miércoles 25 de mayo de 2022
OPINIóN vínculos previos al conflicto
27-03-2022 00:47

El rol educativo de las maestras argentinas y fotógrafos en las islas

Sebastián Carassai propone una lectura sobre diferentes relaciones que existían entre los argentinos y los isleños diez años antes de la guerra de 1982. Docentes que enseñaban español en Puerto Stanley, vuelos semanales a Comodoro Rivadavia o personas que viajaban a Buenos Aires para tratamientos médicos.

27-03-2022 00:47

Las conversaciones que derivaron en el acuerdo de comunicaciones de 1971expresamente excluían la cuestión de la soberanía. ¿Por qué Argentina se prestó a ellas, si lo único que de verdad le interesaba quedaba afuera? La respuesta puede adivinarse en un documento de cancillería, donde se lee que Argentina tomó esa decisión “a efectos de coadyuvar a crear una atmósfera favorable a la reanudación de las negociaciones [sobre soberanía]”. La apuesta era que las comunicaciones no sólo le permitirían ganarse la simpatía y, en el mejor escenario, la voluntad isleña, sino también que, luego de transcurrido un tiempo y en recompensa a su compromiso por resguardar los intereses de los isleños, el Reino Unido aceptaría negociar la cuestión de fondo si no por libre decisión al menos por la presión que ejercerían las Naciones Unidas. La responsabilidad de llevar adelante aquel compromiso en Stanley fue delegada a un miembro de la Fuerza Aérea Argentina. […] 

El estado argentino se convirtió pronto en el principal motor de las comunicaciones entre las islas y el continente. La Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel) puso en funcionamiento un circuito de telefonía Buenos Aires-Puerto Stanley y Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) levantó la planta Antares I (seis tanques de 25,000 litros cada uno) para el abastecimiento de aeronaves. Yacimientos Carboníferos Fiscales hizo llegar carbón desde Río Turbio. La empresa Transportes Navales, de la Armada Argentina, puso parte de su flota a disposición de estos proyectos, que demandaron traslados de material y personal. La obra más importante, por la inversión que implicó (alrededor de £750,000) y por lo que significaba, fue el emplazamiento de la mencionada primera pista de aterrizaje de las islas. Todo ello sumado era sintomático de la actitud con la que el gobierno argentino de entonces encaraba la nueva etapa: una que demostrara a los isleños, a los británicos y al comité de descolonización de las Naciones Unidas que podía creérsele cuando prometía velar por los intereses de la población isleña.

En las islas las cosas marchaban razonablemente bien. Cuando el equipo de la Fuerza Aérea Argentina que emplazó la pista abandonó Stanley agradeció la hospitalidad y cooperación isleñas. El gobernador Lewis, por su parte, hizo público su reconocimiento al esfuerzo argentino. A mediados de 1972, cuando la comunicación aérea la hacían los aviones anfibios, agradeció a las organizaciones y personas que hacían posible que las islas permanecieran comunicadas. […]

Para cuando se estableció el puente aéreo semanal ya se había avanzado en otros puntos del acuerdo, entre ellos, los que referían a salud y educación. Luego de visitar varios hospitales en Comodoro Rivadavia y Buenos Aires, el doctor a cargo de la salud en las islas había aconsejado al gobierno isleño que las derivaciones médicas se hicieran al Hospital Británico de Buenos Aires, donde varias enfermeras y doctores hablaban inglés y “toda la atmósfera del hospital e[ra] británica”. Una función similar desempeñaba antes de 1971 el Hospital Británico de Montevideo. La diferencia, a partir de ahora, era que los pacientes no debían esperar el viaje mensual de un buque ni pasar cinco días a bordo para recibir atención médica fuera de las islas. La ruta aérea a Comodoro Rivadavia, además, permitía que esa atención fuera más habitual que en el pasado. 

