INTERNACIONAL
Medio Oriente

Israel y la frontera invisible entre defensa y ambición

La ofensiva israelí ya no se explica solo como defensa. Con un costo humano creciente y dudas en la escena internacional, la guerra empieza a poner en juego su legitimidad.

Atacan el consulado Israelí en Turquía
Atacan el consulado Israelí en Turquía | afp

Hay guerras que se explican solas. Y hay guerras que, cuanto más se explican, más difíciles se vuelven de comprender.

La ofensiva israelí en 2026 entró en esa segunda categoría. Ya no alcanza con repetir la palabra “seguridad” como un escudo moral automático. El conflicto se está desplazando hacia un terreno más complejo, más áspero, que es el de la sospecha. Por eso nos repreguntamos si estamos frente a una guerra de defensa territorial… o ante un proceso sostenido de expansión donde el costo humano se vuelve secundario, prescindible, incluso descartable.

GUERRA ENTRE LÍBANO, ISRAEL, IRÁN Y ESTADOS UNIDOS 09042026

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La diferencia no es semántica. Es estructural. Y, sobre todo, política.
Durante décadas, Israel sostuvo una misma narrativa: la de un Estado rodeado de amenazas, obligado a defender su territorio y su existencia. Ese argumento no desapareció. Hoy convive con otro, cada vez más notable y explícito incluso dentro del propio gobierno israelí: ya no se trata solo de defenderse, sino también de consolidar un control territorial permanente.

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Las operaciones en Gaza, la consolidación de asentamientos en Cisjordania y el avance sobre el sur del Líbano hasta el río Litani ya no parecen responder únicamente a una lógica de contención. Sugieren la intención de redibujar el mapa. No como reacción, sino como un proyecto estudiado, planificado y premeditado que conlleva un altísimo costo.

Un costo que no es abstracto: es humano. Visible. Devastador.
La masacre descontrolada de civiles, la destrucción sistemática de infraestructuras básicas y el desplazamiento forzado de poblaciones enteras dejan de ser “daños colaterales” para transformarse en un elemento central del conflicto. Cuando la muerte se vuelve estadística y la destrucción una metodología, la guerra deja de ser solo una operación militar y expone una degradación moral que desborda cualquier justificación estratégica.

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Esa percepción ya no es solo una crítica aislada o ideológica. En el corazón mismo de la diplomacia internacional ya inquieta.

La alta representante de Exteriores de la Unión Europea, Kaja Kallas, responsable de Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, vicepresidenta de la Comisión Europea y ex primera ministra de Estonia, fue contundente al advertir que los ataques “desmesurados” de Israel contra el Líbano no solo causaron cientos de muertos, sino que ponen en riesgo el frágil equilibrio regional. Señaló, además, que estas acciones dificultan sostener el argumento de la legítima defensa y pidió que la tregua alcanzada entre Estados Unidos e Irán se extienda también al frente libanés.

No es un detalle menor. Es un síntoma.

Cuando los aliados estratégicos comienzan a cuestionar la legitimidad de una ofensiva, la discusión deja de ser táctica y pasa a ser estructural.

En ese contexto, la devastación ya no puede leerse únicamente como una estrategia militar. Empieza a percibirse como parte de una doctrina: ocupar, vaciar y controlar. Expandir fronteras de facto bajo la lógica de “zonas de amortiguación”, donde la población original pierde lugar, presencia y futuro.

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Toda guerra necesita legitimidad. Y la legitimidad no es eterna.
Estados Unidos empieza a moverse con cautela. Bajo la conducción de Donald Trump, sigue siendo un sostén clave tanto militar, como financiero y diplomático, para Israel. Pero el vínculo ya no es automático. El temor en Washington ya no es solo estratégico: es político. Nadie quiere quedar atrapado en una guerra que deje de ser defensiva para convertirse en expansiva… y mucho menos en una guerra asociada a una tragedia humanitaria de gran escala, como esta comenzando a suceder, y ese es el punto de quiebre.

GUERRA ENTRE LÍBANO, ISRAEL, IRÁN Y ESTADOS UNIDOS 09042026

Lo que antes era solidaridad puede volverse incomodidad. Y lo que era incuestionable empieza a discutirse en voz baja.

¿Cuánto podrá Israel aguantar sin perder el respaldo que necesita para sostener ese avance, tanto de Estados Unidos como del resto del mundo?

David Ben-Gurion entendía que la construcción del Estado era un proceso, no un punto final. Pero incluso en esa lógica había un límite implícito: cada paso debía fortalecer el proyecto, no poner en riesgo su legitimidad.

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Hay una línea invisible entre la defensa y la ambición. Y cuando esa línea se cruza, el costo no es solo territorial o humano. Es moral y geopolítico.

El apoyo internacional no se pierde de un día para el otro. Se erosiona. Se condiciona.

Porque en las guerras, como en la política, no solo importa tener razón. Importa no perderla en el camino.