OPINIóN
ANÁLISIS

Groenlandia y la geopolítica de hechos consumados

Lo que está en juego puede cambiar para siempre el tablero global. Estamos presenciando el regreso explícito de la geopolítica territorial y la competencia por los recursos estratégicos en el corazón del mundo occidental, con un elemento disruptivo adicional: la puja entre aliados.

Groenlandia Trump 11012026
Groenlandia Trump | AFP

Mientras el mundo observa con asombro las declaraciones estrepitosas, el gélido paisaje de Nuuk se ha convertido esta semana en el tablero de una partida que define el orden global en este siglo. El aterrizaje de las primeras tropas de la “Operación Resistencia Ártica” —una coalición liderada por Francia y Alemania, que incluye también a Suecia, Noruega y Reino Unido— marca un punto de inflexión: la diplomacia de las formas ha muerto en el Ártico, dando paso a una geopolítica de presencia física y hechos consumados.

Este despliegue europeo no es una casualidad, sino la respuesta al fracaso de las negociaciones en Washington. El eje Vance-Rubio ha dejado claro que la administración Trump no ve en Groenlandia a un socio soberano, sino un activo estratégico indispensable.

Lo que está en juego puede cambiar para siempre el tablero global. Estamos presenciando el regreso explícito de la geopolítica territorial y la competencia por los recursos estratégicos en el corazón del mundo occidental, con un elemento disruptivo adicional: esto ya no es una puja entre adversarios tradicionales, sino entre aliados. Esto sitúa a la OTAN en el centro de una tensión para la que no está diseñada.

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¿Por qué Groenlandia?

Las razones del interés son muchas y variadas. La isla resulta irrelevante desde un punto de vista demográfico. Sin embargo, desde la perspectiva geopolítica del siglo XXI, ocurre exactamente lo contrario. Su verdadero valor no reside en su ubicación, sino en lo que hay bajo el hielo y en su proyección futura. Diversos estudios geológicos coinciden en que la isla alberga una de las mayores concentraciones inexplotadas de minerales estratégicos del planeta: elementos de las tierras raras, que son insumos esenciales para sistemas avanzados de armas, electrónica, inteligencia artificial y transición energética. Hoy en día, China controla más del 60% de la oferta global y casi el 90% de la capacidad de refinación, lo que convierte cualquier alternativa viable en un activo de primer orden. También yacimientos de uranio y otros metales imprescindibles para el desarrollo tecnológico futuro de la inteligencia artificial en gran escala.

Hay una fuerte presunción de que quien posea Groenlandia,poseerá la llave de la soberanía tecnológica del futuro, sobre todo en un escenario de progresivo deshielo del Ártico, que hace factible su extracción a costos económicamente viables.

El calentamiento global, que muchos fundamentalistas niegan, también hará posible la apertura de rutas marítimas transpolares que podrían reducir los tiempos de transporte entre Asia y Europa hasta en un 40%, alterando el comercio global y la proyección naval. La posición geográfica de Groenlandia la proyecta como plataforma de influencia en un espacio que dejará de ser periférico para convertirse en eje de competencia. No se trata una disputa simbólica: es una disputa por capacidades futuras.

La avanzada de Silicon Valley y las “Freedom Cities”

Lo disruptivo de este escenario es que el Estado norteamericano no avanza solo con estas ambiciones. Detrás de la retórica de la Casa Blanca también opera una elite tecnológica y financiera que ve en la isla una “tabula rasa”.

Además del posicionamiento empresario tradicional en los rubros de minerales y energía, figuras prominentes de Silicon Valley, vinculadas a proyectos de secesión urbana y soberanía privada —como los ideólogos de las llamadas “Freedom Cities”—, proyectan en Groenlandia utopías libertarias de alta tecnología.

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El plan es ambicioso: crear zonas de desarrollo autónomo, fuera de la jurisdicción regulatoria de la Unión Europea, donde la minería automatizada y centros de datos masivos con requerimientos energéticos satisfechos, ayudados por el clima glacial, operen bajo leyes corporativas propias. Para estos actores, Groenlandia es la frontera final donde el capital y el código pueden reescribir las reglas del Estado-Nación.

La conclusión es clara: el poder ya no se ejerce únicamente desde cancillerías o Ministerios de Defensa, se externaliza, se privatiza y se vuelve más opaco en términos de responsabilidad política.

El dilema de la OTAN

Esta crisis sitúa a la OTAN ante un dilema para el cual no tiene manual de instrucciones. El Tratado del Atlántico Norte fue diseñado para repeler agresores externos, no para mediar en una desposesión territorial entre sus propios miembros. Aquí radica la falla de diseño existencial: si el principal garante de la seguridad occidental —Estados Unidos— utiliza la coerción contra un aliado —Dinamarca— para hacerse de sus recursos bajo la excusa de la seguridad nacional, la arquitectura de seguridad colectiva colapsa por dentro.

El envío de tropas europeas va más allá de un gesto simbólico de defensa, se trata de una movida que intenta elevar el costo político de cualquier avance unilateral. Porque si la fuerza de un socio puede anular el derecho soberano de otro, la OTAN dejaría de ser una alianza de iguales para transformarse en un sistema de protectorados.

En ese sentido se han expedido altos funcionarios y gobiernos aliados, subrayando la importancia de garantizar la seguridad ártica dentro del marco de la Alianza, así como defender la soberanía de los territorios de los miembros. Han reafirmado que cualquier intento unilateral de alterar el estatus territorial tendría profundas implicaciones para la cohesión de la alianza y la defensa colectiva, e incluso respecto de su continuidad.

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La trampa del tiempo: el regalo estratégico para Moscú y Beijing

Sin embargo, el mayor riesgo de esta estrategia de coacción va más allá de la ruptura del vínculo transatlántico, se trata de la “trampa del factor tiempo”. Mientras la administración Trump consume su capital político y diplomático en presionar a un aliado íntimo, genera una fricción que es celebrada en otras latitudes. Para Rusia y China, ver a la OTAN sumergida en una crisis de confianza interna es un regalo inesperado.

Mientras Washington se obsesiona con la “posesión” de activos en el Ártico, Moscú acelera la consolidación de su Ruta del Mar del Norte y Beijing avanza en su “Ruta de la Seda Polar”, presentándose ante el mundo como socios respetuosos de la soberanía frente a las arbitrariedades de su adversario estratégico. Al romper las reglas que el propio Washington supo liderar, esta gestión le otorga a las potencias autocráticas la licencia moral para actuar bajo la misma lógica del hecho consumado en otras geografías críticas. En su afán por ganar una posición táctica en Groenlandia, Estados Unidos podría estar pavimentando el camino hacia su propio aislamiento estratégico.

El futuro

Groenlandia es una confirmación de una nueva era basada en la coerción. La pregunta que queda en el aire es la metodología. ¿Desaparecerá esta forma cruda y peligrosa de conducir la política internacional con los líderes que la encarnan, o se consolidará definitivamente como una forma de ejercer un poder que ha llegado para quedarse?

Pero hay una segunda pregunta, incluso más decisiva: ¿Qué posición adoptarán los Estados, sociedades y liderazgos que sean conscientes de que esta lógica favorece solo a unos pocos, antes de que el método de los hechos consumados deje de ser la excepción y se convierta en la regla? Esto nos exige repensar cómo defender principios sin quedar paralizados frente a quienes avanzan por fuera de ellos.

* Especialista en seguridad internacional y gobernanza ética de IA