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MODO FONTEVECCHIA
Tablero global

De la Espriella y Keiko Fujimori: derechizacion y polarización según Claudio Fantini

El analista internacional advirtió que en Perú y Colombia se impusieron liderazgos de derecha, pero sostuvo que el dato más relevante no es quién ganó sino la profundidad de la grieta política: “Las democracias de Occidente son sociedades partidas en dos”.

Claudio Fantini
Claudio Fantini | CEDOC

Mientras observa una "ola reaccionaria" que gana terreno en países como Perú y Colombia, Claudio Fantini cree que el fenómeno más relevante no es el avance de la derecha sino la creciente polarización de las democracias occidentales. En Modo Fontevecchia, por Net TV y Radio Perfil (AM 1190), sostuvo que "las democracias de Occidente son sociedades partidas en dos" y advirtió que "no hay centroizquierda, no hay centroderecha, todo se hunde en la grieta donde quedan dos polos de posiciones radicalizadas".

Claudio Fantini es un periodista, politólogo y escritor argentino. Es especializado en política internacional, se consolidó como analista en temas globales y regionales, con presencia en medios gráficos, radiales y televisivos tanto en Argentina como en el exterior. Se desempeña como columnista en medios como La Voz del Interior y la revista Noticias, y ha participado en distintos programas de análisis político. Además, es autor de varios libros de ensayo político y suele ser consultado como analista sobre conflictos internacionales, liderazgos políticos y tendencias globales.

En un día como hoy, en el que vemos la salida del primer ministro de Reino Unido y la caída, simultáneamente, de las posibilidades de triunfo de Trump en Estados Unidos, hacíamos un paralelo que nos encantaría escuchar si le parece relevante o no: más o menos fueron emergentes el Brexit primero y Trump en su primera presidencia. Hoy pareciera ser que la sociedad inglesa empieza a darse cuenta de que el Brexit fue un error y la sociedad norteamericana que elegir a Trump fue un error.

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Yo coincido con esa visión. La caída de Starmer es disruptiva en una tendencia en estos dos casos: el caso de Trump y la debacle que se acentúa a partir de cómo intenta finalizar la guerra con Irán, lo que The New York Times sintetizó en la frase "derrota humillante". Eso es lo último que está pegando fuerte contra las imágenes de Trump.

Paralelamente, las encuestas están mostrando en la sociedad británica una suerte de arrepentimiento por lo que implica el Brexit. Pero que Starmer, en lugar de fortalecerse o por lo menos mantenerse con el vigor con el que llegó al poder en el 2024, con un triunfo verdaderamente contundente en las urnas de Inglaterra, de Gales, de Escocia y de Irlanda del Norte, bueno, se haya debilitado tan velozmente por una serie de hechos internos y externos. La debilidad hace que tenga que dar un paso al costado y va a ser reemplazado por el líder en ascenso, que acaba de ser fortalecido por un par de elecciones locales.

¿Usted encuentra alguna sincronía en lo que fue el Brexit y luego la emergencia de la primera presidencia de Trump?

Creo que sí. De hecho, Trump tuvo una participación muy activa en la campaña por el Brexit. Empezando porque Nigel Farage, que es el ideólogo del Brexit, quien empezó a impulsar esa idea cuando lideraba lo que todavía se llamaba el United Kingdom Independence Party, el Partido de la Independencia del Reino Unido, que luego se transformó en el Partido del Brexit. Nigel Farage es un amigo muy estrecho de Donald Trump. Tienen una relación muy fuerte entre ambos.

Nigel Farage siempre representó el ultranacionalismo ultraconservador británico. Y Trump incluso participó en cuerpo presente en el activismo por la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. Recordemos aquel viaje en el cual, ni bien estaba bajando en el aeropuerto londinense, empezó a hablar mal de Theresa May, que por entonces era la primera ministra y que intentaba lo que por entonces llamaban el soft Brexit, o sea, la salida suave, la salida bien acordada. Hasta eso cuestionó Donald Trump. Y fue a presionar para que cayera, como de hecho cayó Theresa May y asumió Boris Johnson.

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Y ahí se produjo el hard Brexit, el Brexit duro, el Brexit fuerte, de lo cual ahora los británicos, según muestran las encuestas, se están arrepintiendo. Yo creo que Trump implica eso, implica patear tableros. Estamos en la llamada ola reaccionaria que está viéndose en muchos países. Y el Brexit representó eso en el Reino Unido: la idea de que patear tableros beneficia.

