Había casi perdido la posibilidad de ser terminada, pero la competencia internacional norteamericana de Sundance 2025 estimuló a destrabar el angustiante proceso de postproducción. Ahora, el 15 de enero, se estrena en cines argentinos La virgen de la tosquera. Con dirección de Laura Casabé, el guión de Benjamín Naishtat fusiona dos cuentos de la prestigiosa y premiada Mariana Enriquez: “El carrito” y “La virgen de la tosquera”. “Trabajar con cuentos de Enriquez es un privilegio: son una joya, un material soñado para una directora. Junto al guión, despliegan un universo profundo con imágenes, sensaciones, sonidos. Yo pensaba: “Si esto no me sale bien, soy una hija de puta”, bromea Casabé sobre sí misma.
Las acciones ocurren en el Conurbano Bonaerense en la crisis del 2001. En ese tiempo y espacio, un grupo de mujeres adolescentes lidian con la explosión de su deseo sexual. La protagonista, Natalia, es la joven actriz argentina Dolores Oliverio; tiene dos amigas: Mariela (Candela Flores) y Josefina (Isabel Bracamonte). Silvia, interpretada por Fernanda Echevarría, es una figura más adulta, fuertemente seductora. Aparecen ceremonias mágicas y personajes oscuros, que van construyendo un ambiente sobrecogedor, en un género que se acerca al terror, aunque inclasificable.
—¿Qué temáticas, atmósferas, búsquedas recorren la película?
Benjamín Naishtat: El tema es la adolescencia, pero no en abstracto, sino la adolescencia en la Argentina de clase media baja, en una época donde no se ven horizontes. En la película es el 2001, pero podría tranquilamente ser ahora. Ese vislumbrar el mundo adulto como un lugar a donde no te espera nadie ni nada es el horror verdadero que asedia al personaje de Natalia, y tal vez a su generación.
Laura Casabé: La película está atravesada por varios temas. Ese momento de la vida de encontrarse con sensaciones absolutamente nuevas y el propio cuerpo, ese paso iniciático hacia la adultez para mí es terrorífico. También está la descomposición social, un cotidiano de angustia, desamparo y violencia naturalizada. La vida te está pidiendo que comiences la adultez, mientras tu país te está diciendo que tu futuro está cancelado. Los cuentos me transmitieron la sensación de que, en la Argentina, estamos como malditos: cada 10 años, crisis muy profundas desbarajustan todo. Eso genera una forma de terror muy particular: la incertidumbre. En nuestra estructura emocional y psicológica, se graba el miedo a perderlo todo. Eso es visto desde la mirada de una chica muy deseante, que no sabe cómo encuadrar su deseo.
—¿Qué importancia tiene la virginidad en el film?
B.N: Los personajes viven traumáticamente su virginidad y su despertar sexual, que es un quiebre en la vida de cualquier persona. Es un hito incómodo del que rara vez se habla. Y de lo que poco se habla nos fascina ver en las películas.
L.C: Es muy complejo ser mujer en ese momento de la vida y, sobre todo, diez años atrás. Es muy difícil entender el deseo a los 19 años, con nuestro cuerpo efervescente. Las chicas [del film] son conscientes de qué necesitan y quieren coger. Estamos más acostumbrados a ver, en películas, el debut sexual de varones. El de mujeres está contado como algo romántico y en función del hombre. Yo quería que el deseo estuviera bien en función de la mujer: nosotras queremos coger porque queremos coger. Se nos dice que tenemos que encontrar al príncipe y se genera mucho miedo sobre el dolor y la sangre en la primera vez. El personaje de Natalia tiene muy en claro que quiere debutar.
—¿Cómo es la crisis social que aparece en la película? ¿Puede dialogar con nuestro presente?
B. N: Yo traspuse los cuentos al 2001 porque es la mishiadura que mejor conocí: fue brutal y diezmó proyectos de vida muy cercanos, eyectó gente a mi alrededor fuera del país, generó una calle peligrosa, imprevisible, como la que se ve en la película. El presente tiene signos en común, y sin embargo parece tanto más oscuro. Es difícil imaginar el género terror en el tiempo mileísta, porque el sentido común corriente es el horror mismo. Nada parece muy disruptivo: gobiernan monstruos, brujas, perversos confesos. Se impone volver al terror americano de los 70, a La masacre de Texas. Estamos ahí, ahora.
—¿Cómo fue la búsqueda de intérpretes que permitieran construir personajes muy jóvenes, apenas saliendo de la adolescencia? ¿Y cómo fue la incorporación de Dady Brieva?
L.C: La película sucede en Ituzaingó, Conurbano. Quería que fueran chicos de la edad de los personajes y que remitieran al cordón que rodea a Capital Federal, que se hubieran tomado un tren. Hicimos un casting abierto durante dos meses, en escuelas de teatro de Mendoza, porque ahí filmamos. Salvo los protagonistas, el resto son mendocinos. La incorporación de Dady fue fortuita y al final. No aparecía el Gerardo que me interesaba: que tuviese mucha candidez a pesar de ser una persona espantosa. Nos tiramos el lance, le escribimos y muy rápidamente aceptó. Cuando nos dijeron su cachet, como no le podíamos pagar, le dijimos “No, muchas gracias”. Y finalmente tuvo el gesto amoroso de cobrar el mínimo de actores, como para un bolo, porque le encantó el proyecto y se subió.
—¿Cómo fueron las dificultades que enfrentó el proceso hasta el estreno?
B.N: Esta película llegó a buen puerto por el trabajo dedicado y la prepotencia de trabajo de sus productores, de Laura y su equipo, y de las inversiones internacionales y de la provincia de Mendoza. Ya tenía asignados recursos del Incaa previamente a la actual gestión y aun apenas si logró terminarse. Actualmente el panorama es desolador. La gestión de un contador inexperimentado, sumamente prepotente y atolondrado, ha diezmado la industria audiovisual argentina, una de las más pujantes en América Latina y reconocida en el mundo.
L.C: Esta película perteneció a periodos anteriores a esta gestión. Hoy hay mucha gente sin trabajo y sin saber cómo hacer su película: es durísimo. La nuestra, la habíamos armado con las coproducciones. Pero a mitad de 2023, cuando la inflación se profundizó, los valores (rentals, alquileres, personas) subieron y se desfinanció por completo lo que había conseguido cuatro años atrás. Retomando la maldición de las crisis, veía cómo todo de repente se caía a pedazos. Nunca tuve una sensación de pánico tan grande mientras hacia una peli. No tiene una historia tipo El exorcista, pero se refiere a la crisis como una maldición. Sentíamos que nos estaba pasando lo mismo que a los personajes, que nosotros también estábamos malditos, en ese desamparo de perderlo todo. Las coproducciones nos ayudaron a conseguir la plata. Cuando quedamos en Sundance, no habíamos terminado la postproducción: estábamos en el límite. Pero estar en un festival te hace que la termines. Y Sundance te pone la vara muy alta.
—¿Cómo es el terror de la película? ¿Cómo impacta el calor en esa configuración?
L.C: Lo sobrenatural nos rodea todo el tiempo y está presente. La película camina por una cornisa muy finita. Podríamos haberla llevado a un lugar de terror más clásico. Pero en Sundance dijeron que lo más atractivo era el tono, una cualidad inclasificable. Presentamos, a un público norteamericano muy exigente, una forma de terror muy específica, terror argentino.
B.N: El calor viene del cuento y lo respetamos, con mérito de la gran puesta en escena de Laura y la excelente fotografía de Diego Tenorio. Se respira esa sensación apesadumbrada y a la vez sensual. Es una película sensorial, musical, fantasmal.