Hubo un tiempo –no tan lejano– en el que Hollywood parecía haber encontrado la fórmula perfecta para reconciliar industria, espectáculo y mitología popular. El cine de superhéroes, con Marvel como estandarte, funcionó como un gran relato compartido: una saga por entregas que prometía continuidad emocional, progresión narrativa y un horizonte épico siempre un poco más allá. Hoy, esa promesa cruje. No por falta de dinero, ni de estrellas, ni siquiera de talento, sino por agotamiento.
La crisis que atraviesa Hollywood no es solo económica ni estrictamente creativa: es una crisis de sentido. Durante más de una década, el universo cinematográfico de Marvel se construyó como una maquinaria de expectativas. Cada película era un capítulo; cada escena poscréditos, un anzuelo; cada estreno, un evento. Funcionó porque el público aceptó el pacto: mirar todo para entender algo más grande. Pero ese pacto se volvió una carga. Ver dejó de ser placer y empezó a parecerse a una obligación.
El regreso de Robert Downey Jr., ahora como Doctor Doom, es sintomático. Hollywood ya no apuesta a lo nuevo, apuesta a la memoria. No se trata solo de traer de vuelta a una estrella, sino de invocar un tiempo en el que el sistema todavía parecía funcionar. El problema es que la nostalgia no reconstruye mística: apenas la cita. Y la repetición, incluso con actores brillantes, no revive una emoción que dependía de la sorpresa.
Parte del desgaste tiene que ver con una confusión de públicos. El fan de historietas está acostumbrado a las variantes: reboots, universos alternativos, versiones gráficas múltiples de un mismo personaje. La historieta vive de la reescritura permanente. El cinéfilo, en cambio, no funciona igual. El cine construye vínculo a través de la experiencia, no de la acumulación. Ver una película no es lo mismo que seguir una saga infinita. Cuando todo es episodio, nada termina de ser acontecimiento.
Hollywood creyó que podía transformar al espectador de cine en un fan serializado, pero subestimó el cansancio. El crecimiento del público fan no es lineal ni eterno. Incluso el fan más comprometido se fatiga cuando siente que debe “ponerse al día” para disfrutar. La saturación de estrenos, series, spin-offs y cruces narrativos convirtió la devoción en trabajo. Y cuando mirar exige esfuerzo, algo se rompe. A esto se suma la lógica del streaming, que aceleró los tiempos y multiplicó la demanda de contenido. Las franquicias dejaron de respirar. No hubo pausa, ni distancia, ni espera. Todo debía producirse ya, sostener plataformas, justificar presupuestos. El resultado fue una inflación de relatos que, paradójicamente, achicaron el impacto de cada uno. Más no fue mejor: fue más ruido.
Tal vez los superhéroes no estén “muertos”, pero sí agotados como centro absoluto del cine industrial. Su mística perteneció a un momento específico: uno donde el mundo parecía todavía ordenable en términos de bien y mal, donde la épica ofrecía consuelo y continuidad. Hoy, ese esquema resulta más difícil de sostener. El presente es fragmentario, incierto, desconfiado de los grandes relatos. Y el cine, como siempre, acusa recibo.
Hollywood enfrenta ahora una pregunta incómoda: ¿cómo volver a generar deseo sin repetir fórmulas? La respuesta no está en rescatar íconos ni en pagar cifras obscenas para simular grandeza. Está, quizá, en aceptar el final de un ciclo. En entender que no todo universo debe ser expandido hasta el agotamiento. A veces, la mejor decisión creativa es cerrar, callar, dejar que algo termine.
El problema no es que Avengers: Doomsday no pueda “salvar” al MCU. El problema es creer que todavía necesita ser salvado, cuando tal vez lo que necesita es descanso. Porque el cine, incluso el más espectacular, vive de algo frágil: la capacidad de sorprender. Y eso no se fabrica en serie.
*Autor y curador de cine.