Me pregunto si en esto de los ciclos cortos o los ciclos largos uno podría decir que hubo un comienzo de ciclo que llega a 11 años entre la emergencia de Trump y el Brexit, que da esta ola neoconservadora, o un ciclo de la pandemia, una ola ultraconservadora que se da en todo el continente. Y, por otro lado, un ciclo largo que uno podría decir también con el eje Londres-Washington, que comenzó Margaret Thatcher con Ronald Reagan. Los estudiosos de los ciclos casualmente colocan a los ciclos largos en una duración de 50 años y a los ciclos cortos en una duración de 10. ¿Estaremos, creo yo, llegando a un fin de ciclo? ¿Un ciclo corto o un ciclo largo?

Probablemente. Por lo menos el ciclo corto, es confusa la realidad porque ese ciclo corto que parece estar acabando en los Estados Unidos y posiblemente también en Gran Bretaña, está iniciándose en otros países. Por caso, en las Américas, en Perú, con el triunfo ya prácticamente irrebatible de Keiko Fujimori. Y más todavía en Colombia con el triunfo de Abelardo de la Espriella.

O sea, la ola reaccionaria se asoma fuertemente en dos países importantísimos de América Latina, como lo son Perú y Colombia, cuando ha entrado claramente en una etapa crepuscular en los Estados Unidos, acelerado por este último acontecimiento, que es la firma de ese memorándum de entendimiento con el régimen iraní, donde entre los catorce puntos no hay ni uno que justifique que haya habido una guerra para llegar a ese desenlace. Y, por lo tanto, le implica para los Estados Unidos una derrota muy fuerte.

Casualmente iba a preguntarle eso. Si, como paradoja o como lógica, en toda Sudamérica, excepto Brasil y Uruguay, nos encontramos con recientes triunfos de la derecha o la extrema derecha. En el caso de Perú la semana pasada, en el caso de Colombia esta, pero podríamos sumar el caso de Chile hace no tanto, el caso de Bolivia y el caso de Argentina hace dos años y medio. ¿Puede esto ser interpretado no como paradójico sino como lógico, en el sentido de centro y periferia? Cuando uno tira una piedrita en un lago, las ondas tardan en llegar cuanto más lejos.

Entonces puede ser que, a lo mejor, lo que se inició hace once años con el Brexit allí en el hemisferio norte y con Trump, esté llegando ahora, con distinto grado de tardanza y de demora, a Sudamérica. Pero es parte del mismo fenómeno que a lo mejor empieza a oscurecerse en el centro y se oscurecerá en la periferia dentro de cinco años.

Yo no me lo había planteado de este modo, pero me resulta una lectura interesante y original. En estos tiempos también es paradojal porque las comunicaciones son tan inmediatas que las ondas que genera la piedrita al caer en la superficie del lago tendrían que llegar mucho más velozmente a la periferia.

No obstante, posiblemente eso es lo que estamos viendo. De todos modos, yo plantearía como hipótesis que el fenómeno principal que se está dando en las democracias de Occidente son sociedades partidas en dos, entre bloques que representan, entre liderazgos que representan posiciones radicalizadas.

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El dato más significativo en la elección en Perú es que el electorado se partió casi exactamente por la mitad entre dos candidatos que representan dos polos opuestos totalmente. Keiko Fujimori, el partido Fuerza Popular, que reivindica la autocracia del padre de Keiko, o sea de Alberto Fujimori: todo, incluida la represión ilegal, incluidos los desbordes de corrupción que fueron gigantescos, incluido el espionaje a las personas que hacía ese personaje siniestro que manejaba los servicios de inteligencia, Vladimiro Montesinos.

Y en la vereda del frente, Roberto Sánchez. Nadie hubiera imaginado que después del gobierno fallido de Pedro Castillo y del partido de la izquierda marxista, que es Perú Libre, que siguió gobernando horriblemente, porque tras la caída de Pedro Castillo vino Dina Boluarte, quien le entregó prácticamente el gobierno a Keiko Fujimori, le entregó el gobierno a la derecha. Más desastre político no podría haber ocurrido.

Y sin embargo Roberto Sánchez hizo campaña reivindicando a ese presidente fallido que fue Pedro Castillo, incluso hasta usando ese sombrero que suena bastante ridículo cuando se está en un ámbito cerrado, adentro del Parlamento, por ejemplo: el sombrero chotano, porque es de la región de Cajamarca, de donde era Pedro Castillo. Eso realmente para mí es lo más revelador: cómo se partió y cómo un izquierdista de manual, como Roberto Sánchez, hasta caricaturesco si se quiere, pudo tener prácticamente el 50% de los votos.

Claro, el otro 50% está en un polo absolutamente enfrentado. Lo mismo en Colombia. Lo más significativo del resultado no es que haya ganado un personaje bastante discutible, que amasó una fortuna como abogado, y de esos abogados que agarraban el caso de Alex Saab, el testaferro de Nicolás Maduro, fue uno de los defendidos por De la Espriella. Incluido un personaje que amasó una fortuna estafando a medio mundo con un esquema piramidal.

De la Espriella aparece como un outsider y desde su fortuna hace campaña reivindicando a Donald Trump, a Milei, a Bolsonaro, a Nayib Bukele, y logra el resultado. Pero hay que ver que se partió también por la mitad. No llega a un punto la diferencia. No llega a un punto, igual que en Perú. Y esto es lo significativo, porque la otra mitad de los colombianos, si se quiere la mitad menos uno, votó a Iván Cepeda, que también es bastante izquierdista de manual.

Después de un gobierno que no hizo todo mal, ni mucho menos, pero que tuvo fracasos resonantes, como la política de la paz total. No logró convencer al ELN de que se siente verdaderamente a negociar su desarme. También fracasó con las disidencias de las FARC. Eso, entre otros factores, debilitó a Gustavo Petro. Además tiene esa pose grandilocuente, de personaje escénico, que también crispó mucho al voto de centro. Ahí perdió mucho voto, sobre todo en el centroderecha y en el centroizquierda, por esa personalidad exuberante y a veces también un poco caricaturesca que tiene.

Como fuere, lo que principalmente me da la impresión de estar viendo es que los escenarios políticos tienden a generar liderazgos opuestos y en posiciones absolutamente radicales. Y, por lo tanto, se generan estas grietas profundas donde se hunde y desaparece el centro. No hay centroizquierda, no hay centroderecha. Todo se hunde en la grieta donde quedan dos polos de posiciones radicalizadas.

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¿Y usted imagina eso que puede terminar sucediendo en Brasil? Donde, finalmente daban a De la Espriella en Colombia que iba a ganar por siete u ocho puntos y terminó con uno. La misma es el pronóstico respecto de Lula: que la diferencia que hay sobre Bolsonaro se ha ido ampliando. ¿Terminaremos con la sorpresa de que Lula gana solo por un 1%?

Yo creo que no se puede descartar nada. No se puede descartar nada. Estamos ante urnas enigmáticas donde asoman sorpresas. La característica de Brasil es que, Lula, más allá de que su política exterior suele tener algunas veleidades, aunque nunca Lula va a entrar en chocar contra otros liderazgos. Responde si lo atacan, pero si no lo atacan es respetuoso con los otros gobernantes, sean de la posición ideológica que sean, como corresponde.

Pero como gobernante, sus gobiernos siempre son de centro. Incluso las coaliciones con las que gana son muy de centro, porque abarcan desde la centroizquierda, que es el Partido de los Trabajadores, el PT, hasta la derecha. Eso fue el vicepresidente José Alencar de los primeros dos gobiernos de Lula y lo es el actual vicepresidente, el exgobernador de San Pablo. Siempre son gobiernos de un amplio abanico y que llegan hasta el centro, y repite con sus vicepresidentes. No los deja de lado.

Muchos opinaban que para enfrentar a Flavio Bolsonaro era más competitiva una fórmula, o bien con un candidato de derecha muy dura que le quite votos al bolsonarismo, o bien con un candidato más llamativo que lo que es el actual vicepresidente, que es un hombre extremadamente moderado y de perfil bajo, que necesitaba un condimento más fuerte.

Y, sin embargo, Lula, como fue en su momento con Alencar, ratificó, repitió la fórmula, porque hasta se hace amigo de los vicepresidentes. Exactamente lo contrario que pasa en la Argentina. Pero Lula hasta se hace amigo con esa gente de centroderecha que llega al cargo de vicepresidente en una fórmula compartida. Planteadas así las cosas, lo tranquilizador sería que gane la expresión más de centro, que en este caso es la que expresa Lula, la candidatura de Lula y su vicepresidente.

Si ganara Flavio Bolsonaro, verdaderamente sería preocupante y ratificaría un diagnóstico sobre la patología en las democracias actuales, porque Flavio Bolsonaro acompañó a su padre en el intento de golpe de Estado que implicó el asalto a los edificios gubernamentales, en Brasilia. Fue la versión de Bolsonaro de lo que fue el asalto al Capitolio que intentó Trump para destruir un proceso electoral porque lo había perdido. Que después de semejante acontecimiento gane alguien que lleva el apellido Bolsonaro y que es la continuidad ideológica de su padre, sino incluso más radicalizado todavía, verdaderamente sería otro síntoma de los que señala el diagnóstico preocupado sobre cómo los polos generan grietas donde se hunde el centro y se pierde.

RM / EM