Durante años, el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea fue un tema reservado a especialistas, negociadores y mesas técnicas. Sin embargo, su firma obliga a correr el eje del debate: ya no alcanza con discutir si el acuerdo es bueno o malo en términos abstractos. La pregunta relevante es otra: qué puede cambiar en la vida cotidiana de los argentinos.
Los números permiten dimensionar su alcance. Las proyecciones oficiales estiman que las exportaciones argentinas hacia la Unión Europea podrían crecer alrededor de un 76% en los primeros cinco años de implementación y más de un 120% en un horizonte de diez años. Esto implica pasar de exportaciones cercanas a los u$s8.600 millones actuales a valores que podrían superar los u$s19.000 millones hacia la próxima década.

Este crecimiento no se limita a los productos tradicionales. Energía, minería, manufacturas industriales y servicios aparecen entre los sectores con mayor potencial. Y ese dato es central para entender el impacto social del acuerdo.
Más exportaciones, más trabajo
En economía, las exportaciones no son un fin en sí mismo. Son un medio. Cuando un país exporta más de forma sostenida, produce más, invierte más y, en el proceso, genera empleo. No de manera inmediata ni automática, pero sí de forma estructural.
En la medida en que empresas argentinas acceden a un mercado grande y estable como el europeo, aumentan los incentivos para ampliar capacidad productiva, incorporar tecnología y profesionalizar procesos. Todo eso se traduce, tarde o temprano, en más puestos de trabajo, especialmente en actividades formales y mejor remuneradas.
A esto se suma un factor clave: la inversión. La Unión Europea ya es hoy es uno de los principales inversores extranjero en la Argentina. El acuerdo no parte de cero; se apoya en una relación económica existente que puede profundizarse si hay reglas claras y previsibilidad.
Más inversión implica más plantas, más servicios, más cadenas de valor locales. Y eso tiene un impacto directo en el empleo, en la capacitación de los trabajadores y en la calidad del trabajo.
El rol de la economía del conocimiento
Uno de los aspectos menos visibles del acuerdo —pero más relevantes para la vida urbana— es su impacto sobre la economía del conocimiento. Argentina ya exporta a Europa servicios basados en talento: software, servicios profesionales, consultoría, diseño, ingeniería.
Estos sectores generan empleo joven, calificado y con salarios por encima del promedio. Para muchos trabajadores, especialmente en grandes ciudades, el acuerdo no se traduce en más exportaciones de bienes, sino en más oportunidades laborales sin necesidad de emigrar.
El marco jurídico y regulatorio que ofrece el acuerdo reduce riesgos y facilita la inserción de empresas de servicios en mercados exigentes, lo que puede ampliar este tipo de empleo en los próximos años.
Competencia, precios y calidad
Otro canal de impacto cotidiano tiene que ver con la competencia. La apertura gradual del comercio también implica mayor oferta de bienes y tecnología, tanto para empresas como para consumidores. Esto no significa una baja inmediata de precios, pero sí un proceso de mayor competencia que, en el tiempo, tiende a reducir costos, mejorar calidad y ampliar opciones.
Para la vida diaria, esto se traduce en insumos más accesibles para producir, tecnología más moderna y servicios más eficientes.
Los temores y el verdadero desafío
Es comprensible que existan sectores que miren el acuerdo con preocupación. Aquellos que dependen de altos niveles de protección o que no han podido adaptarse a estándares internacionales pueden sentirse amenazados. Sin embargo, es importante señalarlo con claridad: el acuerdo no crea esos problemas, los expone.
El desafío no está en el comercio con Europa, sino en los costos internos, la logística interna que hace muy difícil la conexión con los puntos de salida por falta de infraestructura, la falta de financiamiento y las dificultades estructurales que arrastra la economía argentina desde hace años. Por eso, el impacto positivo del acuerdo dependerá también de políticas internas que acompañen la transición, inviertan en capacitación y mejoren la competitividad.
Un impacto que no es inmediato, pero sí profundo
El acuerdo Mercosur–Unión Europea no va a cambiar la vida de los argentinos de un día para el otro. No es una solución mágica ni un atajo. Pero sí puede sentar las bases para algo que el país necesita con urgencia: más trabajo formal, más inversión productiva y una economía más integrada al mundo.
En definitiva, cuando se discuten acuerdos de este tipo, conviene salir del debate abstracto y mirar lo esencial. No se trata solo de aranceles o de mercados lejanos. Se trata de cómo Argentina genera oportunidades para que el trabajo vuelva a ser una vía de progreso y para que la economía cotidiana deje de estar atrapada en la escasez.
Ahí es donde este acuerdo puede marcar la diferencia.
(*) Licenciada en comercio exterior y magister en finanzas