Decisiones políticas. Lo propio había hecho el superintendente de educación de las islas respecto de la formación secundaria. Después de recorrer establecimientos educativos en varios puntos del país, confeccionó, en conjunto con autoridades del Ministerio de Educación de Argentina, un listado de colegios bilingües para que las familias isleñas pudieran enviar a sus hijos a completar la formación secundaria. A partir de entonces, St. Albans, Barker College, St. George’s, St. Hilda’s College, Northlands, Michael Ham Memorial College, St. Andrew’s Scots School, Ward y Santa Brígida, en el área metropolitana de Buenos Aires; St. Mary’s School, St. Paul’s School y Reydon, en la provincia de Córdoba; y Wood Ville School, en la ciudad de Bariloche, recibieron y en algún caso ofrecieron becas institucionales a niños isleños, que se sumaban a las que, anualmente, el gobierno argentino y el de la colonia destinaban al mismo fin (diez y dos respectivamente). Esta política significó un cambio todavía más importante que el referido a la salud. Hasta 1971, la formación escolar en las islas culminaba a los 15 años y el sistema educativo era costoso y heterogéneo. Los alumnos (361) se distribuían en las escuelas junior y senior de Stanley (199), el internado de Darwin (56), la escuela de Port Howard (9) y las estancias visitadas por maestros itinerantes (106). Afuera de Stanley la educación era deficiente, incluso “abismal”, según la calificaron algunos padres. Excepcionalmente, unas pocas familias lograban que sus hijos continuaran educándose afuera de las islas, en Montevideo o, más excepcionalmente aun, en Gran Bretaña. La posibilidad que se abrió en este campo luego del acuerdo de 1971 fue aprovechada por muchas familias, principalmente por las de mejor posición económica y capital cultural. Para 1973, estudiaban en colegios argentinos 47 niños.

Ese mismo año el gobierno isleño tomó otras dos decisiones en el terreno educativo. En primer lugar, anunció la construcción de un hostal para que los niños del camp pudieran alojarse en Stanley y acceder así a una mejor educación, una iniciativa que demandaba una inversión de £100,000 que se esperaba aportara Londres. En segundo lugar, decidió que debía comenzar a enseñarse el idioma español como segunda lengua (hasta entonces sólo se lo hacía en el internado de Darwin). Al conocer esa decisión, la cancillería argentina ofreció hacerse cargo del reclutamiento docente y asumir el pago de los salarios. En mayo de 1974 el gobierno isleño decidió “aceptar la oferta” del gobierno argentino y se comprometió a proveer alojamiento y combustible (peat) al personal que se contratara. El coronel Luis González Balcarce, asesor de primera de la Dirección General de Antártida y Malvinas, dependiente del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto, estuvo a cargo de la selección, luego refrendada por el superintendente de educación de las islas, que se trasladó a Buenos Aires a conocer a las maestras elegidas. El 3 de junio, contratado por el Consejo Nacional de Educación de Argentina, llegó a las islas el primer par de maestras argentinas de español, las hermanas María Teresa y María Fernanda Cañás, ambas egresadas del colegio porteño Lenguas vivas. Esta política se mantuvo hasta el conflicto armado de 1982. A las hermanas Cañás le siguieron Teresita Clelia Volpi, María Eugenia Greco Larrea, María Alejandra (Sandy) Hills O’Neill, Graciela Tricotti, Nora Prieto, Lilian García y, en los ochenta, un matrimonio: Alicia Zapata y Mauricio Matthews. 

“Jóvenes y atractivas”, según el recuerdo del isleño Patrick Watts, las maestras argentinas enseñaban español en las dos escuelas de Stanley, ofrecían dos veces a la semana un curso vespertino optativo y gratuito para adultos y grababan lecciones para reproducir en la radio. Tenían vínculos tanto con isleños como con británicos, pero su habitus y capital cultural las acercaba mucho más a los segundos que a los primeros. Británicos y maestras, además, compartían una característica: estaban allí de paso, la mayoría de los británicos no más de tres años; las maestras no más de dos. Su intensa vida social se desenvolvió mayormente entre británicos: cocktails, comidas, fiestas, paseos afuera de Stanley, reuniones en las casas. Esa vida social no excluía la elite de las islas, con excepción de algunos funcionarios de la Falkland Islands Company (FIC) cerradamente antiargentinos. Las hermanas Cañás, por ejemplo, dieron clases de español en la gobernación a la esposa del gobernador Lewis, que por su parte las participaba de numerosos eventos. Tricotti entabló una relación similar con la enfermera del hospital, también británica. Greco Larrea y Hills O’Neill llegaron a ser aceptadas como socias del aristocrático Colony Club, al que no concurrían nativos. Esta atmósfera de amabilidad y hasta de amistad que las maestras colaboraron a forjar contribuyó en los hechos al propósito de la cancillería argentina de crear “vínculos cada vez más estrechos e intensos” entre las islas y los argentinos, sólo que ese acercamiento fue mucho más lejos con los británicos que con los isleños. Dos hechos son concluyentes en ese sentido: a los cursos gratuitos de español para adultos asistían mayoritariamente británicos y casi todas las maestras terminaron casándose con británicos, ya sea marines, técnicos o profesionales que residían temporariamente en las islas. La decisión de la cancillería, ya en los ochenta, de enviar un matrimonio en vez de jóvenes solteras fue adoptada para frenar este inesperado entendimiento, ajeno a sus objetivos.

