La confusa crisis en el Estrecho de Ormuz ha aclarado cómo funciona el poder en el siglo XXI. Nos recuerda que la mayor amenaza a largo plazo para los Estados Unidos no es el fortalecimiento militar de China ni la agresión rusa, sino la fragmentación gradual del sistema de alianzas que ha respaldado su liderazgo mundial desde la Segunda Guerra Mundial.
Durante ocho décadas, este activo estratégico ha importado más que el poder militar bruto, porque ningún rival de EE. UU. ha sido capaz de igualarlo. Con más de 50 aliados por tratado y socios de seguridad formales, EE. UU. construyó el primer sistema de seguridad verdaderamente global de la historia. China tiene socios comerciales pero solo un aliado de seguridad (Corea del Norte), y los cinco aliados de Rusia están ligados por la dependencia y la coerción. Solo EE. UU. lidera una coalición mundial de países que, durante generaciones, han elegido voluntariamente vincular su seguridad a la suya.
Sin duda, varios presidentes, especialmente Donald Trump, han expresado su preocupación por los costes del sistema de alianzas. Pero lo que ellos ven como una carga ha permitido repetidamente a EE. UU. movilizar coaliciones cuando estallan las crisis. En 1991, por ejemplo, EE. UU. reunió una vasta fuerza multinacional para expulsar a las tropas iraquíes de Kuwait, contando con fondos y logística de aliados de la OTAN, socios árabes y estados asiáticos.
El narcisismo como talón de Aquiles: por qué el culto a Trump podría implosionar
Incluso durante la guerra de Irak en la década de 2000, mucho más divisiva, EE. UU. fue capaz de atraer socios. Cuatro países participaron en la invasión inicial y casi 40 desplegaron tropas en algún momento. La realidad política y militar seguía siendo la misma: incluso en guerras polémicas, el poder de EE. UU. operaba a través de coaliciones en lugar del unilateralismo.
El contraste con el momento presente es sorprendente. Mientras las tensiones aumentan en torno a Irán y los precios del petróleo se disparan, la administración Trump ha suplicado a los aliados que ayuden a asegurar la navegación por el Estrecho de Ormuz. Casi una quinta parte del petróleo y el gas natural licuado del mundo pasa por este canal, lo que da a los aliados un interés directo en mantenerlo abierto; sin embargo, la respuesta ha sido cautelosa o negativa.
Varios aliados importantes —incluidos España, Italia y Alemania— han rechazado participar. Australia ha dicho que no enviará barcos, mientras que Canadá ha descartado operaciones ofensivas. Francia, Japón y Corea del Sur no han comprometido buques de guerra. El patrón es inconfundible: los aliados que antes se movilizaban junto a EE. UU. ahora parecen cada vez más reacios a asumir riesgos de seguridad bajo su liderazgo.
El regreso de la fuerza bruta: ¿es viable un mundo dividido en esferas de poder?
Parte de esta vacilación refleja el coste acumulado de años en los que Trump y sus seguidores de MAGA han menospreciado públicamente a los aliados y cuestionado los compromisos de seguridad. Pero esta vez, la historia no se limita a la reticencia de los socios. Se está produciendo un cambio más profundo: socios clave como Francia e Italia han comenzado a explorar discusiones directas con Irán para garantizar el paso seguro de su propia navegación comercial.
Los mercados energéticos explican la urgencia. Los precios del petróleo han superado los 100 dólares por barril. Los gobiernos europeos temen que un cierre prolongado del estrecho agrave las tensiones económicas. Pero en lugar de coordinar una respuesta colectiva, varios aliados están explorando acuerdos independientes con el mismo estado con el que EE. UU. ha ido a la guerra.
Durante décadas, el liderazgo de EE. UU. desalentó precisamente este comportamiento, basándose en que los pactos separados con adversarios erosionan la cohesión. Las alianzas descansan en la seguridad colectiva; una vez que los gobiernos negocian sus propias excepciones, la alianza deja de funcionar como una red de seguridad coordinada y se convierte en una agregación laxa de estrategias nacionales.
El dilema del Golfo: entre la paciencia estratégica y la trampa de la guerra
Las alianzas rara vez se colapsan abruptamente; suelen erosionarse gradualmente a medida que los miembros buscan protección fuera del sistema. Si los estados europeos logran negociar garantías separadas con Irán, las implicaciones irán mucho más allá del Golfo Pérsico. Tal resultado atacaría el corazón del poder estadounidense y marcaría el inicio de una ruptura más amplia en la arquitectura de seguridad global.
Esa arquitectura tardó generaciones en construirse, pero la fragmentación de la seguridad podría desmantelarla mucho más rápido. Y no se equivoquen: si EE. UU. pierde el sistema de alianzas que amplifica su poder, se enfrentará a un mundo desconocido, uno que ya no estará configurado por la potencia hegemónica que la mayoría de los estadounidenses actuales siempre han dado por sentada.
Carla Norrlöf es profesora de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto.