La esgrima argentina es una disciplina forjada en la contradicción: nació bajo el ala de la élite, pero su arrolladora popularidad inicial despertó el recelo del poder político de turno. A casi dos siglos de la apertura de su primera sala de armas, este deporte ostenta el orgullo de haber aportado el primer atleta olímpico de la historia nacional y de haber consolidado una tradición de maestros que transformaron un arte de duelo en un pilar del olimpismo sudamericano.
Su evolución es la crónica de una persistencia que transformó la censura del siglo XIX en los podios internacionales del siglo XX. Basado en el registro histórico del deporte, la esgrima moderna en Argentina nace formalmente hace 170 años, promediando la década de 1850 y su evolución se estructuró a través de tres hitos fundamentales: “el duelo en Palermo”, el nacimiento de la esgrima moderna (ca. 1856) y la profesionalización de la técnica (ca. 1897).
Clandestinidad en 1833
El quiebre fundacional de la esgrima en Buenos Aires se produjo poco después de su introducción formal en 1833 por el maestro español Andrés Facundo Cesario con la apertura de la primera sala de armas. El crecimiento de la disciplina captó la atención del entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires, el brigadier Juan Manuel de Rosas, quien decidió convocar a Cesario y al recién llegado maestro Lamesa a un asalto de exhibición en su residencia de Palermo.
Aquel encuentro, lejos de ser un mero entretenimiento privado, se constituyó como un evento oficial del jefe de Estado ante un numeroso e influyente público. En la pista, la superioridad técnica de Cesario fue inapelable: se alzó con la victoria frente a la mirada de los asistentes.
Sin embargo, en la Buenos Aires de la época, el prestigio popular no podía competir con la centralización del poder político.
La notoriedad y el respeto que el maestro español cosechó tras vencer en Palermo incomodaron profundamente al gobernador. La respuesta de Rosas combinó el desplazamiento público con una advertencia directa: “A los reñideros maestros; cierre su sala de armas y cuente con mi protectora consideración”.
Con esta orden, la esgrima quedó efectivamente prohibida en el territorio debido al recelo que generaba su alta popularidad en los sectores sociales. Las estocadas debieron replegarse a la clandestinidad y el desarrollo institucional de la actividad se detuvo por completo.
La disciplina y su principal promotor, Cesario, solo pudieron retornar a la escena pública tras la caída del régimen de Rosas, reactivando una tradición que el maestro español mantuvo viva hasta su fallecimiento en 1879.
La profesionalización técnica, a partir de 1897, se consolidó definitivamente con la creación de la Escuela de Gimnasia y Esgrima del Ejército, dirigida por el esgrimista italiano Eugenio Pini, lo que masificó la doctrina moderna en los principales clubes del país. Otra figura clave de la esgrima local fue Roberto Larraz, ganador de la única medalla olímpica en esta disciplina que tiene Argentina (Bronce, Ámsterdam 1928).
En el mapa de la escena de la esgrima porteña, el Club Francés –que acaba de festejar su 160º aniversario– ocupa un lugar de vanguardia histórica. Fundado bajo los preceptos de la comunidad gala en Buenos Aires, esta institución nació con la premisa de conservar y difundir las escuelas de armas más refinadas de Europa, convirtiéndose en un puente directo entre la tradición del viejo continente y el Río de la Plata.
A diferencia de los grandes clubes polideportivos, el Club Francés moldeó su identidad alrededor de la esgrima como un arte de caballerosidad, disciplina y precisión técnica. Su sala de armas cobró particular relevancia gracias al mítico maestro Edward Gardère quien introdujo la esgrima francesa caracterizada por la rigurosidad metodológica del florete, la espada y el sable, influyendo notablemente en el estilo de los tiradores locales que luego nutrirían a las delegaciones olímpicas nacionales.
Hoy en día, la institución se mantiene como un espacio de referencia en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, bajo la dirección de José María Casanova y con la presencia de los maestros Mariano Casanova y Silvana Giancola. La mística de las estocadas se fusiona con el entrenamiento de atletas de primerísimo nivel como los hermanos Franco Serrano y Belén Serrano, que buscan perpetuar el legado de un deporte que es, ante todo, parte de su ADN fundacional.
Esgrima en Argentina
El ranking se subdivide estrictamente por las tres armas oficiales, tanto en rama masculina como femenina: Florete, Espada y Sable. El seleccionado nacional se encuentra en una etapa de transición tras la era de Belén Pérez Maurice en sable. Hoy en día, los principales estandartes internacionales pertenecen a disciplinas consolidadas protagonizadas por la dinastía Di Tella, que lidera el plano competitivo con Isabel Di Tella (campeona panamericana en espada) y Pascual Di Tella (sable), quien tuvo una destacada actuación en los Juegos Olímpicos de París 2024.
En Espada y Florete Masculino, resaltan figuras como José “Koko” Domínguez, Jesús Lugones y Alessandro Taccani, (espada) y Augusto Servello(florete), quienes encabezan los rankings nacionales y representan al país de forma sostenida en las Copas del Mundo y Grand Prix de la Federación Internacional de Esgrima (FIE).
Entre los clubes tradicionales en los que se puede practicar esgrima se encuentran instituciones históricas como Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA), el Jockey Club, el Centro Naval, el Círculo Militar y el Club Francés, que siguen siendo las principales usinas de atletas, pero también centros para la práctica de la esgrima recreativa.Fuera de Buenos Aires, el deporte mantiene polos de desarrollo competitivo y de esgrima comunitaria en provincias como Santa Fe (Rosario), Córdoba y Mendoza.