.
El 24,2% de las empresas señaló el aumento de costos como uno de sus principales desafíos. Dentro de ese grupo, los laborales fueron los más mencionados, mientras que los costos energéticos ganaron peso y se ubicaron por primera vez en el segundo lugar, desplazando a los insumos nacionales.
Con ventas en baja, mayores costos y un financiamiento más caro, el margen para absorber shocks se reduce.
Menor capacidad instalada y peores expectativas
El deterioro también aparece en la utilización de las plantas industriales.
La capacidad instalada promedio de las empresas relevadas se ubicó en 53,6%, mientras que 64,4% operó por debajo de su nivel considerado óptimo. Entre esas empresas, 80,9% no espera alcanzar ese nivel en los próximos doce meses.
En paralelo, cayó la proporción de empresas que considera que es un buen momento para invertir en maquinaria y equipo: pasó de 47,1% en abril a 43% en julio.

Por ahora, la caída de ventas y producción no se trasladó con la misma intensidad al empleo.
El 21,2% de las empresas redujo su dotación, una proporción mucho menor que la de firmas con caída de ventas o producción. Sin embargo, comenzaron a aparecer otros mecanismos de ajuste, como reducción de turnos, suspensiones y adelanto de vacaciones. La reducción de turnos alcanzó al 18,7% de las empresas.
Las expectativas tampoco son favorables: 27,5% prevé reducir empleo durante el próximo año y sólo 16,9% espera incorporar trabajadores.
De la recesión productiva al problema financiero
El cuadro que describe la III Encuesta de la UIA muestra que la debilidad industrial empieza a cambiar de naturaleza.
Hasta ahora, buena parte de las señales de alerta estaban asociadas a menos ventas, menor producción y capacidad ociosa. El nuevo dato es que esa caída de actividad ya empezó a impactar con fuerza en la liquidez de las empresas.
Casi la mitad tiene dificultades para cumplir al menos un pago, una de cada diez presenta problemas en todos sus compromisos simultáneamente y más de la mitad de las empresas afectadas necesita endeudarse para seguir funcionando.
La UIA sostiene que la industria atraviesa desde mediados de 2025 un período de estancamiento, con oscilaciones y sin lograr recuperar los niveles de actividad de años anteriores.
El riesgo ahora es que la caída de la demanda deje de ser sólo un problema de cada empresa y se propague a través de la cadena de pagos. Cuando la falta de caja empieza a trasladarse a proveedores, impuestos y financiamiento, el deterioro productivo adquiere también una dimensión financiera.
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