OPINIóN
Análisis

Una nueva casta de niños sádicos y decadentes: discursos refundadores, acciones destructivas

Se acelerará la decadencia política y aumentará la frustración social. Las elites son responsables de que una generación cancele su propio futuro. Esperar lo mejor, prepararse para lo peor.

“Nabucodonosor” - William Blake - 1805.
“Nabucodonosor” - William Blake - 1805. | Cedoc

“Si hubiese un camino hacia lo mejor, exigiría una mirada plena a lo peor”.
Thomas Hardy, In tenebris II, 1895.

1. Resentimiento y miopía generacional.

Hace exactamente dos años señalamos, en esta nota de Noviembre del 2021, que estábamos ante una encrucijada generacional entre el colapso y la rápida cancelación del futuro. En forma resumida, lo decíamos de la siguiente manera: "Si tenemos una sociedad unida por la frustración, el odio político y el resentimiento social, de ese rencor visceral y oscuro nacerá el sol negro que eclipsará el futuro de todas y todos. Esas serán las fuerzas que dirán adiós a los derechos. La única certeza colectiva en un país imprevisible es que el juego de autodestrucción y suma cero nos garantiza construir un Estado fallido, “una carta de navegación” hacia un abismo, un previsible y lento colapso".

La imagen límite que intentamos describir hacía énfasis en que la pandemia había acelerado un proceso social ya latente, una pulsión autodestructiva ya presente, un grito primal de ese animal racional que es más animal que racional, y que dicho proceso conjugado con políticas del resentimiento iba a generar una crisis política, un sol negro. De hecho, esa intuición se hizo evidente con irracionalidades sociales desde fines de 2018, mediados del 2019 y se intensificó con la experiencia vital y extrema de la pandemia, hoy ya olvidada por la mayoría. La pandemia no lo generó. La pandemia lo aceleró y puede tomar todavía mayor velocidad.

La inflación sin control, los discursos de odios cruzados, la destrucción de las capacidades del Estado, la irresponsabilidad de una presidencia con discursos vacíos y sin plan operativo ni compromiso con las necesidades sociales, junto a una elite política y corporativa en un juego autodestructivo fue lo que alienó a una población sin paz social ni salud mental. Todo esto hizo entrar a la sociedad en una etapa donde la única certeza será profundizar su propia fragilidad y agonía en tiempos salvajes.

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Es probable que la destrucción de las capacidades del Estado no sea recordada cuando la próxima pandemia requiera utilizar al Estado más para administrar vidas que para salvarlas. Es probable que el Estado debilitado en ciertos sectores, fortalecido en otros, sea utilizado con otros fines. Se lo deberemos a funcionarios políticos que estuvieron estos años sacándose selfies y expandiendo las guerras culturales narcisistas contra sus votantes mientras la inflación los enfurecía.

La sociedad -y su elite- parece incapaz de salir del trance que le impide ver su propio pasado y futuro. Se vive en un presente amnésico y encapsulado en sí mismo, sin pasado ni futuro. Nadie ve los efectos de sus acciones. Lo que impide proyectar el futuro también ayuda a distraerse, a no pensar en las consecuencias necesarias de un mañana que se niega.

Todo será brutal y efímero, cruel y banal. Habrá consecuencias lógicas donde muchos ven sorpresas inesperadas. Como en otros momentos claves de la historia de la Argentina, los cincuenta, los setenta, los noventa, todo lo predecible se presentará como impredecible, todo lo evitable como inevitable. La miopía generacional impidió ver los procesos sociales desencadenados que serán resignificados en el futuro como tragedias sociales. La tragedia social en curso puede todavía evitarse, morigerarse. Sin embargo, los responsables políticos no pueden dejar de ver las pantallas de sus celulares y no pueden abandonar el narcisismo de las pequeñas internas políticas y judiciales, esto es, no pueden dejar de destruir sus propias bases y condiciones para la acción política en democracia.

2. Espirales de silencio y de violencia.

La sociedad hará vocal lo que hasta ahora estaba encerrado en murmullos y broncas masticadas en sus espirales de silencio. Todo el malestar -expresado y no expresado- se tradujo en un resultado electoral tan categórico como enigmático para nuestro futuro.

