martes 19 de octubre de 2021
OPINIóN Análisis
20-09-2021 11:39
20-09-2021 11:39

Nuevas hipótesis sobre los desafíos de la homosexualidad

Recientes investigaciones sobre la comunidad gay otorgan profundas respuestas a viejas preguntas.

20-09-2021 11:39

Hace ya cuatro años un artículo publicado en el diario Huffington Post titulado “Together Alone” causó impacto en quienes estudian los problemas sociales que giran alrededor de la homosexualidad, especialmente la masculina. La bajada era clara: “La epidemia de la soledad gay”. Catorce estudios sociológicos respaldaban la investigación.

Las conclusiones a las que llega su autor, Michael Hobbs, aplican al menos a la mayor parte de la Argentina urbana, porque la pregunta central que él se hace es ¿por qué los derechos LGBT no curaron la soledad gay?

Argentina aprobó el matrimonio igualitario -por ley, no con un fallo de la Corte- cinco años antes que Estados Unidos y nuestro país puede enorgullecerse de ser pionero en la ampliación de derechos para esta minoría. El DNI para personas no binarias es el último logro.

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Pero la comunidad gay sigue teniendo una tasa de suicidio que es de dos a diez veces más alta que el promedio, diagnósticos de depresión que duplican a la media, una tasa de infección con HIV que es, al menos, 1000% superior a la de los heterosexuales (con el agravante de que, en Argentina, el Estado no distribuye la medicación que evita el contagio, el Prep) y la soledad -como bien dice el autor del Huffington Post- es endémica.

¿Por qué? No es simple -y tal vez ni siquiera se pueda- separar la discriminación y la presión externa a un chico gay de la autopresión y de la ansiedad que le genera el hecho de ser gay. Y empecemos por ahí. Citando estudios de la Universidad de Yale, Hobbs denomina “ansiedad de las minorías” a la que padecen negros, indígenas, gays y otras minorías marginalizadas.

Calculemos a la minoría gay masculina en no más de 1 de cada 20 varones de la población total. A este 5% lo atrae algo que es muy distinto a lo que atrae al otro 95%. Esta situación genera una ansiedad que se da desde el inicio, desde los primeros años, desde que el individuo intuye que su atracción hacia personas del mismo sexo no es la mayoritaria, sino, al contrario, muy minoritaria. Esto sucede más allá de cualquier presión externa o discriminación. El chico se va dando cuenta solo de que hay algo en él que es muy diferente. E, invariablemente, lo llena de ansiedad.

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Pero no es lo mismo la minoría gay que, por ejemplo, la minoría afroamericana. Esa comunidad tiende a convivir en sus propios barrios y a apoyarse mutuamente. A pesar de hay una creciente solidaridad en el colectivo gay, la crueldad está a la orden del día, sólo hay que leer un diálogo estándar en la red social de encuentros Grindr. Esa red social es estudiada por el sociólogo Christopher Conner, quién ha publicado varios artículos sobre la violencia, racismo y abusos de Grindr. Pero, aunque la mayor parte de la responsabilidad de esa situación recae en la aplicación, lamentablemente representa fielmente cómo la comunidad gay masculina muchas veces se maneja entre sí. Sino, no hay forma de explicar el éxito y rentabilidad de Grindr.

Por otro lado, es imposible ocultar que uno es negro, pero es posible -y por largo tiempo- ocultar que uno es gay. Esto genera una comunidad particular con un porcentaje en el closet y otro fuera, que multiplica la ansiedad inicial que va creciendo y que llega a su clímax en la pubertad.

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En la pubertad ese chico conoce a quien va a ser la dupla, la media naranja de esa ansiedad originaria: el orgasmo. Se encontraron el hambre y las ganas de comer. Por varios motivos, al varón gay se le facilita el encuentro sexual y usará generosamente esa sexualidad para canalizar y tratar esa ansiedad. El tratamiento de la ansiedad a través del orgasmo no puede concluir bien. Más adelante en su vida, encuentros llenos de intimidad pero vacíos de compromiso y de futuro cumplirán el rol de intentar sobrellevar la soledad. Al tratamiento fallido sobre la ansiedad se le sumará uno nuevo, pero igual de errado, para la soledad. Aunque no todos los varones gays repiten este patrón, sigue siendo el más común.

Hobbs describe casos de niños con padres que los apoyan, con escuelas que también los apoyan, en comunidades liberales donde la discriminación no es la regla y, aún así, llenos de miedos que sólo crecen con los años y que, si no son tratados a tiempo, son de compleja resolución.

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Entonces ¿Cuál es el camino de salida? Además del apoyo familiar, escolar y de la lucha contra la discriminación, el chico deberá poder identificar cuándo se dan esos picos de ansiedad para entenderlos, dejarlos pasar y que no crezcan. Llevar a nivel consciente esa ansiedad, verla venir. De no hacerlo, serán una bola de nieve en su adultez.

La autoobservación obsesiva de, por ejemplo, su vestimenta o sus modales (la búsqueda de las famosas “plumas”) llevan a buena parte de los varones gays a ser ultradetallistas. Este hecho, que nace de una situación negativa (¿se darán cuenta soy gay?) puede ser transformado en un fuerte. ¿O, acaso los gays no nos caracterizamos por ser grandes diseñadores, artistas, analistas? Sin esa obsesión por el detalle, ¿habría podido Alan Turing descifrar el Código Enigma de los nazis y ayudar a ganar la guerra contra el fascismo? Ayudar al niño a trasladar y canalizar su autoobservación obsesiva a la creatividad lúdica: ese es un camino posible.

Lo mismo sucede con un mundo que de niños vemos como ajeno, con una sociedad que percibimos con claridad no fue diseñada para nosotros. De ese hecho se puede extraer una gran virtud: tener perspectiva, distancia.

¿Y que queda para los gays ya adultos, para con los que no se puede aplicar desde casi cero este tratamiento de identificación de la ansiedad de niño o del juzgarse permanentemente?

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Una profunda aceptación de uno mismo, ajena a la victimización y aún más ajena al auto daño. Aceptar que se es diferente y que eso no es ni bueno ni malo. Es el desafío que te tocó y para el cual hay que tener presentes las palabras de Sigmund Freud: “la única persona con la que debes compararte es con la persona que eras ayer”. Y por qué no, canalizar toda esa creatividad, ese humor lleno de ingenio y ese buen gusto (disculpen estimados lectores heterosexuales, pero es así) en construir una mejor sociedad.

No puedo y no quiero cerrar este artículo sin un importante recordatorio. Si es que podemos debatir los desafíos de la comunidad gay posderechos es porque hubo quienes dieron en una pelea desigual para conseguir esos derechos. Por eso, toda la sociedad, y no sólo nuestro colectivo, necesita más personas valientes, más personas decididas, más personas que enfrenten sus miedos.

Más personas como Carlos Jáuregui.

 

* Hernán Madera.