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MADO

“Recuperar es un acto de resistencia”

La Semana del Cine Recuperado vuelve a Buenos Aires y afirma al archivo como práctica política y cultural viva.

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Trabajo. El equipo de MADO piensa el cine recuperado como una práctica política, material y afectiva contra el olvido. | GZA. MADO

La Semana del Cine Recuperado MADO llega a su segunda edición consolidada como algo más que un evento: es una práctica cultural sostenida, una forma de intervenir sobre la memoria audiovisual desde el presente. Del 14 al 20 de enero de 2026, el Museo del Cine Pablo Ducrós Hicken y el Malba vuelven a articular una programación que pone en circulación películas, autores y archivos históricamente relegados, no para canonizarlos sino para devolverles su potencia como experiencia viva. En un contexto marcado por la precariedad del patrimonio fílmico y la ilusión de acceso total que propone el streaming, MADO insiste en la sala, en el encuentro y en la materialidad de las imágenes. Copias dañadas, formatos diversos y obras fuera del relato dominante conviven como parte de una misma idea: el cine recuperado no es un objeto cerrado, sino un proceso en disputa. En esta edición, el crecimiento en sedes, películas e invitados internacionales refuerza una convicción central: recuperar es también discutir, ampliar el mapa y asumir que toda proyección es una toma de posición. Leandro Listorti, director de cine, parte del Museo del Cine y uno de los responsables de MADO, reflexiona sobre el sentido del cine recuperado, las decisiones políticas que atraviesan la preservación y el lugar del archivo en el presente audiovisual: “Después de la primera edición en 2025 y lo que se puede considerar como un éxito de asistencia y de prensa una segunda edición era inevitable. Uno de los objetivos principales de esta Semana de Cine Recuperado es hacer acercar un cine que es difícil de ver, inaccesible o desconocido, y eso se mantiene como eje central. Uno de los cambios con respecto a la primera edición tenía que ver hasta donde ampliar y crecer, ya que se trata de una tarea enorme con mucho por hacer. Este año crecimos en cantidad de películas, sedes e invitados internacionales: nos visitan Peter Bagrov (curador del Departamento de Imagen en Movimiento del George Eastman Museum y presidente de la Federación Internacional de Archivos Fílmicos), desde Brasil los realizadores Francisco C Martins, Tereza Trautmam, Marcelo Morales (de la Cinemateca Nacional de Chile), Jaime Córdova (director del Festival de Cine Recobrado de Valparaíso), María José Santacreu y Lorena Pérez (de la Cinemateca Uruguaya) y Leonardo Bomfin (de Cinemateca Capitolio en Brasil). También tendremos a muchos de los directores presentando sus películas como Leandro Katz, Enrique Bellande, Victor Gonzalez, entre otros”.

—¿Qué entiende hoy MADO por “cine recuperado”: una tarea técnica, una decisión política o una forma de reescribir la historia del cine?

—Entendemos como “cine recuperado” una intersección de esas tres dimensiones. El término fue muy debatido: no queríamos que aludiera solo a un proceso técnico de laboratorio, sino también a la acción de rescatar películas del olvido o, literalmente, de espacios muertos.

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Nuestra posición es, ante todo, política. En un contexto donde el patrimonio audiovisual argentino vive en un estado crítico desde hace décadas y la ausencia de una Cinemateca Nacional en funcionamiento sigue siendo un tema en discusión, ‘recuperar’ es un acto de resistencia. En nuestras proyecciones siempre aspiramos a una calidad de imagen superlativa, pero la realidad es que pocas veces eso es posible; y entonces lo político radica en proyectar lo que sobrevivió, aunque esté dañado, para denunciar su fragilidad. En esta edición como en la anterior, estaremos proyectando en 35mm, en 16mm y en digital. En cuanto a reescribir la historia, más que un objetivo grandilocuente, es una consecuencia natural del trabajo que hacemos.

Volver a circular

J.M.D.

—Muchas de estas películas estuvieron décadas fuera de circulación. ¿Quién decide qué se pierde y qué se conserva en la memoria audiovisual?

—Las decisiones sobre qué se conserva son fundamentales, aunque rara vez se les dé la importancia que merecen. Nadie decide explícitamente qué ‘debe perderse’, pero la negligencia, la falta de presupuesto y la ausencia de políticas públicas actúan como una selección invisible. Cuando no hay recursos ni formación técnica, el patrimonio –desde películas familiares y registros amateur hasta grandes documentales– se termina perdiendo por simple abandono. En ese sentido, la omisión es una decisión política: lo que no se cuida activamente, está condenado a desaparecer.

—¿Cómo se equilibra la restauración de una obra con el respeto por sus materiales y su contexto original?

—Restaurar implica mejorar la legibilidad de una obra sin traicionar su esencia. Es una cuestión de ética. Sin embargo, en nuestro contexto, la restauración ‘ideal’ suele ser imposible: a veces no existen los negativos originales, no contamos con laboratorios analógicos activos o faltan las políticas de Estado que financien procesos de alto costo. Ante este panorama, en MADO optamos por la honestidad material. En lugar de esperar una restauración perfecta que quizás nunca llegue, decidimos proyectar la mejor versión existente. Nuestra premisa es: ‘Esto es lo que sobrevivió y queremos compartirlo con ustedes, asumiendo sus marcas como parte de su historia’. En nuestra programación conviven materiales en distintos estados: desde restauraciones internacionales presentadas en Cannes, hasta trabajos digitales hechos con enorme esfuerzo por el Museo del Cine o la proyección de la única copia conocida en 35mm de Treinta segundos de amor, que nos permite ver a una Mirtha Legrand.