INTERNACIONAL
Doctrina Borrell

Una política exterior europea en tiempos de Covid-19

El Alto Representante de la UE propone reparar la relación con EE.UU. y cooperar y competir con China.

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Josep Borrell. | AFP

Para la Unión Europea y su política exterior, el impacto de la crisis del COVID-19 dependerá fundamentalmente de las decisiones que tomemos en los próximos meses.

Estamos viviendo una grave crisis del multilateralismo. El G7 y el G20 están prácticamente ausentes; el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas está paralizado y varias organizaciones, como la Organización Mundial del Comercio o la Organización Mundial de la Salud, se han  transformado en terrenos de confrontación entre países. 

Por primera vez desde principios del siglo XX, estamos atravesando una crisis en la cual los Estados Unidos no han jugado, al menos hasta ahora, un papel protagonista. Mientras tanto, China se impone cada vez más en la escena mundial. Y observamos cómo, regímenes autoritarios, van afianzándose en muchos lugares.

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Igualmente, la crisis actual da pie a crecientes divergencias entre los países. No todos tienen la misma capacidad para hacer frente a los desafíos que plantea la pandemia y está provocando un retroceso en términos de pobreza y desigualdad.

La combinación de estos factores plantea una situación muy compleja para la Unión Europea. La elección de Joe Biden en  Estados Unidos abre ciertamente mejores perspectivas para el multilateralismo y la defensa de nuestros valores democráticos a escala mundial, pero no debemos esperar milagros.

Para hacer más efectiva nuestra política exterior, he insistido en varias ocasiones, desde el principio de mi mandato, sobre el hecho de que la Unión debe “aprender a hablar el lenguaje del poder”. Sin embargo, a menudo me responden que la UE está demasiado dividida para lograr ese objetivo.

Llevo trabajando en política europea desde hace muchos años y, por supuesto, soy plenamente consciente de lo diferente que es la Europa de hoy, compuesta de los 27 países, de la de los 12. Sin lugar a dudas, las divisiones internas han aumentado  desde la ampliación el este. Sin embargo, esta no es la única razón. La “fractura” que observamos, por ejemplo, en materia de migración no es puramente Oeste-Este, y la “fractura” Norte-Sur entre países deudores y acreedores  afecta principalmente a los países que ya eran miembros de la Unión antes de la ampliación.

Debido a nuestra diversidad, los europeos, del Norte y del Sur, del Este y del Oeste, a menudo no tenemos la misma comprensión del mundo. Permítanme dar un ejemplo personal para ilustrarlo. Mis amigos polacos suelen decir que deben su libertad al Papa Juan Pablo II y a los Estados Unidos de Ronald Reagan que ganaron la Guerra Fría. Y tienen razón. Sin embargo, también creo, como muchos españoles, que le debemos a los Estados Unidos y al Papa el haber sufrido 40 años de dictadura franquista. Franco sólo pudo permanecer en el poder durante tanto tiempo porque tuvo, desde el principio, el apoyo de la Iglesia Católica y, posteriormente, de los Estados Unidos en el contexto de la Guerra Fría.

Si somos capaces de centrarnos en lo que nos une, estas diferencias nos fortalecen. Sin embargo, plantean serias dificultades en materia de política exterior. Lo vimos recientemente con respecto a las sanciones tras las elecciones presidenciales amañadas en Bielorrusia. Tardamos casi dos meses en ponernos de acuerdo y perdimos credibilidad. .

Ciertamente no es la primera vez que debemos hacer frente a este obstáculo.. Desde la desintegración de Yugoslavia hasta el proceso de paz en el Medio Oriente, pasando por la guerra contra Iraq en 2003, la independencia de Kosovo o el conflicto libio y las acciones de Turquía en el Mediterráneo, nuestras divisiones internas han ralentizado el proceso de adopción de decisiones de la UE, o le han quitado substancia a estas últimas.

¿Qué hacer? La principal respuesta reside en la creación de una cultura estratégica común: cuanto más nos pongamos de acuerdo los europeos sobre cómo vemos el mundo y los problemas, más sencillo será ponernos de acuerdo sobre qué hacer al respecto. Esto es lo que queremos hacer con los países europeos a través del denominado “Strategic Compass”, es decir el rumbo estratégico para la Unión. Pero se trata de un ejercicio a largo plazo. Mientras tanto, debemos ser capaces de tomar decisiones en tiempo real sobre cuestiones difíciles.

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La política exterior y de seguridad sigue siendo competencia exclusiva de los estados miembros de la UE y las decisiones en esta materia deben adoptarse por unanimidad, teniendo cada país derecho de veto. Pero muchas de estas decisiones son binarias: si se reconoce, o no, a un gobierno, si se lanza, o no, una operación de gestión de crisis. Esto conduce a menudo a bloqueos y parálisis en la toma de decisión.

El contraste es flagrante con otras numerosas áreas, desde el mercado único hasta la lucha contra el cambio climático, pasando por los temas migratorios, donde la UE puede tomar decisiones por mayoría cualificada (55% de los Estados miembros y 65% de la población). Cabe señalar que en estos temas clave, intereses nacionales chocan a menudo tanto como en política exterior.

Sin embargo, en los ámbitos en los que la UE puede decidir por mayoría cualificada, hace muy poco uso de este método de toma de decisiones. ¿Por qué? Porque siempre preferimos buscar compromisos a los que todos podamos adherir. Pero para lograr este resultado, todos los Estados deben aceptar invertir en la unidad. La mera amenaza de la votación por mayoría cualificada les anima a hacerlo.

Desde el principio de mi mandato, he sostenido que si en política exterior queremos evitar la parálisis, debemos considerar la posibilidad de adoptar ciertas decisiones sin exigir la plena unanimidad de los 27. Por ejemplo, el pasado mes de febrero, cuando el lanzamiento de la Operación Irini para controlar el embargo de armas con destino a Libia estaba bloqueado, planteé la cuestión sobre si era razonable que un país miembro pudiera impedir que los otros 26 siguieran adelante, teniendo en cuenta que, en cualquier caso, dicho país no participaría en la operación.

No se trata, por supuesto, de someter todas las decisiones de política exterior a una votación por mayoría cualificada. Pero podríamos utilizarlo en ámbitos en los que nos hemos visto bloqueados en el pasado – a veces por razones totalmente ajenas a la cuestión -, así como sobre temas de derechos humanos o imposición de sanciones. En su último discurso sobre el estado de la Unión, Ursula Von Der Leyen, presidenta de la Comisión, había retomado esta propuesta, pero el Presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, había expresado su desacuerdo.

Ciertamente existen otras posibilidades. A veces es preferible, y ya ha ocurrido, hacer pública una posición sustancial apoyada por 25 Estados miembros, en lugar de tener que esperar antes de emitir una declaración firmada por 27 reducida al mínimo denominador común.

Tal como lo prevé el Tratado, podemos también recurrir a la “abstención constructiva”: un país no apoya una posición sin por ello impedir que la Unión avance.  Así es como, por ejemplo, había sido lanzada la misión EULEX en Kosovo en 2008.

Espero que en los próximos meses podamos debatir las maneras de facilitar la toma de decisiones en materia de política exterior, en particular en el marco de la Conferencia sobre el futuro de Europa. Es urgente, efectivamente, que la UE aumente su capacidad de actuar en un mundo cada vez más peligroso.

Podemos hacer retroceder el euroescepticismo

Igualmente, hemos observado un aumento del euroescepticismo en muchos Estados Miembros en los últimos años. A menudo es difícil para “nosotros” – los académicos, los responsables políticos, etc., – hacer lo que hacen los populistas: simplificar los hechos y apelar exclusivamente a las  las emociones. Siempre tendrá más tirón un “America First” que hacer un llamamiento a la defensa de un orden internacional basado en reglas.

Las actividades diarias de la Comisión Europea y nuestro complejo entramado institucional son, en efecto, difíciles de traducir en emociones. Pero nosotros, europeos, podemos estar orgullosos del trabajo que hemos hecho y de lo conseguido. Hemos construido un sistema que conjuga paz duradera, libertad política y cohesión social como en ninguna otra parte del mundo.

Sin embargo, existen también razones más objetivas de este incremento del euroescepticismo. Después de las crisis de 2001 y 2008, nos hizo falta mucho tiempo antes de mostrar suficiente solidaridad para enderezar la situación. Tanto es así que estas crisis, que tenían su origen en las disfunciones de las finanzas estadounidenses, tuvieron en última instancia consecuencias más duraderas en Europa que en los Estados Unidos.

Europa ha también tardado antes de decidirse a actuar para controlar los abusos relacionados con el desplazamiento de trabajadores o para limitar la excesiva competencia fiscal entre países europeos. Sin embargo, la Unión está ahora decidida a poner fin a estas asimetrías, tanto en el ámbito social como en el fiscal.

Como lo hemos visto en la pandemia de la COVID-19, tampoco hemos podido por el momento limitar la desindustrialización que aumenta nuestra vulnerabilidades en muchos sectores. Y no hemos sido capaces de hacer de Europa una potencia mundial en el ámbito de la economía digital, que es esencial para el futuro.

Sin embargo, ahora se reconoce la importancia de una política industrial más solida, y ya hemos tomado medidas sustanciales para proteger mejor nuestras empresas y reequilibrar nuestras relaciones comerciales con nuestros socios externos. Nuestro deseo de desarrollar la “autonomía estratégica” de la Unión Europea tiene, en efecto, una fuerte dimensión económica.

La crisis actual ha demostrado finalmente que hemos aprendido las lecciones del pasado: los Estados miembros, la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Consejo Europeo han reaccionado a la crisis provocada por la pandemia con rapidez y fuerza. Hemos hecho que la Eurozona sea más resistente, aunque todavía tenemos que reforzar el papel internacional de nuestra moneda común.

Gracias a nuestros sistemas sociales, los más desarrollados del mundo, ha sido posible cubrir al conjunto de la población europea en términos de salud, salvaguardando al mismo tiempo los ingresos y el empleo de los europeos mejor que en otros lugares.

Sin embargo, la crisis sanitaria y económica ha afectado a los países de la Unión de manera muy diferenciada. Muchos de los países más afectados también estuvieron entre los que más sufrieron durante la crisis de 2008, limitando así su capacidad de responder a la crisis de la COVID-19. Por lo tanto, esta crisis iba probablemente a agravar aún más las diferencias dentro de la UE.

Por eso era esencial apoyar a estos países. Esto es lo que la Comisión propuso con la iniciativa “Next Generation EU”,aprobada por el Consejo Europeo el pasado mes de julio. Este paquete de medidas rompe importantes tabúes al permitir que la Unión emita una deuda común y realice importantes transferencias financieras a los países más afectados, en forma no sólo de préstamos sino también de subvenciones directas.

Si bien esta Europa tan diversa sigue siendo compleja, sobre todo en lo que respecta a la política exterior, se están por lo tanto haciendo progresos. En un mundo que se enfrenta a desafíos como el cambio climático y que está dominado por potencias como China, India o los Estados Unidos, los europeos somos, estoy convencido, cada vez más conscientes de que sólo podremos sobrevivir si aunamos esfuerzos. La pandemia de COVID-19 ha reforzado la idea de que necesitamos mayor integración europea.

Por todas estas razones, soy bastante optimista sobre nuestra capacidad de superar el euroescepticismo. Este fortalecimiento de nuestra cohesión interna es indispensable para el fortalecimiento de nuestra acción exterior.

Un nuevo comienzo con los Estados Unidos

Los resultados de la elección presidencial estadounidense son otra razón para mostrar un optimismo cauteloso. Las relaciones entre la Unión y la nueva administración estadounidense serán evidentemente cruciales para el futuro de la política exterior europea. Después de cuatro años difíciles, es hora de empezar de nuevo.

Esto no significa que siempre estaremos de acuerdo. No era el caso antes de Donald Trump, y no será el caso bajo Joe Biden. Hay razones fundamentales –demográficas, económicas y políticas– por las que las trayectorias históricas de los Estados Unidos y Europa divergen. Pero nos une una asociación duradera con los Estados Unidos, basada en valores compartidos y décadas de experiencia de trabajo en común. Y tendremos en los próximos cuatro años a un presidente estadounidense que cree en la asociación con los aliados democráticos. Europa tiene la intención de sacar el máximo provecho de esto: no nos acercamos a la presidencia Biden sólo con exigencias, sino también con propuestas.

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Tenemos mucho que reparar, pero aún más por construir juntos. En mi calidad de Alto Representante, presenté con la Comisión Europea, hace apenas una semana (diciembre de 2020), una “nueva agenda transatlántica para un cambio mundial” que abarca varios ámbitos. A continuación menciono  tres de ellos, relacionados con la política exterior y de seguridad.

Los Estados Unidos siguen siendo indispensables para la seguridad europea. Al mismo tiempo, nosotros, europeos, debemos darle más importancia a nuestra propia seguridad. Por eso queremos reforzar nuestra defensa asumiendo una mayor parte de la “carga” y aumentar nuestras capacidades operacionales, en particular alrededor de nuestras fronteras.

Es una pérdida de tiempo debatir en términos abstractos si debemos optar por un enfoque de “autonomía europea” o de “asociación transatlántica”». Son dos caras de la misma moneda: una Europa  autónoma desde un ángulo estratégico es un mejor aliado para los Estados Unidos.

En lo que respecta a la seguridad europea, tendremos que trabajar juntos, en particular, para integrar la totalidad de los Balcanes occidentales en las estructuras euroatlánticas, apoyar la soberanía y las reformas en Ucrania, desarrollar un enfoque robusto y coherente hacia Rusia e impedir que Turquía permanezca “a la deriva”.

También he dedicado muchos esfuerzos, como coordinador, para mantener a flote el acuerdo nuclear iraní. Ahora tenemos que hallar, con la administración Biden, la manera de que los Estados Unidos se unan al acuerdo y que Irán lo vuelva a cumplir íntegramente.  Una vez que esto se logre, debemos estar listos para construir sobre ello y abordar otras preocupaciones de seguridad regional. Estoy convencido de que la única solución a largo plazo para la inestabilidad crónica es una solución regional.

Por último y, sobre todo, el ascenso de China y la consiguiente competencia con los Estados Unidos seguirán modelando el panorama mundial. Tendremos que discutir y asumir con los Estados Unidos muchos de los desafíos que esto implica: desde las persistentes asimetrías en materia de acceso al mercado hasta las cuestiones legítimas sobre la tecnología 5G, pasando por los intentos de llegar a acuerdos en instancias  multilaterales y de aunar esfuerzos en materia de derechos humanos.

China como socio, competidor y rival sistémico

Reequilibrar nuestras relaciones con China es fundamental para nuestro futuro. Sin embargo, esto sólo será posible si los países europeos presentan un frente unido y si utilizamos plenamente los instrumentos comunitarios, en particular el poder de nuestro mercado único. De hecho, la unidad es vital en nuestras relaciones con Pekín, porque ningún país europeo es capaz de defender por sí solo sus intereses y valores contra un país del tamaño de China. Sólo así podremos asegurarnos de que Pekín cumpla finalmente su compromiso de avanzar hacia una mayor reciprocidad en sus relaciones con la UE.

Sin embargo, desde el punto de vista económico, somos demasiado interdependientes como para desvincularnos de China, como predicaba la administración Trump. Algunos analistas evocan una nueva Guerra Fría, pero esta analogía es engañosa porque los Estados Unidos, Europa y la Unión Soviética nunca han estado tan vinculados económicamente como lo están hoy con China. Por supuesto, debemos desarrollar nuestra “autonomía estratégica” con respecto a este país en el campo económico, especialmente en el digital, pero si el coronavirus va a cambiar la globalización, no la detendrá.

