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Reservas, desinflación y empleo: el costo de la estabilidad

Reservas, desinflación y empleo: el costo de la estabilidad
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Durante el primer bimestre de 2026, la política económica mostró avances relevantes en el frente financiero en Argentina. El tipo de cambio mayorista se mantuvo estable —aunque de manera transitoria— por debajo de las proyecciones iniciales del mercado, mientras que el esquema de bandas cambiarias permitió una acumulación sostenida de reservas brutas, alcanzando niveles máximos de los últimos cinco años. A su vez, el riesgo país evidenció una mejora relativa, aun con episodios de volatilidad, reflejando un mayor ordenamiento financiero de corto plazo.

Sin embargo, esta estabilización convive con un escenario macroeconómico restrictivo. Las tasas de interés nominales detuvieron su descenso, el crédito productivo continúa limitado y el calendario de vencimientos externos sigue siendo exigente. El desafío central consiste en sostener la desinflación sin comprometer el stock de reservas ni profundizar el deterioro de la economía real.

Reservas, desinflación y empleo: el costo de la estabilidad

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Uno de los ejes clave para comprender el escenario actual es la rigidez de precios. Aun con un dólar estable o en baja, no se observa una reducción generalizada de precios debido al comportamiento asimétrico del pass-through cambiario. En economías con alta inercia inflacionaria, los precios reaccionan con rapidez ante subas del tipo de cambio, pero casi nunca ajustan a la baja cuando el dólar se estabiliza. De este modo, la estabilidad cambiaria contribuye a desacelerar la inflación, pero no genera deflación.

En paralelo, la economía enfrenta una marcada contracción de la demanda. La caída del consumo y de la actividad no se traduce en precios más bajos, sino en un ajuste por cantidades. Los ingresos de las empresas disminuyen por menor volumen de ventas, mientras que los costos —salarios, impuestos, tarifas y logística— permanecen rígidos o continúan en aumento. El resultado es una compresión sostenida de los márgenes de utilidad.

En este contexto, el empleo se convierte en la variable de ajuste. Primero se reducen horas trabajadas y contratos temporales; luego, con rezago, se ve afectado el empleo formal, especialmente en sectores vinculados al consumo interno y la industria. La caída del empleo no es la causa del problema, sino su consecuencia directa.

La acumulación de reservas, por su parte, plantea un interrogante central sobre su calidad. En ausencia de un ingreso genuino significativo de divisas por exportaciones o inversión directa, parte del aumento del stock responde a endeudamiento, refinanciaciones y a una contracción de importaciones asociada a la recesión. Esto mejora la liquidez de corto plazo, pero abre desafíos de sostenibilidad a mediano plazo.

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