Seis indicadores sanitarios resultan centrales para entender la efectividad resultante de un Sistema de Salud (cuán bien funciona). Estos indicadores además permiten, extraer ciertas conclusiones respecto a la calidad de las estructuras prestacionales funcionales dentro de ese marco.
La expectativa (o esperanza) de vida al nacer es una estimación estadística del promedio de años que se espera que viva un recién nacido, asumiendo que las tasas de mortalidad se mantuvieran siempre constantes.
La esperanza de vida saludable (EVS) es el promedio de años que se estima que una persona vivirá en "plena salud", libre de enfermedades graves o discapacidades. Por supuesto la mortalidades y morbilidades asociadas a este indicador, resultaran también elementos descriptivos de la Salud poblacional.
La tasa de mortalidad neonatal, reflejará el número de niños y niñas que mueren antes de los 28 días de vida (el periodo más crítico para su supervivencia). Representa el número de defunciones de niños y niñas de hasta 28 días de vida por cada 1.000 nacidos vivos.
La tasa de mortalidad de menores de 1 año, se calcula dividiendo el número de defunciones de niños y niñas menores de un año durante por cada 1.000 nacidos vivos.
La mortalidad infantil en menores de 5 años mide la probabilidad de que un niño fallezca antes de alcanzar esa edad también por cada 1.000 nacidos vivos.
La mortalidad materna es el fallecimiento de mujeres durante el período de embarazo y hasta los 42 días posteriores a su terminación. Como hemos insistido, se calcula internacionalmente por el número de estas muertes por cada 100.000 nacidos vivos y no por 10.000 como históricamente ha ocultado la Argentina.
Si bien todos estos seis indicadores son centrales para entender efectividades, los últimos cuatro no solo definen casi instantáneamente la calidad del Sistema de Salud, sino que además serían modificables con políticas adecuadas en un plazo más corto.
La Agenda de Desarrollo Sostenible 2030, adoptada en 2015 por 193 países, estableció 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y proponía que la comunidad internacional debía alcanzarlos.
Particularmente los derechos de la infancia, suponen una oportunidad para proteger a todos los niños y niñas bajo la consigna de no dejar a nadie atrás.
Frente a esto operativos sanitarios en comunidades rurales aisladas del norte argentino, financiados y ejecutados por la ONG Entidad Neutral de Ayuda Humanitaria, asevera que esos lugares la mayoría de los chicos de 5 años nunca vio a un pediatra.
“Diabetes, hipertensión. También dolores lumbares, en su mayoría en mujeres, que caminan muchos kilómetros acarreando baldes para conseguir un poco de agua todos los días. Vemos muchos chicos con infecciones bucales que pierden piezas definitivas por falta de higiene. Hay muchos cuadros de desnutrición y anemia por la mala alimentación”, declararon.
“Además, es preocupante la salud sexual de las chicas. Nos llegan chicas de 13, 14 años con dolor abdominal y cuando las examinamos resulta que llevan seis meses de embarazo. No se hacen ningún control, no tienen ningún tipo de acompañamiento. En la pandemia vimos mucho COVID. Ahora hay mucho dengue, zika en menor medida. También vimos muchos casos de tuberculosis”, concluyeron integrantes del operativo.
Datos de mortalidad materno-infantil
Observando comparativamente contra el caso chileno, las reducciones de mortalidad en menores de 5 años (por cada 1000 niños nacidos vivos) se visualiza que en 1990 se registraron un total de 28,8 muertes en Argentina frente a 19 en Chile (ambas por cada 1000 niños nacidos vivos). En el 2005 se registraron en Argentina 16,7 y en Chile 9,1; ya en el 2024 Argentina registró 9,5 óbitos y Chile 6,8.
Sin embargo, el caso de la mortalidad materna demuestra el pésimo resultado acumulado por nuestro multifragmentado e ineficiente Sistema de Salud, nítidamente observable si lo comparamos con el caso chileno en el cual también se registra cierta fragmentación, pero más limitada que en el modelo nuestro.
En 1985 Argentina tuvo una mortalidad materna de 80 muertes por cada 100.000 niños nacidos vivos (nuevamente el estándar internacional de medición). En el mismo año Chile registró una mortalidad materna de 73 muertes por cada 100.000 niños nacidos vivos.
A partir de esa fecha ambos países desarrollaron acciones en un contexto internacional proclive a combatir estos flagelos. Las acciones encaradas reflejaron diferentes resultados en ambos países. Si bien en el caso argentino se observa durante algunos años cierta linealidad de reducción (60 muertes en 1995), en el modelo chileno ya comienza a partir de 1995 a observarse una reducción más pronunciada de estas muertes (44 óbitos por cada 100.000 niños nacidos vivos).
En el Norte de Argentina, la mayoría de los chicos de 5 años nunca vio a un pediatra"
En los años 2005/ 2009 Argentina no logró reducir estas muertes, registrando en el 2009 un total de 62 muertes. Frente a esto, Chile logró una reducción casi exponencial con 24 óbitos en igual año.
En el año 2019 Argentina registró 36 muertes maternas mientras que Chile tuvo solo 11 óbitos. En el peor momento de la pandemia de COVID, la mortalidad materna también se disparó en Argentina (junto a otras mortalidades) igualando los valores de 1986 (76 muertes maternas). En el mismo año de pandemia, Chile también registró un crecimiento más moderado (14 muertes maternas).
El año 2023 mostró los resultados de esas marcadas diferencias de eficiencia sistémica en términos de mortalidad materna (33 versus 10 óbitos en Chile).
Aun peor esta mortalidad ha crecido otra vez en nuestra Argentina del 2024, alcanzando los 44 óbitos por cada 100.000 nacidos vivos.
Razones vinculantes
Los embarazos de alto riesgo (EAR) constituyen un importante problema de salud pública debido a su fuerte asociación con el aumento de la morbilidad y mortalidad materna y neonatal.
La edad, la existencia de comorbilidades maternas, complicaciones gestacionales junto con adversas condiciones socioeconómicas, culturales y ambientales (además de un muy restringido acceso a una atención sanitaria de calidad) explican la ocurrencia de estos malos resultados.
Preeclampsia, diabetes materna, enfermedades cardiológicas congénitas junto con muchas afecciones relacionadas con el embarazo, parto y puerperio son todos factores determinantes.
Tampoco se debe ignorar la creciente incidencia tanto de adicciones como de ITS (sífilis, gonorrea, clamidiasis, tricomoniasis. hepatitis B, herpes simple, VIH y el VPH, etc.); todas evidentes comorbilidades prevalentes asociadas.
En este amplio espectro de factores de riesgo, junto con una atención prenatal insuficiente, ponen de manifiesto la complejidad de los EAR y las muertes consecuentes. Esto requiere un enfoque de manejo multidisciplinario con identificación temprana de riesgos, un monitoreo continuo e intervenciones individualizadas.
La evidencia epidemiológica, los factores etiológicos y las implicaciones clínicas son todas evidentes, la pregunta emergente es:¿pretenderemos alguna vez mejorar la trayectoria de salud de todos los argentinos? Por ahora parece que solo logramos empeorarla.