El presidente estadounidense, Donald Trump, reivindica la doctrina Monroe y a presidentes como William McKinley, estableciendo a EE.UU. como potencia dominante en el hemisferio y alterando el orden liberal y multilateral para delimitar zonas de influencia frente a rivales como China o Rusia. Así lo presentó el antropólogo y ensayista Carlos Granés, quien analizó en Modo Fontevecchia, por Net TV, Radio Perfil (AM 1190) cómo el subjetivismo radical y las políticas de identidad han fragmentado los consensos comunes, distinguiéndolo a Trump como “No es un conservador sino un antiinstitucionalista revolucionario”.
El antropólogo, ensayista y columnista colombiano, Carlos Granés, está especializado en el análisis cultural, político e intelectual de América Latina y de los debates contemporáneos sobre identidad, ideología y poder. Simultáneamente, es doctor en Antropología Social por la Universidad Complutense de Madrid y se ha destacado por estudiar fenómenos como el populismo, las nuevas derechas, la cultura woke, el relativismo cultural y las transformaciones del pensamiento político occidental. Además, colabora habitualmente en medios internacionales como El País, Letras Libres, The New York Times en español y revistas académicas y culturales.
Felicitaciones por su libro El último rugido de nuestro tiempo, donde aparece un concepto que es la pérdida de horizonte común que llamábamos realidad. Me gustaría que pudiera compartir con nuestra audiencia a qué se refiere con esta frase.
Sí, mire, en los últimos tiempos se ha debatido esto con mucha insistencia en las ciencias sociales y en la filosofía, y se le adjudica un papel muy importante a las redes sociales. En efecto, la idea de que estamos insertos en burbujas, donde cada unidad, cada identidad, recibe una información que finalmente acaba disgregándonos de esa realidad común que solíamos compartir. Pero, si uno observa bien, esto viene de lejos, viene de los 90. La filosofía ayudó mucho a deshacernos de las ideas de verdad y de objetividad porque, en ese momento, se pensaba que eran innecesarias, en una época de optimismo. Se creía que el pensamiento occidental podía deshacerse de estas ideas y avanzar de forma liberal y solidaria hacia una sociedad más cohesionada. El presente nos indica que fue un error haberse deshecho de estas categorías. Nos vemos ahora abocados a disrupciones entre identidades que tienen concepciones del mundo y de lo verdadero totalmente distintas, que impiden compartir proyectos políticos comunes y ponernos de acuerdo sobre lo fundamental.
Comenzó como una suerte de positivismo, con la idea de cierto relativismo y la concepción de distintas posibilidades de aquello que sea verdad, y hoy nos llevó a un oscurantismo; nos devolvió a la Edad Media, para decirlo de alguna manera, a una contraposmodernidad o un hipermodernismo en el cual solo hay una verdad absoluta y religiosa, metafísica. Algo parecido.
Sí, en efecto. En los 90, la deconstrucción del concepto de verdad permitió, o se creyó que iba a permitir, la complejización del mundo y que voces que habían estado oprimidas tuvieran campo en el debate público. Había mucho optimismo con relación a esta idea, era emancipadora. Era el momento de que las poblaciones gays contaran cómo entendían el mundo, cómo vivían, y que fueran aceptadas como una voz más en un mundo que, en teoría, iba a ser más plural. Pero el resultado no fue la pluralidad, sino más bien el miedo a la diferencia. Hemos caído todos un poco en dinámicas populistas que buscan que la sociedad vuelva a pensar en términos homogéneos y unánimes, donde quien no comulga con mi punto de vista es visto como una amenaza.
Esto podría trasladarse a otro concepto, no solamente el de verdad, sino también el de subjetividad, como una especie de regreso a una hiperobjetividad. Se podría decir que en los 90 ese positivismo tuvo una palabra clave: subjetividad.
Sí. Fue una explosión de subjetividades minoritarias, digámoslo así, y al día de hoy esa idea se ha radicalizado al punto en que la autocreación de sí es uno de los proyectos más visibles de lo que se llama la cultura woke. Hoy cada comunidad se puede autodefinir en sus propios términos, sin ningún tipo de consideración por viejas autoridades como la ciencia, la biología, la religión, la historia o la razón. Basta con que haya cierto consenso grupal para que un determinado grupo decida hacer lo que quiera hacer. Es el subjetivismo radical y la exacerbación del proyecto de creación de sí, uno de los rasgos de nuestra época.
¿Y cómo ve estos movimientos? No sé si llamarlos oscurantistas, o cómo se observa incluso desde Colombia lo que ha sucedido con Trump, extrayendo al presidente de Venezuela, más allá de las críticas que se le puedan hacer al sistema venezolano. ¿Podríamos decir que Trump es un síntoma de la reacción a esa hipersubjetivización?
Todo el movimiento trumpista y las nuevas derechas en general han sido una reacción a todo este auge del wokismo y a la explosión de la sociedad en identidades particulares. Estas nuevas derechas también son identitarias, pero reivindican una sola identidad, que es la nacional o la patriótica. Se oponen a todo lo que entendíamos como mundo multilateral y, sobre todo, a lo que ellos señalan como organismos globalistas que, desde espacios cosmopolitas, proyectan políticas y valores que, según ellos, atentan contra la familia, las tradiciones y la nación. Esta reacción se ha consolidado en proyectos nacionalistas agresivos. En Europa se ve.