Xi Jinping

El reequilibrio de las relaciones entre la Unión Europea y China también sigue siendo esencial para abordar y, con el tiempo, resolver los principales problemas mundiales. El ejemplo más obvio es el de la lucha contra el cambio climático. Sólo lograremos limitarlo si, paralelamente a nuestros propios esfuerzos, los principales contaminadores, China, Estados Unidos y la India, siguen nuestro ejemplo y África emprende un camino de desarrollo diferente.

Por lo tanto, la UE desea combinar la cooperación con China, por ejemplo en materia de cambio climático, con una postura más firme en las esferas en las que sea necesario. Este enfoque también deberá combinarse con una presencia más activa de la UE en la región del Indo Pacífico en su sentido más amplio, en colaboración con nuestros socios democráticos en Asia. De hecho, acabamos de establecer una “Asociación Estratégico” con los países que componen la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN, por sus siglas en inglés).

Debatiremos sobres estas cuestiones con la administración Biden, como ya hemos venido haciéndolo  en los últimos meses con el Secretario de Estado Mike Pompeo en el marco del diálogo UE-Estados Unidos sobre China, que se inició en el otoño de 2020.

Europa frente a los nuevos imperios

El surgimiento de regímenes autoritarios es una de las principales amenazas para el futuro de Europa y nuestros valores democráticos. Más allá de sus especificidades, países como Rusia, China y Turquía comparten varias características. Son soberanistas frente al mundo exterior y autoritarios de puertas adentro. Quieren que se reconozcan sus zonas de influencia y están decididos a preservarlas del escrutinio exterior. Quieren, en última instancia, cambiar las reglas del juego global.

Para los demócratas, la soberanía descansa ante todo en la expresión de la voluntad del pueblo, mientras que el soberanismo se centra únicamente en la soberanía de los Estados, que es otra cuestión. Los Estados soberanistas también se oponen cada vez más al respeto de los derechos humanos fundamentales. Tratan de bloquear el apoyo internacional a las sociedades civiles que exigen más libertad, como en Bielorrusia o Hong Kong y Xinjiang.

Moscú cree que tiene el derecho de escrutinio sobre Bielorrusia y quiere evitar que los europeos apoyen las protestas de la sociedad civil contra las elecciones presidenciales amañadas. Sin embargo, este conflicto no es entre Europa y Rusia, sino entre el pueblo de  Bielorrusia y sus líderes.

La acción de Turquía en el Mediterráneo tiene como objetivo que se reconozca a Ankara como un actor importante que no puede ser excluido ni del reparto de los recursos de gas ni de un acuerdo político en Libia. Evidentemente, no es una coincidencia que la primera ceremonia religiosa en Santa Sofía, que se ha convertido de nuevo en mezquita, coincidiera con el aniversario del Tratado de Lausana en 1923, que había marcado la restauración de la soberanía turca después de la humillación del Tratado de Sèvres. Turquía, Rusia y China tienen en común que instrumentalizan la historia para avanzar en sus intereses bajo un prisma imperialista.

No vamos a cambiar la geografía y Turquía seguirá siendo un socio importante para Europa en muchas cuestiones. Por eso, a la vez que defendemos firmemente el derecho internacional y el de nuestros Estados miembros, incluso recurriendo a sanciones si es necesario, queremos salir cuanto antes de una dinámica de enfrentamiento peligrosa con este gran vecino. Pero esta perspectiva sólo tiene sentido si es compartida por Turquía.

En conflictos como el de Nagorno-Karabaj, Libia o Siria, estamos en presencia de una forma de “astanización” (en referencia al formato Astana en Siria) que lleva a la exclusión de Europa de la solución de los conflictos regionales en favor de Rusia y Turquía. Corremos el riesgo de ver que se establezcan bases militares rusas y turcas en Libia, a pocos kilómetros de nuestras costas.

