3rd de March de 2021
OPINIóN Historia política
23-12-2020 14:46

Diciembre de 1975: el declive final de las guerrillas en la Argentina

El ERP intentó copar un regimiento en Monte Chingolo y fue secuestrado Roberto Quieto, número 2 de Montoneros. Ambos hechos demuestran claramente que las guerrillas estaban destruidas antes del golpe militar del 24 de marzo de 1976.

23-12-2020 14:46

El 23 de diciembre de 1975 el ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo) intentó copar el Batallón de Arsenales Domingo Viejobueno en la localidad de Monte Chingolo y sufrió la peor derrota de su historia. Apenas cinco días después, Roberto “El Negro” Quieto, número 2 de la guerrilla peronista Montoneros fue secuestrado a plena luz del día, desarmado, cuando pasaba un día de playa junto a su familia. Quieto ya había perdido toda expectativa en el proyecto revolucionario y estaba anímicamente derrotado. Ambas acciones demuestran a las claras que las principales guerrillas de la Argentina estaban en franca decadencia antes del golpe genocida producido el 24 de marzo de 1976, cuyo argumento principal para tomar el poder fue precisamente el de “aniquilar” a la subversión armada.

El sexto y último golpe militar que se produjo en la Argentina (y el más cruento) autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, liderado inicialmente por el trío Videla, Massera y Agosti, asaltó el poder con el argumento de aniquilar a los grupos “subversivos” armados de Montoneros y el ERP. Sin embargo, para marzo de 1976, las guerrillas estaban casi extinguidas y/o habían perdido -si alguna vez lo tuvieron- todo tipo de apoyo popular. Así, el terrorismo perpetrado desde el estado mediante el secuestro y la desaparición de miles de personas, tuvo como objetivo principal disciplinar a la sociedad, transformar la estructura económica de una vez y para siempre, beneficiando al sector agropecuario (“el campo”) y las finanzas, destruyendo el aparato industrial y por consiguiente, a una clase obrera sindicalizada, que gozaba de un alto poder adquisitivo. En suma, el terrorismo estatal y el proyecto económico neoliberal debe considerarse como un tándem (personificado en Videla y Martínez de Hoz) e insistir, una vez más, que las organizaciones guerrilleras ya languidecían para finales de diciembre de 1975.

 

23 de diciembre de 1975: El intento de copamiento del Batallón de Arsenales del Ejército Domingo Viejobueno por parte del PRT-ERP

El Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) fue creado el 25 de mayo de 1965 por la unión de dos pequeñas organizaciones: el FRIP (Frente Revolucionario Indoamericano Popular), liderado por Mario Roberto Santucho, que intentaba agrupar a los trabajadores rurales del norte argentino y PO (Palabra Obrera), dirigida por Nahuel Moreno, de filiación troskista, que militaba entre el proletariado industrial de Buenos Aires. El PRT adoptó el marxismo leninismo y a poco andar ya comenzaron a vislumbrarse diferencias entre Santucho y Moreno sobre la necesidad de impulsar la lucha armada. Recordemos que en la década de 1960 el mundo estaba convulsionado: la guerra de Vietnam, el movimiento por los derechos de los afroamericanos en los Estados Unidos, los procesos de descolonización en África, el Concilio Vaticano II, el Mayo Francés, la Revolución Cubana, la muerte de Ernesto “Che” Guevara en Bolivia, entre tantos otros hechos; y, a nivel local, la proscripción del peronismo desde 1955 y el establecimiento de la dictadura militar de Juan Carlos Onganía.

Estas diferencias se hicieron explicitas en 1968 cuando el PRT se dividió en dos: por un lado, La Verdad Obrera, liderado por Moreno, que seguiría con su trabajo en las fábricas y propiciando huelgas y por el otro, El Combatiente, dirigido por Santucho que creía imperioso conformar un aparato militar.

¿Tuvo apoyo popular la guerrilla en la Argentina?

En 1970 se creó el ERP y su debut fue trágico: al copar una comisaría en la ciudad de Rosario fueron asesinados dos policías. Entre su creación y 1973, cuando regresó el peronismo al poder, el ERP fue la guerrilla más activa militarmente: secuestro de empresarios para cobrar rescates (algunos con final infausto, como en el caso de Oberdan Sallustro, gerente general de FIAT), asesinato de militares implicados en la represión, desarme de policías y toma de comisarias. En general, las acciones del ERP procuraban evitar el derramamiento de sangre y generar empatía entre los sectores populares. Así, en los secuestros obtenían ingentes sumas de dinero para financiar la lucha armada y obligaban al reparto de alimentos y frazadas en las barriadas humildes.

El triunfo electoral de la fórmula Cámpora-Solano Lima en marzo de 1973 no alteró un ápice los planes del PRT-ERP cuyo objetivo principal era la construcción de un sistema socialista. Así, ante un pedido de tregua del flamante presidente, el ERP planteó que no dejaría de combatir. No atacarían al gobierno ni a la policía (si éstos no los atacaban), pero continuarían luchando contra las grandes empresas multinacionales y contra las Fuerza Armadas. En definitiva, para Santucho, Perón y el peronismo eran la última tabla de salvación del capitalismo en la Argentina.

El regreso de Perón, la masacre de Ezeiza (donde vieron detrás la mano de la Central de Inteligencia Americana) y la derechización del gobierno que comenzó a eliminar físicamente a los militantes de la izquierda peronista, a través de la tenebrosa Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) dirigida por José López Rega, ex mayordomo de Perón y ministro de Bienestar Social, confirmaron las ideas de Santucho acerca de que sólo era viable la guerra revolucionaria sin tregua hasta llegar al socialismo.

Para 1974, el ERP profundizó su accionar contra las Fuerzas Armadas con el intento de copar un regimiento en la localidad de Azul en el que perdieron la vida algunos militares y guerrilleros y obligó a renunciar a Óscar Bidegain, gobernador de la provincia de Buenos Aires, cercano a la izquierda peronista. Por otro lado, Santucho envió a Luis Mattini, hombre de su extrema confianza, a La Habana, para lograr apoyo financiero y logístico a fin de establecer una guerrilla rural en el monte tucumano. Mattini se volvió con las manos vacías: Fidel Castro le indicó que en un país con un gobierno democrático (Perón había triunfado meses antes con el 62% de los votos), era inviable establecer una guerrilla. Asimismo, que Argentina, en el gobierno de Cámpora, había restablecido las relaciones económicas con la isla, lo que aminoraba un poco el férreo bloqueo impuesto por los Estados Unidos. No obstante la negativa, Santucho siguió adelante y creó su guerrilla rural que fue desmantelada a partir de febrero de 1975 con el Operativo Independencia, cuando el gobierno de Isabel Perón le dio directivas a las Fuerzas Armadas para “aniquilar el accionar subversivo” en Tucumán.

Para diciembre de 1975, el ERP iba a lanzar la mayor operación de su historia: el copamiento del Batallón de Arsenales del Ejército Domingo Viejobueno en la localidad de Monte Chingolo con el objetivo de apoderarse de más de veinte toneladas de armamento. También sería un modo de acelerar las contradicciones de un gobierno que languidecía y mostrar a la sociedad el poder que tenían los militares en el mismo.

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El ataque al cuartel estuvo mal barajado desde el inicio:  unos días antes fue secuestrado el jefe de inteligencia del ERP. Si bien no entregó información, unos croquis que le encontraron entre sus ropas, advirtieron a los militares sobre cuál era el posible objetivo. Pero más aún, el ERP estaba infiltrado hacía un año por Jesús “El Oso” Rainier, un lumpen proveniente de la resistencia peronista que comenzó a trabajar, a cambio de dinero, para la inteligencia militar. La tarea del Oso dentro del ERP era el traslado de personas y armamentos y así fue entregando información -diariamente- a sus contactos en el Ejército que descubrieron cuál era el objetivo de la guerrilla marxista.

Si bien Santucho tenía la sospecha que el ERP estaba infiltrado y que la operación estaba cantada, decidió seguir adelante. En definitiva, no hacía más que seguir su impulso desde aquel ya lejano 1965 cuando propuso crear el PRT y luego la guerrilla, cuando no guardó las armas ante el triunfo popular de marzo de 1973 o cuando lanzó su grupo armado en Tucumán.

En la tarde del 23 de diciembre de 1975, vísperas de Nochebuena, más de 250 guerrilleros y guerrilleras (atención al número: la mayor operación de la guerrilla marxista involucró a poco más de dos centenares de personas, para poner en real dimensión el grado de peligrosidad que implicó para el Estado argentino) participaron en el intento de copamiento. A los que entraron, los estaban esperando y los masacraron. También masacraron a los que se refugiaron en las villas miserias cercanas al regimiento. Y claro, a los villeros. Por si les daban apoyo y por si acaso. El resultado final fue más de 100 guerrilleros y guerrilleras asesinadas, una decena de militares muertos y un número impreciso de desaparecidos y villeros y villeras ajusticiados. Fue el intento más osado del ERP y la derrota más dura que le propinó las Fuerzas Armadas. De hecho, el ERP nunca se recuperó. Fue su derrota final. Pocos meses después de iniciado el golpe genocida, Santucho fue asesinado por una patrulla del Ejército en la localidad de Villa Martelli.

 

28 de diciembre de 1975: Secuestro y desaparición de Roberto Quieto

El “Negro” Roberto Quieto, abogado, nacido en 1939, fue integrante de la Federación Juvenil Comunista (FJC) hasta que lo expulsaron por su actividad a favor del guevarismo y la Revolución Cubana; de hecho, estableció contactos con el Che, que quedaron truncos con el asesinato del guerrillero argentino en La Higuera en octubre de 1967.

Quieto fue uno de los dirigentes más importantes de la guerrilla marxista de las FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias) y participó en el copamiento de la localidad de Garín, en el Gran Buenos Aires, en julio de 1970. Estando preso, se escapó de la cárcel de Rawson en la cinematográfica fuga de agosto de 1972, que implicó el secuestro de un avión en Trelew, el viaje a Chile y a posteriori a Cuba (recordemos que los guerrilleros que no lograron fugarse fueron masacrados en la Base Almirante Zar). A partir de la fusión entre los Montoneros y las FAR que tuvo lugar en octubre de 1973, Quieto fue designado número 2 de la organización (el número 1 era Mario “Pepe” Firmenich). Quieto fue uno de los participantes clave en el secuestro de los hermanos Juan y Jorge Born -del grupo económico más importante en aquel entonces- que le permitió a Montoneros obtener el mayor botín en la historia de las guerrillas en el mundo: 60 millones de dólares (hoy en día, alrededor de 250 millones).

Cabe señalar que Montoneros desde su aparición en 1970 con el secuestro y asesinato de Pedro Eugenio Aramburu hasta bien entrado el año 1973, contó con una notoria capacidad de movilización y con importantes organizaciones de “superficie”, legales, en diversos ámbitos (fábricas, universidades, villas, etc.). Luego, el enfrentamiento directo con Perón, una creciente militarización que desplazó a la política y el accionar represivo de la Triple A, fueron apartándolo de aquel pueblo que en algún momento, tal vez, representó.

 

 

Montoneros 20201223

Roberto Quieto

 

De este modo, Montoneros comenzó a realizar operativos de gran espectacularidad (por ejemplo, el asesinato del temido y odiado Jefe de Policía Alberto Villar), en los cuales la clase obrera no tenía ninguna participación y cuyos resultados no arrojaban ninguna acumulación de poder político en esa dirección.

Para fines de 1975, si bien la guerrilla peronista contaba con importantes recursos económicos y armamentísticos, ya había perdido todo anclaje en lo popular y estaba embarcada en una guerra de aparatados contra el Estado, guerra que indefectiblemente, iba a perder. Este devenir había sido advertido por Quieto quien solicitó alejarse de la organización por “problemas políticos y personales”, pero ese pedido le fue denegado. Quieto, a diferencia de otros cuadros de la organización, estaba enamorado de una mujer que no compartía su proyecto revolucionario y las dificultades que éste traía aparejado (vivir clandestinos, mudarse continuamente, evitar contactos familiares por seguridad, etc.). Y esa cuestión siempre fue una cruz para Quieto. Cruz que llevaba con mucha dificultad: alejado de su mujer, sin poder ver a sus hijos, sin más expectativa en el proyecto político al ver que “los fierros” le habían ganado por goleada a la política, Quieto desobedeció las órdenes de la cúpula de Montoneros en ocasión de las fiestas navideñas. Por razones de seguridad y debido a que la represión estaba en alza, la conducción montonera ordenó a sus cuadros que no podían reunirse con sus familias en las clásicas celebraciones.

Quieto, el número 2 de la organización, desobedeció aquellas órdenes. El 28 de diciembre de 1975 organizó una juntada con toda su familia: así, estuvieron los trece integrantes entre la madre, los hermanos, la esposa, los hijos y los sobrinos, en una playa de la localidad de Martínez, llamada “La Grande”. El guerrillero montonero disfrutó el día a pleno y al atardecer, una patota del Ejército lo detectó y lo secuestró. Quieto estaba desarmado. Solo opuso una tenue resistencia. Se lo llevaron y nunca más apareció.

Las muertes de Perón

Inmediatamente, Montoneros inició una campaña para que el Estado “lo blanqueara”, legalizara su detención. Se confeccionó una solicitada: uno de los firmantes fue el intelectual francés Jean Paul Sartre. Por su parte, Roberto Perdía, de la conducción montonera, se reunió en secreto con un militar de alto rango, Albano Harguindeguy: “No lo tenemos, pero si lo tuviésemos no se lo devolveríamos”, le dijo y dio por terminada la reunión.

Días después, ante una serie de caídas de casas operativas y de militantes, Montoneros suspendió la campaña por su aparición y calificó a Quieto como traidor. Desde apoltronados sillones, los jerarcas montoneros condenaron a muerte a Quieto -en ausencia- acusándolo de tener un carácter individualista, extremadamente liberal y de “malas resoluciones de su vida familiar y su no asunción a fondo de las implicancias de la clandestinidad, además de incumplimiento del deber de revolucionario en manos de la represión e imputado del delito de delación (…) ya que hablar bajo tortura es una manifestación de grave egoísmo y desprecio por el Pueblo”. A diferencia de otras organizaciones guerrilleras del mundo que fijaban un plazo de 24 horas a sus militantes, Montoneros pretendía que una persona que caía en manos del enemigo no entregara información y resistiera la tortura hasta la muerte. Luego del caso Quieto, se estableció la pastilla de cianuro para los guerrilleros y guerrilleras. Si los iban a atrapar, debían tomarse la píldora y morir para no entregar información.

Hace unos años, Lila Pastoriza, una intelectual y ex militante setentista, publicó un extenso artículo sobre Quieto, demostrando claramente que éste no había dado información a los militares y que de haberlo hecho, por el altísimo lugar que ocupaba en la organización y el conocimiento que tenía de fábricas de armas, de dinero de los secuestros, de casas operativas, etc., los Montoneros hubiesen sido desarticulados instantáneamente. En definitiva, como señaló Alejandra Vignolles, a Quieto lo mataron tres veces: primero cuando comenzó a sentir lo difícil que se le hacía estar alejado de sus hijos como consecuencia de la vida en clandestinidad, sumado a la sensación de un inminente fracaso del proyecto revolucionario; luego cuando sus propios compañeros, al no darle el derecho a defensa y juzgarlo en ausencia lo transformaron en traidor, y finalmente por el flagelo de las torturas a las que el sistema represivo lo sometió.

Nuestros decisivos años 70

Para finalizar, retomamos la idea inicial: el golpe militar iniciado el 24 de marzo de 1976 no se llevó a cabo para aniquilar a la “subversión” armada, puesto que ésta ya estaba virtualmente derrotada, aislada y sin ningún apoyo político y social. El autodenominado “Proceso de Reorganización Nacional” tuvo como objetivo destruir y empobrecer a una clase trabajadora poderosa, con sindicatos fuertes, destruir el aparato industrial (montado en los anteriores cincuenta años) y favorecer al campo y al sector financiero. Las consecuencias sociales, políticas y económicas de aquel golpe siguen visibles en nuestra Argentina, hoy en día