CULTURA
GENIO POSTERGADO

Jorge Luis Borges, el hombre que no quería ser Nobel: los "pecados" políticos, fobias y contradicciones

Evitando los homenajes y la atención pública, Borges convirtió sus entrevistas en laberintos que confundían a quienes lo escuchaban. Se fue a Ginebra, llevando consigo los secretos de su vida y la decisión de proteger su integridad como artista solitario.

Jorge Luis Borges
Borges era antiperonista y criticó abiertamente la literatura de izquierda, lo que generó rechazo en círculos progresistas | Chat GPT

Lúcida y misteriosa, Buenos Aires, la ciudad que el escritor Jorge Luis Borges prefirió imaginar antes que realmente ver, lo recuerda hoy no solo como el arquitecto de laberintos de papel y símbolos complejos, sino también como un hombre de una fragilidad profundamente punzante y conmovedora. Atrapado detrás de la celebridad de sus letras, existió un sujeto marcado por la devoción filial, la ceguera hereditaria, la soledad intensa y una lengua capaz de herir con precisión.

Jorge Luis Borges
La Academia Sueca lo consideró varias veces, pero factores como sus posturas políticas conservadoras y elogios a dictadores como Pinochet influyeron en la decisión

La simbiosis con Leonor

La crónica de la vida de Borges es, inevitablemente, la crónica de un cordón umbilical que nunca terminó de cortarse. Leonor Acevedo, su madre, fue el eje gravitacional de su existencia. No fue simplemente la mujer que le dio la vida; fue quien le dio las palabras cuando sus ojos se nublaron definitivamente.

En su departamento de la calle Maipú, el ritual era inalterable. Leonor le leía en inglés y francés hasta que el sueño los vencía. Ella corregía sus manuscritos, administraba sus escasos pesos y filtraba las visitas. Esta relación, que muchos biógrafos califican de asfixiante, permitió que el genio floreciera en una burbuja de atemporalidad. "Georgie", como ella lo llamaba, era un niño de 80 años que dependía de esa mujer centenaria para entender dónde terminaba el pasillo y dónde empezaba el mundo. Cuando Leonor murió a los 99 años, Borges quedó, por primera vez, verdaderamente ciego.

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La "humildad provocadora" ante el trono de Suecia

Borges cultivó una humildad provocadora que era, en sí misma, una forma sofisticada de la soberbia. Pedía perdón por su "insignificancia" mientras desmantelaba con una frase la obra de autores consagrados. Esta actitud, sumada a su absoluta falta de filtro político, construyó el muro que lo separó del Premio Nobel.

El mundo literario de los años 70 y 80 exigía compromisos que Borges despreciaba. Mientras la intelectualidad abrazaba causas revolucionarias, él se declaraba "anarquista conservador" o, peor aún, un "individualista desinteresado". En 1976, cometió lo que muchos consideraron el suicidio de su candidatura: viajó a Chile para recibir un doctorado honoris causa de manos de Augusto Pinochet. Sus palabras de elogio resonaron en Estocolmo como un portazo.

Años después, con esa ironía que era su escudo, declaraba: "No darme el Nobel se ha convertido en una tradición escandinava; cada año me lo niegan y eso me otorga una inmortalidad que el premio me quitaría". Borges prefería ser el eterno postergado antes que el premiado previsible.

El bibliotecario que soñaba con sangre

Resulta paradójico que un hombre que pasaba sus días entre el polvo de la Biblioteca Nacional y los textos en anglosajón antiguo estuviera obsesionado con la violencia de los orilleros. Esta es, quizás, la faceta más oscura y fascinante de su psique: la fascinación por los cuchilleros.

Para Borges, el malevo de Palermo o de Adrogué representaba un destino ético que él, encadenado a sus libros y a su bastón, nunca pudo alcanzar. En sus crónicas de duelos a muerte, el cuchillo no es solo una herramienta, sino un símbolo de coraje puro, casi místico. Contrastaba su imagen de anciano vulnerable con relatos donde la sangre y el honor se dirimían en una esquina de barro bajo la luz de un farol. Era el bibliotecario soñando con ser el guerrero que sus ancestros militares fueron, una compensación literaria para una vida de quietud.

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"Hay quienes no pueden imaginar un mundo sin pájaros; hay quienes no pueden imaginar un mundo sin agua; en lo que a mí refiere, soy incapaz de imaginar un mundo sin libros." — Jorge Luis Borges.