Para salir de esta situación y poder resolver nuestros conflictos de forma pacífica con estos nuevos imperios, sustentados sobre valores que no compartimos, debemos seguir apostando por reforzar nuestras capacidades de defensa comunes. Este es el precio que debemos pagar para crear la Europa geopolítica que la presidenta Von der Leyen y la Comisión Europea han propuesto.

Nuestra responsabilidad hacia los países emergentes y en desarrollo en dificultad

Más allá de nuestro entorno inmediato, Europa también debe contribuir a movilizar a los países más ricos para ayudar a los más pobres a hacer frente a la crisis actual. No se trata sólo de una cuestión de solidaridad, sino también de nuestro propio interés: si los europeos conseguimos superar la crisis, pero el resto del mundo no se recupera, Europa acabará inevitablemente desestabilizándose también.

Nos enfrentamos a la peor recesión desde la Gran Depresión. Los países desarrollados se han visto muy afectados por la pandemia, pero los países en desarrollo y emergentes tienen mucho menos espacio fiscal y un acceso mucho más difícil a la financiación para hacer frente a sus consecuencias.

Se teme que se pierda otro decenio en América Latina, que el despegue de África se detenga repentinamente y que Asia meridional atraviese importantes dificultades económicas y sociales. Por primera desde hace muchos años, se prevé que la pobreza extrema aumente en otros 90 millones de personas en todo el mundo.

América Latina es el epicentro de la pandemia 20200610

La iniciativa de suspensión del servicio de la deuda, puesta en marcha en abril de 2020 por el G-20, ha proporcionado cierto alivio a los países pobres más endeudados. Sin embargo, está claro que no es suficiente. Argentina volvió a incurrir en el impago de su deuda externa en mayo y Zambia el 13 de noviembre, lo que aumentó los riesgos de una espiral de impagos soberanos, en particular en África, que podría dar lugar a una nueva crisis financiera mundial.

A petición en particular de la Unión Europea y sus Estados miembros, el G-20 adoptó medidas adicionales el pasado mes de noviembre. Extendió la suspensión del servicio de la deuda hasta junio de 2021, con la posibilidad de extenderla por otros seis meses. El G-20 y el Club de París también acordaron un nuevo marco común para iniciar el proceso de reestructuración de la deuda.

En los últimos años, China se ha convertido en uno de los principales acreedores de muchos países en desarrollo, en particular de África. Si bien no es miembro del Club de París y no ha sido muy proactivo en el tema de la deuda hasta el momento, ha aceptado los nuevos principios del G-20, lo que significa un paso adelante importante. Ahora contamos con la misma motivación y el mismo nivel de compromiso de todos los socios en esta área.

Pero nos gustaría ir más allá: la UE aboga por ampliar el marco decidido por el G-20 para la deuda de los países pobres a los países de ingresos medios que lo necesiten. También apoyamos una nueva asignación general de derechos especiales de giro (DEG), una moneda internacional emitida por el FMI, para satisfacer las necesidades generadas por la crisis.

Para que la Unión pueda influir en esta cuestión crucial, también debemos actuar más como un verdadero “Equipo de Europa” para explotar conjuntamente los activos de nuestros Estados miembros y de la Unión, como hemos empezado a hacer desde la primavera pasada en respuesta a la pandemia.

Para evitar que la brecha se amplíe como resultado de la crisis actual, también es crucial asegurar que el futuro “verde” e inclusivo para todos, y que todos puedan adaptarse a la era digital. El llamado de la presidenta Von der Leyen a una iniciativa mundial que vincule el alivio de la deuda a las inversiones en esas esferas es esencial a este respecto.

A pesar de nuestras grandes dificultades internas, la forma en que abordemos la cuestión de la ayuda a los países emergentes y en desarrollo que se encuentran en dificultades como consecuencia de la crisis actual tendrá una influencia decisiva en el lugar que ocupa Europa en el mundo y, en particular, en nuestras relaciones con África. Entre China, los Estados Unidos y Europa, los que han sido más proactivos en este ámbito habrán marcado puntos y tendrán ventaja de cara al período posterior a la crisis.