Sobre la idea de la duración de los ciclos, siempre menciono al economista ruso-inglés Kondrátiev y su teoría de los ciclos largos. Una de las hipótesis es que en los 90 emerge esta percepción de la propia construcción de sí y se produce un exceso de hipersubjetivización. Otra perspectiva es que esto viene de los 70, de Foucault, de la idea de la relación entre saber y poder, de la comprensión de que el concepto de verdad absoluta muchas veces está construido desde cierta dominación, no epistémica. Un avance en el sentido de que la ciencia siempre tiene que ser crítica de sí misma. ¿Podría conectarse lo que pasó en los 90 con algo que comienza antes y que sí tiene un costado positivo desde el punto de vista científico?
Sí, por supuesto. Esto viene sobre todo de mayo del 68. Fue un momento de liberación y de reivindicación de ciertos valores individualistas: el hedonismo, la experimentación con el propio cuerpo, también el feminismo y el ecologismo. Se lanzaron nuevas ideas en ese momento que tuvieron un desarrollo a lo largo de los 70. En los 70 se exacerbó el individualismo. Incluso Tom Wolfe lo llamó la década del yo. Para los 90, eso se había consolidado en un individualismo ligado al consumo. Esto se analizó mucho desde la sociología. Lo paradójico es que, después de este desarrollo extenso de las ideas individualistas y de la reivindicación del individuo, hayamos vuelto a reivindicaciones identitarias. Podría decirse que este ciclo comenzó en los 70 y que Trump también es hijo de Reagan, como una primera contrarrevolución. La respuesta a Woodstock sería Reagan y Thatcher, y que finalmente no estamos frente a algo nuevo, sino ante el regreso del conservadurismo como respuesta a mayo del 68 en los años 80 y a fines de los 70.
Yo vería a Trump en otra liga. No creo que sea exactamente un conservador. Lo veo más bien como un reaccionario revolucionario o un nacionalista revolucionario, porque ni Reagan ni Thatcher hubieran desafiado las instituciones de una arquitectura estatal democrática. Trump sí lo hace: cuestiona la independencia de la Reserva Federal y la autonomía de los jueces. Es alguien antiinstitucional y, en ese sentido, es distinto, es revolucionario. El mundo que se vislumbra en sus acciones es otro, no es el de Reagan o el de Thatcher.
Peter Drucker hablaba de aproximaciones. ¿Se puede ver una línea de avance de la derecha como respuesta al avance del progresismo de los 70 en capas, acción y reacción en un sentido hegeliano de tesis y antítesis que no logra la síntesis?
Puede ser, sí, porque el wokismo es la continuación y también la traición de los valores del 68. El 68ismo, aunque fue hedonista e individualista, no fue cancelador ni puritano. El wokismo sí es cancelador y puritano de una manera muy visible. Trump es un conservador nacionalista, por supuesto, pero a diferencia de Reagan es proteccionista. Tiene una visión económica bastante distinta, alejada del neoconservadurismo tradicional. Puede ser un giro de tuerca del pensamiento conservador estadounidense.
Cuando escribió El rugido de nuestro tiempo, ¿se imaginaba lo que podía pasar en Venezuela, que Trump pudiera llevarse al presidente casi como con un guante? ¿Es de alguna manera un eco del rugido de nuestro tiempo?
Cuando terminé el libro aún no había empezado la campaña en el Caribe, pero Trump ya se había posicionado en su segundo mandato. En su discurso de hace aproximadamente un año mencionó, entre los presidentes estadounidenses que valoraba, a William McKinley, una figura con un recuerdo infausto para el mundo hispano, porque fue quien lanzó la guerra contra España y se apoderó de Puerto Rico. Eso ya daba un indicio de por dónde iba su política exterior y de cómo estaba pensando la región americana. Después lo confirmamos. Él entiende el hemisferio occidental como su zona de influencia, donde puede hacer uso de su poder militar y de su influencia política para tener comportamientos atrabiliarios que desafían la legalidad internacional.
Y en su propio país, que además este año va a elecciones, ¿cómo afecta Trump dentro de los votantes colombianos?
Se verá. Hay un reflejo muy enraizado en América Latina que es el antiamericanismo, más aún cuando un presidente norteamericano se muestra belicoso contra la soberanía o la integridad territorial de uno de nuestros países. Es posible que esto beneficie a la izquierda. Depende de cómo se asuma y de cómo reaccione la derecha. Además, Trump lanzó una amenaza directa a Colombia. Petro había confrontado a Trump; recordemos que, en su última visita a la ONU, terminó en las calles de Nueva York con un megáfono denunciando la acción estadounidense en Gaza y pidiéndole a las tropas del ejército estadounidense que dejaran de obedecer a Trump. Eso metió a Colombia en un problema diplomático muy serio. Trump juega muy duro y lanzó amenazas que, gracias a la acción diplomática, se limaron. Ahora va a haber una reunión entre Trump y Petro el 3 de febrero. Ahí se juega mucho, porque no conviene estar en el radar de las adversidades de Trump. Es muy poco saludable para mi país.
Lula cuestionó el bombardeo de EE.UU. a Venezuela y rechazó el “neocolonialismo” en América Latina
Decía que es saludable para la región que la comunicación se lleve por vías diplomáticas profesionales y no por redes sociales.
MV