Durante los primeros años, los vuelos entre el continente argentino y las islas hicieron posible para más argentinos hacer el viaje que décadas atrás sólo estaba reservado a unos pocos. Se seguía requiriendo una autorización, pero ahora era expedida por el Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto argentino y, aunque el trámite demoraba algunas semanas, justificado el motivo de la visita era factible conseguirla. Algunos argentinos que viajaron a las islas en estos primeros años escribieron diarios de viaje y tomaron imágenes de su encuentro con los habitantes. El análisis de esos documentos ofrece una ventana para reflexionar acerca de las posibilidades y límites que abrieron las comunicaciones a este respecto. 

Ellos. En mayo de 1973, tres fotógrafos lograron viajar a las islas. La idea había surgido de los tucumanos Roberto Córdoba y Eduardo Vallejo. A ellos se sumó Juan Gómez, a quien los tucumanos conocían por nexos entre fotoclubs, que, como vivía en Buenos Aires, tomó a su cargo la tramitación de las tarjetas blancas. Con el aval de la Universidad de Tucumán, el propósito aducido del viaje era doble: llevar imágenes de Tucumán y otras provincias a las Malvinas y, a su regreso, imágenes de las Malvinas a Tucumán. Cuando arribaron a Puerto Stanley se enteraron de que, en una carta no recibida a tiempo, el vicedomodoro De la Colina les había pedido que no viajaran. “¡Acá no nos quieren!”, recordó uno de los fotógrafos que dijo el vicecomodoro, a poco de recibirlos en el aeródromo de Stanley. Aunque sería difícil encontrar una iniciativa que mejor atendiera el propósito oficial de entablar puentes culturales entre isleños y argentinos, a De la Colina la idea de los fotógrafos le parecía impracticable. Una exhibición fotográfica sobre Tucumán hecha por argentinos en Stanley requería no sólo conseguir un espacio físico para realizarla, sino también la autorización del gobernador. Y aun si lo lograran, dijo De la Colina, nadie iría a verla.

A poco de arribar a Stanley, alojados en lo de una familia con parientes en el Uruguay, los fotógrafos se enteraron de que durante su estadía tendría lugar el reemplazo de monseñor James Ireland por monseñor Daniel Spraggon al frente de la iglesia católica de las islas. Decidieron entonces fotografiar la ceremonia y esas imágenes facilitaron luego el intercambio de favores con la nueva autoridad católica. Ellos le regalaron las imágenes de la ceremonia y él cedió el salón adyacente a la capilla St. Mary’s para que realizasen sus exhibiciones. Con el aval de Spraggon y De la Colina, se entrevistaron con el gobernador Lewis y obtuvieron la autorización oficial. […] La muestra consistió en cincuenta y ocho imágenes monocromas de lugares y paisajes de la provincia de Tucumán, con textos explicativos en español e inglés. Las diapositivas del día domingo proyectaron un espectro más amplio del país: de Tafí del Valle a Bariloche, de los ingenios tucumanos a los picos nevados de Mendoza. 

Contra el pronóstico del vicecomodoro, la iniciativa convocó aproximadamente una veintena de adultos por día, público al que se le sumó otro tanto de niños. Aunque el número no representó una multitud, la concurrencia no puede considerarse menor —la ceremonia de toma de posesión del cargo de monseñor Spraggon había convocado a setenta personas—. Los argentinos, de hecho, estaban gratamente sorprendidos. Siendo que no se trataba de un evento promovido ni por el gobierno local ni por el representante del gobierno argentino en las islas, esa espontánea afluencia de público puede leerse como sintomática de las primeras actitudes de los isleños frente a la comunicación con Argentina. Los diarios que escribieron Gómez y Córdoba son coincidentes en cuanto a cómo fueron recibidos por los locales: algunos los ignoraban, muchos mostraban curiosidad, pero nadie fue hostil ni exhibió rechazo.

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