Hacer de la vacuna contra la COVID-19 un bien público mundial

La otra cuestión que debemos abordar si queremos evitar un retroceso y un empeoramiento de las desigualdades mundiales es la de la inmunización contra el COVID-19. Después de varios meses difíciles, finalmente estamos empezando a ver la luz al final del túnel.

Desarrollar una vacuna es una cosa, producirla y distribuirla es otra. Es un desafío para la UE, pero más aún cuando se trata de llegar a las aldeas remotas de Níger, Perú o Kiribati. Por eso necesitamos poner en marcha desde ahora los recursos necesarios para desplegar las vacunas de forma rápida y segura tan pronto como estén disponibles.

Debemos evitar un “nacionalismo de la vacuna”, por el que sólo los países más fuertes y ricos podrían vacunar a sus poblaciones. También debemos evitar la “diplomacia de la vacuna”, que pretendería vincular el acceso a las vacunas a la subordinación política a un país determinado. Desde el comienzo de esta pandemia, la Unión Europea ha optado por el multilateralismo y la cooperación, en lugar del nacionalismo y la competencia.

Queremos que las vacunas contra la COVID-19 sean consideradas como bienes públicos mundiales y se distribuyan sin discriminación, según las necesidades médicas.

Por ello, la UE y sus Estados miembros han movilizado conjuntamente 870 millones de euros para apoyar la iniciativa internacional COVAX, destinada a poner vacunas a disposición de todos los países. Después de esta pandemia, tendremos que reformar la Organización Mundial de la Salud y dotarla de las herramientas y medios para gestionar los retos sanitarios del siglo XXI.

Reconstruir y fortalecer el multilateralismo

Como solemos decir, Europa debe actuar con los demás siempre y cuando se pueda, pero sola cuando sea necesario.. Para ello, sin embargo, debemos lograr revitalizar un multilateralismo que ha sufrido mucho: en los últimos años, Europa se ha sentido a menudo un poco sola llevando el peso del multilateralismo.

A menudo se cuestiona la eficacia del sistema multilateral y sus instituciones. Y a veces, con razón. Desde el cambio climático, pasando por el control de armamentos, la seguridad marítima, los derechos humanos o el comercio, la cooperación mundial se ha debilitado, los acuerdos internacionales se han aparcado y el derecho internacional se ha socavado o se ha aplicado de manera selectiva. La distribución del poder dentro de varias instituciones ya no se corresponde con los cambios que ha experimentado el mundo en los últimos decenios. Es necesario revisar y reformar muchas de las instituciones multilaterales que hemos creado.

¿Significa esto un borrón y cuenta nueva? No lo creo. El multilateralismo de la posguerra ha producido muchos resultados a pesar de sus muchas debilidades. Y reconstruir un nuevo sistema desde cero llevaría demasiado tiempo en un momento de creciente urgencia. Debemos apoyarnos en lo que tenemos para dar el siguiente paso. Ya es hora de que “el multilateralismo vuelva a ser grande”, parafraseando a Donald Trump.

Para ello, le corresponde a Europa movilizar a otras democracias para que podamos defender y promover mejor los derechos humanos fundamentales y los valores democráticos en la escena internacional. Ya sea en Hong Kong, en Sudán o en Bielorrusia, los acontecimientos de los últimos meses han confirmado, si es que se necesitaban pruebas, cuán universales siguen siendo estas aspiraciones y cuánto aspiran a ellas las personas privadas de sus derechos en todos los continentes. Esto significa, por supuesto, reanudar el diálogo con los Estados Unidos sobre este tema, pero también trabajar más estrechamente con Japón, Corea del Sur, Canadá, México e incluso Australia.

Por lo tanto, la tarea es inmensa pero esencial: el futuro de los europeos dependerá en gran medida de nuestra capacidad para sacar a Europa de la crisis del COVID-19 y, al mismo tiempo, aumentar su papel y su peso en el mundo.

*Alto Representante de la Unión Europea para la Política Exterior y de Seguridad y Vicepresidente de la Comisión Europea. Artículo exclusivo cedido por Le Grand Continent.