OPINIóN
Progreso que retrocede

Esclavitud moderna: con recibo de sueldo

“Si el salario deja de ser dinero y pasa a depender de bienes o compensaciones, abrimos una puerta peligrosa”, sostiene el autor. Y cuestiona la extensión de la jornada laboral: “a largo plazo sacar a las personas de sus núcleos familiares y comunitarios tiene un costo social”

Reforma laboral y relación desigual. Qué cambia para los empleados.
Reforma laboral y relación desigual. Qué cambia para los empleados. | Collage armado con IA.

Si cuando se escucha “esclavitud” vienen escenas de personas encadenadas bajando de un barco, el título de este artículo va a parecer exagerado. Pero la esclavitud no es una postal en blanco y negro de un libro de historia. Es una práctica que muta, se disfraza, se moderniza.

Yo nací en Santiago del Estero, donde todavía pasa que alguien compra una extensión grande de tierra y dentro vienen personas. Familias enteras. Gente que trabaja ahí desde siempre, que no tiene título, que no tiene alternativa real. Y también pasa que gente de la ciudad viaja al interior profundo a “buscar ayuda”: chicas muy jóvenes, vulnerables, a las que les prometen un cuarto y un sueldo informal que no llega al mínimo, a cambio de disponibilidad total. Vida por techo. Tiempo por comida.

Eso también es esclavitud. No la imagen que nos enseñaron en la escuela. Pero esclavitud al fin.

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Por eso me cuesta tanto aceptar dos puntos concretos de la reforma laboral que hoy se discute. No toda la reforma. Hace años que digo que el sistema necesitaba cambios. La informalidad es obscena, el costo de litigios es alto, la maraña normativa ahoga a pymes que quieren contratar en blanco. Hay cosas que se pueden y se deben discutir. Pero hay límites.

El primero es la posibilidad de pagar el trabajo con instrumentos no líquidos.

Julio Bárbaro sobre la reforma laboral: “Es una ley de delincuentes, volver a la esclavitud”

Díganlo como quieran: bonos, vales, servicios, vivienda, canastas. Lo que sea. Si el salario deja de ser dinero contante y sonante y pasa a depender de bienes o compensaciones que el empleador define o intermedia, abrimos una puerta peligrosa. Porque el salario no es solo una contraprestación económica. Es autonomía. Es poder irte. Es poder elegir. Es poder planear.

La informalidad es obscena, el costo de litigios es alto, la maraña normativa ahoga a pymes que quieren contratar en blanco"

Cuando el pago no es líquido, la relación se vuelve más asimétrica. ¿Cuánto vale ese bien? ¿Quién fija el precio? ¿Qué pasa si querés cambiar de trabajo pero tu “remuneración” estaba atada a la casa que te daban o al servicio que te descontaban? Me dirán que habrá regulación, que habrá límites porcentuales. Puede ser. La cosa es que, en contextos de desigualdad estructural, esas sutilezas jurídicas no protegen al más débil. Lo atan.

Viví en Estados Unidos durante 18 años y me es fácil reconocer el argumento de mercado: “Si no te gustan las condiciones, te vas; el empleador tendrá que mejorar los términos”. Eso puede funcionar en un país con 3,6% de desocupación. Pero en uno con 8,5% de desempleo, desigualmente distribuido —11% en Chaco— y 10,5% de subocupación, las condiciones no las fija el trabajador. Las impone la necesidad. Y la necesidad negocia mal.

El segundo punto que no puedo aceptar tiene que ver con las horas extra.

Las primeras ocho horas de trabajo son una cosa. Las que vienen después son otra historia. La novena hora es la que te roba la cena con tus hijos. La que te impide ayudar con la tarea. La que te saca del club, de la iglesia, del barrio. Es la hora en que tu familia ya está en casa y vos seguís trabajando.

Queremos chicos acompañados, no criados por la pantalla"

Por eso históricamente las horas extra se pagaron más caras. No por capricho sindical. Sino porque ese tiempo vale más. Para el trabajador, para su entorno y para la sociedad entera. Queremos chicos acompañados, no criados por la pantalla. Queremos padres presentes. Queremos redes comunitarias vivas. Si el empleador necesita ese tiempo, que lo pague caro. Que exista una razón real, productiva, concreta. Porque a largo plazo sacar a las personas de sus núcleos familiares y comunitarios tiene un costo social que no figura en ninguna planilla de Excel.

Cuando la hora nueve vale lo mismo que la hora tres, el incentivo cambia. Se abarata extender la jornada. Y el costo invisible lo absorbe la familia.

Algunos dirán que el mundo cambió, que hay que flexibilizar, que otros países tienen esquemas más amplios de distribución horaria. Está bien discutirlo. Pero una cosa es permitir bancos de horas con compensación clara y límites estrictos; otra muy distinta es diluir el concepto mismo de sobretiempo.

No estoy defendiendo un statu quo intocable. Sé que el mercado laboral argentino está roto en varios frentes. Que millones trabajan en negro. Que muchos empleadores dudan en contratar porque un juicio los puede fundir. Eso también es injusto. Pero no todo lo que suena moderno es progreso.

Hay reformas que ordenan. Y hay reformas que, sin decirlo en voz alta, retroceden a lógicas que conocemos demasiado bien en el interior profundo del país.

A mí me enseñaron que el salario es dinero porque la libertad necesita liquidez. Y que el tiempo con la familia no es un lujo: es la base de cualquier proyecto colectivo que valga la pena.

Todo lo demás lo podemos debatir. Estos dos puntos, no.

Porque cuando empezás a pagar con cosas en vez de plata, y cuando empezás a decir que todas las horas valen lo mismo, el mensaje que baja es otro: tu tiempo no es tuyo. Y tu trabajo tampoco.

Y yo, perdón, pero a esa lógica no la compro.

*Ensayista político