jueves 23 de septiembre de 2021
OPINIóN Columna
02-10-2020 10:49
02-10-2020 10:49

Transferencia tecnológica, protagonista en la lucha contra el COVID-19

Cada avance que se da a conocer pone en evidencia el enorme potencial que existe en los ámbitos académicos y científicos locales.

02-10-2020 10:49

La noticia trascendió recientemente: la vacuna contra el Covid-19 desarrollada por la Universidad de Oxford y AstraZeneca podría ser sometida en breve a un proceso de “revisión continua, un paso clave para acelerar los tiempos de aprobación. Así, los reguladores de la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) tendrían acceso a los resultados de los ensayos mientras aún se están llevando a cabo, una facultad especialmente alentadora en casos de emergencia como este.

Si bien todavía no se comunicó formalmente, renueva la expectativa que se generaba hace algo más de un mes en torno al anuncio de una prometedora vacuna. Vacuna que, además, sería fabricada en nuestro país. ¿Pero cómo era eso posible?

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La clave está en el concepto de transferencia tecnológica. Es habitual que las instituciones educativas o científicas estén abocadas al estudio e investigación en distintas áreas, y que muchos de sus hallazgos den respuesta a eventuales necesidades de la sociedad; pero llevar el descubrimiento desde la mesa del laboratorio hasta el mercado implica muchos pasos intermedios. Pasos en los que, con frecuencia, las universidades e institutos científicos no están interesados o bien no tienen la capacidad de dar, ya sea por falta de recursos, infraestructura o sencillamente porque no está entre sus objetivos y razón de ser… “Zapatero, a tus zapatos”. No obstante, ese conocimiento es un valioso activo intangible que puede redundar en interesantes regalías cuando se lo transfiere a otras empresas en forma de licencias o acuerdos de producción y comercialización. Y aún más, es el modo en que esos resultados llegan a materializarse concretamente en bienes de consumo útiles a la sociedad. He ahí la importancia radical de la transferencia.

En este caso, AstraZeneca, la farmacéutica asociada a la Universidad de Oxford en el desarrollo de la vacuna, ya ha manifestado que no tiene un interés lucrativo en esta iniciativa, aunque indudablemente un producto exitoso redundará en importantes beneficios para la compañía. Otro tanto corresponderá a mAbxiences, la biotecnológica argentina que participó del mentado acuerdo y que producirá la sustancia activa para las dosis de la vacuna a distribuirse en varios países de la región. Transferencia tecnológica de por medio, contará con esa gran “fórmula maestra” para reproducir en estas latitudes un compuesto idéntico al original.

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Ante la irrupción de la pandemia, toda la comunidad científica y académica respondió rápida y comprometidamente. A julio de este año ya se contaban entre 140 y 200 grupos que trabajaban en el desarrollo de una posible vacuna, en una carrera contrarreloj encabezada por cinco o seis proyectos entre los que se encuentra la que se producirá en la Argentina.  

En el ámbito nacional también se desarrollaron en tiempo récord, o aplicando conocimientos previos a soluciones nuevas, muchas otras innovaciones y productos para hacer frente a esta enfermedad. En la mayoría de ellas, la vinculación tecnológica tuvo un rol fundamental. Los dos tests de detección rápida del virus aprobados por la ANMAT, por ejemplo, fueron desarrollados, en un caso, por el trabajo conjunto entre el Instituto C. Milstein (Conicet) y un laboratorio; y en el otro, por dos pymes incubadas en universidades nacionales. Los “superbarbijos” confeccionados con telas antivirales también se hicieron accesibles al público gracias a la transferencia entre universidad y sector productivo. La aplicación Cuidar, por su parte, fue fruto del trabajo conjunto entre grupos de investigación y empresas de tecnología.

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Cada una de estas novedades ha puesto en evidencia el enorme potencial que existe en los ámbitos académicos y científicos locales, la capacidad de responder a las demandas de la sociedad y el germen de un círculo virtuoso que empieza en la generación de valor a partir del conocimiento, continúa en la activación productiva y creación de nuevos empleos y llega incluso, por qué no, a la posibilidad de exportar tanto tecnología aplicada como propiedad intelectual.  

Quizás sea un poco pronto para determinar si la vacuna dará o no resultado. Lo que sí podemos afirmar desde ya es que contar con un ecosistema científico-productivo robusto y bien articulado puede mejorar la situación de nuestro país en más de un sentido.