EFEMéRIDES
A 50 años del final

Juan D’Arienzo, el músico de barrio que se convirtió en el “Rey del compás” y sacó al tango de la quietud

En los años 30, tras reformar su orquesta, apostó por “ritmo, nervio, fuerza y carácter”, y volvió irresistible al tango en las milongas de Buenos Aires y Montevideo. Su énfasis en el pulso por sobre cantores o arreglos elaborados lo transformó en un fenómeno masivo.

Juan D’Arienzo
Su orquesta, activa en los 40 y 50, grabó más de 1.000 pistas | Gemini

Buenos Aires, 14 de enero de 1976. Mientras la ciudad se sofoca bajo el calor de un verano políticamente espeso, una noticia logra perforar la densidad del aire: murió Juan D’Arienzo. Con él, no solo se apagaba la vida de un director de orquesta, se detenía el metrónomo que le devolvió el pulso a una ciudad que, en los 30, amenazaba con dejar de bailar.

A medio siglo de aquel silencio, la figura de D'Arienzo —"El Rey del Compás"— se agiganta. No por la complejidad de sus arreglos, sino por la ferocidad de su ritmo, ese que hoy sigue siendo el combustible principal de cualquier milonga, desde la calle Corrientes hasta los salones de Tokio.

El despertar de una fiera rítmica

Para entender la magnitud de su sombra, hay que retroceder a 1935. Por aquel entonces, el tango estaba cayendo en una suerte de "letargo intelectual". Las orquestas se habían vuelto lentas, melancólicas, casi de cámara. La juventud porteña, aburrida de la introspección, empezaba a mirar con deseo hacia el jazz y otros ritmos importados.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

Armando Discépolo, maestro del Grotesco Criollo y la identidad del inmigrante en Argentina

D’Arienzo, que había comenzado como un violinista discreto pero observador, comprendió que el tango se estaba muriendo de solemnidad. La crónica de su ascenso comienza con una decisión radical: restaurar el orden.

Su encuentro con el pianista Rodolfo Biagi fue el Big Bang. Biagi introdujo un fraseo nervioso, un punteo constante en el piano que servía de guía infalible para los pies. D’Arienzo tomó ese nervio y lo convirtió en su marca de fábrica. El resultado fue eléctrico: los jóvenes volvieron a los clubes sociales por miles. El tango volvía a ser una música bailable.

El director-espectáculo: La batuta y el grito

Quien viera a la orquesta de D’Arienzo no solo asistía a un concierto; asistía a una performance. D’Arienzo no dirigía con la sobriedad de un maestro de conservatorio. Se movía, gesticulaba, increpaba a sus músicos, hacía muecas al público y lanzaba gritos que se filtraban en las grabaciones de la RCA Victor.

"El tango es ritmo, nervio, fuerza y carácter. Si le sacás eso, le sacás el alma", solía repetir frente a los micrófonos de la radio.

Esa vitalidad casi agresiva fue criticada por los puristas, quienes lo tildaban de "facilista". Sin embargo, el tiempo le dio la razón técnica. Su rigidez en el staccato (esa forma de tocar las notas separadas y marcadas) permitió que el tango fuera legible para cualquiera. D’Arienzo democratizó la pista de baile.

Jorge Luis Borges, el hombre que no quería ser Nobel: los "pecados" políticos, fobias y contradicciones

Los años de oro y la hegemonía de la RCA

A lo largo de las décadas de 1940 y 1950, la orquesta de D'Arienzo fue una máquina de facturar éxitos. Versiones de clásicos como "La Cumparsita" o "El Choclo" bajo su dirección se convirtieron en las versiones definitivas para el bailarín. Su contrato con el sello Victor fue uno de los más longevos y fructíferos de la historia de la música argentina.

Incluso cuando la "Nueva Guardia" y Astor Piazzolla comenzaron a experimentar con disonancias y estructuras de vanguardia, D’Arienzo se mantuvo firme en su trinchera de 2/4. No por falta de talento para el cambio, sino por una lealtad inquebrantable a su función social: ser el guardián del baile.

El final de una era

Sus últimos años lo encontraron como una leyenda viviente, apareciendo en programas de televisión como Grandes Valores del Tango, donde su sola presencia garantizaba el rating. Su muerte en 1976 marcó el fin físico de una era, pero inició un fenómeno de culto que no ha hecho más que crecer.

El adiós a Béla Tarr, director de “Tango Satánico” y pionero del cine contemplativo

Hoy, a 50 años de su partida, el legado de D'Arienzo es más que un recuerdo. En un mundo globalizado, su música es el lenguaje universal que permite que dos desconocidos se entiendan en una pista sin mediar palabra. Porque mientras haya alguien que quiera dar un paso de tango, el Rey del Compás seguirá marcando el tiempo desde el más allá.