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ESPECTACULOS / oscar martinez
domingo 21 junio, 2015

“Hay violencia instalada hasta en el famoso relato”

En La patota compone a un juez con pasado revolucionario cuya hija fue violada. Critica el canon progresista actual que, según él, llevó a la indulgencia con victimarios de hechos aberrantes. Cree que hay que abandonar el maniqueísmo de los dogmas. Sus próximos proyectos.

por Redacción Perfil

Foto: Cedoc

Antes de cada respuesta, hace una pausa. Toda palabra que sale de la boca de Oscar Martínez está atravesada por la experiencia. Esa que transmite en la pantalla su personaje en La patota es la misma que le impide asegurar que la película será un éxito, aunque crea que el film que coprotagoniza junto a Dolores Fonzi cuenta con el agregado de ser la remake de un largometraje emblemático de su época, sumado al par de premios que recibió en Cannes –festival donde estuvo por segundo año consecutivo, ya que en 2014 lo hizo con Relatos salvajes–. Dice que “hay cosas de las que se espera mucho y no funcionan y otras de las que no se espera nada y terminan sorprendiendo. Siempre fue igual. Tal vez ahora sea un poco más difícil que antes determinar con anticipación cómo puede llegar a funcionar”. El motivo lo encuentra en una Argentina difícil, en pleno año electoral. “Estos períodos tan convulsionados desde el punto de vista político también complican avizorar éxitos o fracasos, porque ocurre algo que llama la atención para otro lado, distrae a la gente y te puede arruinar un estreno. Hay demasiada cosa en el aire. Demasiado estímulo. Los años electorales son complicados para el espectáculo”, afirma, pero aclara que en lo personal no llega a afectarlo demasiado, porque “por suerte uno se mete en un viaje cuando filma, donde afortunadamente podés evadir los costos de la realidad. Te aislás para bien, es protector estar metido en ese mundo”.

El año es político y La patota también. Más allá de la relación padre-hija, hay muchos pasajes donde se pone en discusión qué es ser progresista hoy. El personaje de Martínez es un juez con pasado en el Partido Comunista Revolucionario y el de Fonzi una futura abogada que abandona su doctorado para encarar una tarea social en un barrio suburbano de Formosa. “Paulina, como buena hija cuasi adolescente, no tiene en cuenta la experiencia del padre. Ella cree que él se aburguesó, no que aprendió. Yo creo que el padre aprendió, porque lo más progresista que hay en la actualidad es defender el Estado de derecho”, explica.  

—Dada la problemática que plantea la película, ¿sentís que a tu personaje lo va a entender mejor un hombre?
—Aunque tampoco será fácil para una mujer, seguramente al de Dolores lo va a entender mejor alguien de su sexo. No solamente en el trauma de la violación, sino en las elecciones posteriores que ella hace. Creo que al mío lo va a entender mejor un padre. Tengo cuatro hijas mujeres, no me resulta difícil comprender a ese hombre. Probablemente yo hubiera sido más vehemente que él.

—¿Qué diferencias encontrás entre este padre y el que encarnaste en “Relatos salvajes”?
— Son muy distintas las circunstancias, aunque ambas son trágicas. Lo interesante del personaje de Relatos es que es un tipo con contradicciones, no un villano. Le cuesta, tiene que optar por lo que sería su mal menor, pero a la hora de hacerlo recurre a su capacidad de negociación o a su poder económico. En el caso del padre de Paulina, recurre a su poder, pero no le sirve de nada. Son dos padres que viven situaciones muy extremas, donde está comprometido su futuro y el de sus hijos. Es imposible medir el grado de dolor que representan, pero creo que ésta es más dolorosa. A la hora de interpretar el personaje lo pensaba. El debe sentir algo de culpa por esa hija, debe enfrentarse a su propia responsabilidad a la hora de ver que su hija piensa como piensa.

—¿Por qué nos cuesta comprender a Paulina?
—Las razones del personaje de Dolores están teñidas de un ideologismo que le impide juzgar lo real. En primer lugar, su indulgencia con el victimario, hasta el punto de convertirlo en víctima, es muy difícil de comprender. Si aceptamos eso estamos en el horno, y ya bastante lo estamos. Hay un límite. Ningún tipo de ideología o sistema social puede justificar al extremo de la indulgencia un acto aberrante de esa naturaleza. Porque, ¿detrás de eso qué hay, qué aceptamos? ¿Que te maten, que entren a tu casa y violen a tu familia, que te torturen o te roben todo lo que tenés porque son víctimas? ¿A qué clase de orden obedece eso, ideológicamente hablando? Para mí no hay discusión posible.

—Como sociedad, ¿qué tan lejos estamos de tener corridos los límites?
—Independientemente de un discurso que fue instalado en la última década, con el cual no estoy de acuerdo, ser progresista no significa eso. Ha habido suficientes experiencias en el mundo para no tener ideas tan maniqueas, tan dogmáticas. Los resultados no han sido satisfactorios. Ni a esa ideología ni a la que se le opone con la misma violencia. Uno de golpe escucha cosas cuyo sustento podría servir para justificar la dictadura. Ni una cosa ni la otra. Hay una especie de fanatismo a ultranza. Creo en un Estado de derecho, que es perfectible, pero hasta ahora no se inventó nada más justo. El Estado de derecho es la República y para mejorarlo hay que fortalecer las instituciones, y en ese sentido estamos en la Edad Media. Por más utópico que parezca, el Estado de derecho debe funcionar igual para todo el mundo.

—¿Hay una lucha entre violencia e ideales, o se mezcló todo?
—Acá la violencia está instalada hasta en el famoso relato. Se considera violencia una cosa, pero no otra. Eso tiene que ver con la historia reciente argentina. No pasa lo mismo en otros lugares. No es igual en Estados Unidos o Europa, más allá de sus conflictos sociales o de que seguramente existe la corrupción. Son lugares donde la Justicia funciona. Muchas veces tenemos pruebas de que funciona independientemente del poder político o económico. Lo que está pasando con el affaire FIFA lo demuestra, pero esto no significa que sean perfectos, porque el hombre no lo es. La utopía del Estado ideal llevó a atrocidades muy grandes.

—¿Existe un límite interno para eso?
—Para mí lo que tiene de interesante La patota, si es que plantea algún tipo de debate, es eso. Si se puede defender dogmáticamente una ideología al punto de torcer la realidad, de tener una mirada tendenciosa de los hechos. A nosotros nos está pasando eso.

 

Cerca del cine, lejos de la televisión

La carrera cinematográfica de Oscar Martínez está marcada por reconocimientos y ausencias. La tregua, Relatos salvajes, El nido vacío están en su pergamino, pero recién a partir de 2014 encaró proyectos consecutivos, cuando después del film de Damián Szifrón, rodó La patota. Hoy está metido en El ciudadano ilustre y lo espera la remake de la película francesa Intocables, dirigida por Marcos Carnevale. “Estoy disfrutando mucho de poder estar integrado a la actividad de esta manera. Tenía muchas ganas de hacer cine y ahora soy más convocado. En El nido vacío me fue bien, pero hasta Relatos me ofrecieron un par de películas que no hice porque no me convenció el proyecto o el guión. No es que fui muy convocado y yo prioricé el teatro, por ejemplo”.

—¿Te preguntaste por qué?
—No sé. El cine es un gueto especial, siempre lo fue. Los directores se enamoran de ciertos actores y actrices. No sé cómo funciona, tal vez yo era asociado como “actor de teatro”, como si eso significase que pertenezco a una raza distinta. Siempre supe que no es así, por eso estoy muy contento de hacer cine ahora. De hecho, hoy lo priorizo, ya que me han ofrecido teatro para el año que viene y dije que no.

—Es difícil que aceptes hacer una tira hoy…
—No creo. Televisión buena me gustaría hacer, alguna miniserie o unitario, aunque en este momento estoy privilegiando el cine. Pero bueno, tampoco tenemos una industria que produzca tantas películas como para apostar exclusivamente al cine.

—Mucho se habla del apoyo que se le dio al cine durante el kirchnerismo, pero no se legisló en tal sentido. ¿Qué creés que va a pasar con el Incaa en el futuro?
—Yo no compro la política del instituto en los últimos 15 años. Pero, más allá de lo bueno que se pueda haber hecho, todo se escribe en el agua en este país. Lamentablemente, así estamos. Desde que tengo alguna conciencia estamos cada vez peor en todos los órdenes: en la educación, en lo cultural, en la distribución de la riqueza, en el cine o donde sea. Veremos qué pasa.


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