Con soberbia y superioridad moral, muchos negaron la realidad, censuraron a personas que de buena fe expresaban sus disensos y se rieron del malestar social durante más de cuatro años. Muchos siguen haciendo ironías bobas sobre las mayorías populares que dejaron de votarlos y que se sintieron abandonados por una clase política sorda y ciega. Una clase política que no ve sus distancias y privilegios porque no dialoga con las mayorías hiperprecarizadas y relegadas, que viven día a día con una desesperación naturalizada.

El sistema político ignoró la lucha de clases -presente desde la crisis del 2001- entre las mayorías empobrecidas y la clase política con ciertos privilegios reales pero invisibles y otros derechos visibles que parte de la sociedad como privilegios de pocos. En ese contexto, la oligarquía organizó la lucha de clases contra la clase política -aprovechando todos sus errores- para ocultar su lucha de clases contra toda la sociedad Argentina en su conjunto y concretar otro proceso de regresión económica sin igual.

La corrección política y las prácticas políticas de censura siempre son tan superficiales como contraproducentes. La policía del pensamiento siempre persigue a algunos chivos expiatorios selectivamente, por vanidades y envidias bobas, mientras fortalecen lo atroz de forma pasiva pero directa.

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Los inquisidores de la virtud de las minorías intensas con sus linchamientos, escraches y cancelaciones espectaculares hicieron crecer los silencios de las mayorías que se expresaron electoralmente. Querían construir derechos violando derechos, censurando, silenciando, segregando, persiguiendo y generaron este futuro que hoy es presente.

Los espirales de silencio se refuerzan cuando las minorías intensas patrullan el pensamiento sin dejar expresar cosas que necesitan ser expresadas para ser escuchadas primero, para ser procesadas después, para que haya una catarsis en una sociedad angustiada. Hay malestares que seguirán presente por los tiempos de los tiempos, pero para poder escucharlos hay que salir de las cámaras de ecos “de los que están del lado correcto de la historia”. Eso es lo que obturan los negacionistas de la libertad de expresión e impulsores de una corrección política imposible, los que cancelan, los que construyen las patrullas nefastas que serán prólogo de otras patrullas más nefastas.

La destrucción de las condiciones del diálogo y el lenguaje fue precondición para el proceso de embrutecimiento y crueldad en expansión. La mentalidad de enjambre ganó la batalla cultural y construyó realidad. Con la censura, escrache y cancelación -procesos brutales en sí mismos- la violencia se impone como una forma de lenguaje social y construcción política. Será potenciada por la irracionalidad y las ansiedades sociales extremas de una sociedad con problemas de salud mental. Cuando se desarman las herramientas de comunicación y los espacios de escucha -necesarias para la democracia y la paz social a través del derecho democrático- se invita a la violencia, al caos y a los brotes sociales de furia y fuerza bruta.

La reducción del Estado traerá más descomposición social que alimentará el descontento político en un ciclo que la nueva casta de adultos infantilizados con corazón de viejos sádicos puede usar para su beneficio. Los necroespectáculos que han sido típicos de las sociedades en decadencia. Toda la indignación inutil y los discursos efímeros no harán nada para evitar el crecimiento del narconegocio, la inseguridad, la violencia social y de género, las catástrofes ambientales; entre otros desafíos por venir. Para responder a esos desafíos necesitamos las herramientas de coordinación de la acción colectiva y las capacidades estatales que se abandonaron y destruyeron en estos ocho años. Necesitamos el Estado pronto a ser desarmado.

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Todo lo que viene tendrá al progresismo reaccionario y a las minorías reactivas como su principal aliado. Su indignación pavloviana e impotencia reflexiva será su principal audiencia cautiva. Para salir de las dinámicas autodestructivas de ciertos liderazgos políticos hay que entender cómo la sociedad mutó y antes hay que escucharla para después ayudarla y evitar una autolesión.

Algunos parecen querer frenar la decadencia de Argentina, acelerándola. Quieren curar su descontento social con más malestar social. Quieren responder al abandono de la clase política con más retirada y destrucción de las capacidades del Estado justamente cuando necesitamos un Estado más inteligente para sobrevivir a una serie de desafíos que ni la Argentina ni la humanidad nunca en su historia enfrentó.

La sociedad intuye bien. La clase política la abandonó hace tiempo y hizo negocios en lugar de política. A la sociedad se le ofreció ese diagnóstico y decidió en consecuencia. Todo parece indicar que se le aplicará un tratamiento para sus malestares que acelerará el malestar existente, agregará nuevos y destruirá las débiles defensas que se mantuvieron y algunas que se construyeron durante los últimos cuarenta años. Entender y empatizar con la sociedad no implica justificar sus decisiones electorales que deben diferenciarse de las decisiones y medidas extremas del nuevo gobierno. Significa intentar hacer lo que la clase política y la democracia no supo, no quiso y no pudo hacer.

El abandono y la propaganda de emociones negativas a la que la sociedad fue expuesta ha sido muy intensa. Hay que ver si la expresión del descontento fue canalizada a nivel electoral en las mayorías silenciosas. Una nueva minoría intensa asumirá el Gobierno y la representación de las mayorías electorales para -todo parece indicar- alienarlas nuevamente.

Además de la ruptura de los espirales de silencio, quizás haya gestación de nuevos actores sociales, acciones demenciales, delirios compartidos por esas mayorías y sus tribus sociales más intensas. Los climas de violencia que se sintieron antes y después de la elección, desde ambos sectores, no se generan automáticamente y fueron fomentados por las guerras culturales de necroespectáculo que nos trajeron a esta coyuntura inédita. Romantizar las guerras culturales no es menos peligroso que romantizar la política como otra forma de hacer la guerra sin reglas.

Nabucodonosor
El rey de Babilonia, el rey de la fragmentación - “Nabucodonosor” - William Blake - 1805.

Una clase política responsable hubiera evitado llegar a esta situación. En cambio, el malestar social, que fue abandonado a su larvado y leudado, fermentó por las acciones tácticas del sistema político y judicial de forma trasversal. Todos apostaron a manipular un fenómeno electoral que los terminó derrotando y hasta puede fagocitarlos en un mediano o largo plazo. Otra clase política responsable puede hacer control de daños sobre sus errores del pasado. Nunca es tarde hasta que es demasiado tarde.

3. Un Estado represivo es un Estado fallido.

Entre el 2009 y 2011 Siria comenzó con protestas pacíficas de una sociedad civil inteligente, sensible y disciplinada que quería impulsar reformas en un régimen político en transición en contextos de la primavera árabe. Así describen a esas primeras protestas las especialistas en desobediencia civil pacífica que trabajaban para el Departamento de Defensa de los EEUU y la OTAN. Hoy Siria es un Estado fallido, totalmente destruido por conflictos espiralados en sus guerras civiles.

Cabe tener presente el contexto de procesos electorales de latinoamérica en los que mueren candidatos presidenciales (Ecuador) o son perseguidos judicialmente Presidentes ya electos para entender que la descomposición es regional, que estamos ante un debilitamiento del Estado de Derecho y de la calidad institucional a nivel regional y global. Las guerras judiciales y culturales no son menos destructivas. Lo veremos en el ciclo político que estamos inaugurando.

Las necropolíticas y las manifestaciones abiertamente violentas -en contraste al derecho a la protesta constitucionalmente reconocido- pueden ser dos socios necesarios para profundizar las políticas de la muerte, represivas y punitivas. El ciclo de manifestación violenta y destructiva y la represión como respuesta puede terminar con una sociedad y su Estado. No se fortalece una Nación ni su Estado con guerras facciosas, civiles o culturales. Por el contrario, se garantiza su debilitamiento y destrucción. Ni hablar de una Nación con recursos estratégicos a nivel global. Una espiral de violencia represiva en un gran territorio con una estructura federal puede provocar muchas cosas que no queremos pero debemos imaginar y evitar.

El Salvador parece demostrar que hay lugar para necropolíticas con amplio apoyo popular en democracias delegativas, en democracias en crisis. Cuando los gobiernos no tienen una respuesta en temas de seguridad, la demagogia punitiva y el populismo penal -de izquierda o de derecha- pueden fomentar los climas que justifican la violencia social e institucional.

El orden internacional actual no es un orden de guardianes del Estado de Derecho ni de los derechos humanos. La debilidad del sistema regional de protección de derechos humanos es extrema. La comunidad internacional no está en su momento más normativo, más kantiano, no hay liderazgos indiscutidos y los líderes latinoamericanos viven discutiendo en twitter, persiguiendo likes o entrando en guerras identitarias inútiles, muy lejos de las necesidades de sus pueblos, muy lejos de los bloques aparentemente sólidos de comienzo del Siglo XXI.

Las elites organizan el descontento social contra su sistema político con dispositivos que las seguirán beneficiando

Los sectores económicos pueden ser también muy miopes y cortoplacistas, incluso de forma suicida. Pueden destruir las bases operativas en las que el capitalismo -tal cual lo conocemos- opera, trabaja día a día y abrir una etapa diferente, más feudal y caótica.

EEUU, China, bloques regionales, potencias internacionales y corporaciones que invierten en Argentina están seriamente preocupadas -se puede ver en columnistas de diarios como The Economist, entre muchas otras notas- por una nueva Presidencia que puede promover buenos negocios financieros en el corto plazo (con un costo inmenso para la sociedad) pero que puede generar una inestabilidad social y política para un ambiente de negocios en el mediano y afectar proyectos, planes pacíficos e inversiones en el largo plazo. Las empresas mayoritariamente parecen preferir una precariedad actual frente a un escenario abiertamente distópico generado por el desgobierno y la inestabilidad política.

Abrir una etapa política de violencia institucional, represión y persecución selectiva ante el ejercicio constitucional de la protesta en un contexto de angustia social, económica y de descontento estructural puede ser jugar con fuego en un contexto de incendios imposibles de controlar. Reprimir una sociedad con ira y bronca social acumulada puede alimentar ese malestar en lugar de calmarlo. Puede ser abrir las puertas para un estallido social, una mezcla explosiva en tiempos inciertos, el Estado fallido más peligroso.

Elites irresponsables, necroelites sádicas. Las elites son responsables de que una generación cancele su propio futuro, quizás sin saberlo, sin procesarlo, sin ver la imagen completa que incluye otra autolesión generacional. Cuando se de cuenta ya será muy tarde y su reacción puede no ser resiliente y madura.

Esas necropolíticas requieren nuevas elites sádicas que estén dispuestas a administrar la crueldad, las políticas del dolor, en cantidades tanto industriales como digitales. No se llega a las atrocidades de los Estados fallidos que se pueden ver en la política comparada y a las regresiones enormes que veremos en las décadas próximas sin elites políticas y económicas que diseñen las consecuencias de esas medidas de shock que en otros tiempos serían consideradas ilegales e inconstitucionales, de lesa patria.

Dante
“Dante huyendo de las tres bestias” - William Blake - 1824.

La sociedad se ha embrutecido y empobrecido de tal forma que quizás su reacción sorprenda a todo el arco político. Llevar al extremo a la sociedad puede devolver respuestas extremas. La clase política se ha embrutecido también y eso quiere decir que muchos puntos bajos de la historia de la democracia en sus primeros cuarenta años serán resignificados como puntos altos en sus próximos cuarenta años.

4. Refundación y autodestrucción.

Todos los Presidentes han dado sus discursos de refundación nacional a pesar de tener mandatos cortos de cuatro años en contextos de contracción económica. Pura retórica de corto plazo si no tienen un plan de gobierno razonable con alianzas electorales amplias que aseguren gobernabilidad y un proyecto de largo plazo sostenible. Alberto Fernández los dio y no tuvo plan de Gobierno. Mauricio Macri los dio y tuvo un plan de negocios exitoso y un plan de gobierno fallido. Debemos ser realistas para entender que no estamos en el 2015, que la situación económica y social es gravísima.

Hoy es claro lo que decíamos: El sistema político directamente fantasea, delira, imagina a una sociedad que no escucha y dice representar pero que está transformada por el abandono de la elite económica, el sistema político y sus irresponsabilidades. Su precariedad es la única estabilidad. Eso quiere decir que las vidas precarias son las que regularán nuestro futuro democrático. Vemos los resultados de las políticas del abandono con todo el resentimiento social expandiéndose.

La sociedad decidió rechazar enfáticamente a la clase política que la abandonó, incluso cuando le prometía de forma hipócrita volver a cuidarla. El gobierno improvisará con medidas nunca vistas en tiempos de desafíos extraordinarios y complejidad en aumento. Aunque lo haya negado explícitamente, hay sadismo y cinismo en el nuevo gobierno. Quizás sea una Presidencia que inaugure un nuevo orden constitucional, tan crítico como trágico, a través de sus políticas del shock.

Las políticas que se anunciaron en campaña profundizarán la decadencia Argentina, la descomposición social y parecen anunciar un grave retroceso histórico. Como ya lo hemos afirmado, no hace falta reformar la Constitución para rediseñar derechos y hasta para moldear las instituciones en el largo plazo. Hace falta ignorarla con las consecuencias que la historia ya nos enseñó. Hace falta negar la existencia de la Constitución y ser cínicos como en tiempos que se pensaban superados.

La Corte Suprema actual tendrá la opción de acompañar una política regresiva como la que acompañó la Corte de Levene y Nazareno (y Petracchi el autor del per saltum en la causa Aerolíneas), y para eso deberá resistir su reiterada tentación de caer en el populismo judicial -propio de la etapa más narcisista de la Presidencia de la Corte en el periodo 2005-2017 y presentarse como un límite externo al ajuste del Gobierno. Es probable que combine perfiles priorizando su propia supervivencia en un ecosistema político en jaque entre el shock y la crisis económico-social.

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Así como el sistema político es responsable de la próxima crisis institucional, la Corte es co-responsable de esa crisis y la tendrá como una de sus protagonistas institucionales definitorias con sus silencios selectivos, sus cronoterapias y sus decisiones populistas. Tanto el sistema político como la Corte podrían haber civilizado sus enfrentamientos infértiles e improductivos. La Corte tiene sus internas feroces y destructivas que son idénticas a los infantilismos políticos del Ejecutivo y Legislativo que nos trajeron a esta situación. Lo dicho para la Argentina se puede proyectar también en Estados Unidos en la relación de la Corte con Biden y Trump hacia el 2024. Las Cortes co-gobiernan -y junto al poder judicial- aportaron sustancialmente a la decadencia institucional y económica. Que a los Jueces de la Nación le importen únicamente sus privilegios dice mucho de lo que podemos esperar de la llamada “justicia” pero cada día más operará como una simple picadora de carne, como una burocracia de la brutalidad.

Los padres abandónicos de la reforma constitucional de 1994 serán protagonistas de un ciclo político y económico, que puede durar varios años, incluso décadas, que nos alejará drásticamente del ideario de la Constitución de 1853 y de su actualización en 1994. Milei es quizás el hijo no reconocido, el resultado necesario, de un Pacto de Olivos que prometió fortalecer la democracia y no resolvió las bases económicas de la república, priorizando la formación de una comunidad de negocios en el espacio público mientras la pobreza y la inflación crecían.

Los últimos gobiernos (2015-2019) y (2019-2023) han demostrado ser reacciones sin soluciones a los problemas que los llevaron al poder. No hubo proyectos de largo plazo ni plan para controlar daños. En esta coyuntura el nuevo Gobierno terminará reaccionando ante eventos que no podrá controlar. Se pueden hacer los discursos de refundación más cínicos pero las consecuencias de acciones que parecen abiertamente autodestructivas tendrán efectos reales en el cortísimo plazo.

Después del shock, reformada la sociedad deberemos resolver muchísimos nuevos problemas que se sumarán a los ya existentes. Multiplicar problemas sin resolver los existentes no parece una refundación muy prometedora. Empobrecernos, destruir el esfuerzo de generaciones de Argentinos y acelerar de mala fe la decadencia, esas parecen ser las garantías del nuevo gobierno.

Una nueva Argentina es la que parece haberse expresado en las urnas. Es tan nueva para el gobierno que se va como para el gobierno que está por comenzar. Tantas veces lo nuevo ha sido lo olvidado y lo negado. No sabemos cómo se procesará lo expresado. Lo que sí sabemos es que fue un mandato muy enfático -casi 56 por ciento y doce puntos de diferencia- y deberá ser interpretado por un sistema político que parece dividido y debilitado. Parece insuficiente repetir lemas estoicos sobre lo que viene, hay que reformularlos: esperar lo peor, prepararse para lo atroz. Como dice Thomas Hardy debemos tener el coraje de realizar una mirada a lo peor y hasta a lo atroz, para poder evitarlo, para poder imaginar la mera posibilidad de algo mejor: una comunidad política que retome la senda de la estabilidad económica en paz social.

 

Lucas Arrimada da clases de Derecho Constitucional y Estudios Críticos del Derecho.