El 20 de octubre de 1978, la oscuridad cayó antes de tiempo en el Almacén San José de La Plata. Mientras Mercedes Sosa entonaba las estrofas de "La carta", de Violeta Parra, las botas militares irrumpieron en el recinto. La escena fue dantesca: el público requisado uno por uno y "La Negra" detenida por el simple "delito" de cantar verdades. Aquel episodio fue el preludio del vacío. Poco después, Mercedes se vio obligada a empacar su vida en una valija, cargando con el peso de un exilio que la llevaría de París a Madrid, lejos del aire de sus cerros tucumanos.
Seguido a eso Europa, Mercedes no solo luchó contra la nostalgia, sino contra una tristeza que amenazaba con apagar sus cuerdas vocales. "Me moría por volver, pero sabía que mi voz era mi pasaporte y mi condena", reflexionaría años más tarde. Sin embargo, en la distancia, su figura creció hasta convertirse en la "Voz de América Latina", un símbolo de la resistencia cultural que los censores no podían alcanzar a través del Atlántico.

Febrero de 1982: el aire cortaba el aliento
Cuando el avión que la traía de regreso aterrizó en Ezeiza en febrero de 1982, la Argentina era un país herido, atrapado en el crepúsculo de una dictadura que empezaba a resquebrajarse. El ambiente en la ciudad de Buenos Aires era eléctrico, una mezcla de euforia contenida y un miedo que todavía obligaba a bajar la voz en los cafés.
La cita era en el Teatro Ópera. Trece funciones que originalmente iban a ser apenas un par, pero que la demanda popular convirtió en un rito de comunión masiva. En la Avenida Corrientes, la gente hacía filas interminables, no solo para ver a una artista, sino para recuperar una parte de su propia identidad que les había sido arrebatada.
El escenario como territorio de unidad
La noche del debut, cuando las luces del Ópera se atenuaron, el silencio fue absoluto. Apareció en el escenario: una figura imponente, envuelta en su poncho, con la mirada de quien ha visto el mundo pero solo anhela el suelo que pisa. Al sonar los primeros acordes de "Guitarra en duelo mayor", el teatro estalló. No eran aplausos; era un rugido de liberación.
Pero el punto de inflexión de aquellas noches no fue solo su voz solista. Mercedes, con una generosidad que desafiaba los purismos de la época, decidió que su regreso no sería un acto de nostalgia, sino un puente hacia el futuro.
-El encuentro con el rock: cuando invitó a un joven Charly García a sentarse al piano, el mundo del folclore tradicional se estremeció. Juntos interpretaron "Inconsciente colectivo". Esa imagen —la mujer del bombo legüero y el ídolo del rock de vanguardia— fue el acta de nacimiento de una nueva música nacional.
-La hermandad del canto: la presencia de León Gieco para cantar "Solo le pido a Dios" convirtió el teatro en un templo laico donde se rezaba por la paz y la justicia.
-La apertura: al sumar a músicos como Antonio Tarragó Ros o Raúl Barboza, Mercedes demostró que su voz era lo suficientemente grande para cobijar todos los ritmos de la patria.
Un legado que no conoce fronteras
Esos trece conciertos fueron la banda sonora del final de una era oscura. Mercedes regresó para ofrecer su garganta como un bálsamo. Su transformación de aquella niña humilde de Tucumán a la figura universal que unificó a un país herido quedó sellada en las grabaciones de aquellas noches, que se convirtieron en el disco más vendido de su carrera.
Murió Fats Fernández, el "trompetista de Buenos Aires"
Mercedes Sosa demostró que el exilio puede alejar el cuerpo, pero nunca la esencia. Su regreso en 1982 fue la prueba definitiva de que hay voces que, por más que se intente, el silencio nunca podrá callar. Ella no solo volvió a la Argentina; volvió a instalarse en el corazón de un pueblo que, gracias a ella, volvió a cantar.