jueves 06 de mayo de 2021
OPINIóN Mirar para otro lado
12-03-2020 17:43

El homicidio de Fernando Báez Sosa: ¿por qué nadie hizo nada?

El autor analiza a la sociedad como espectadora y presenta una hipótesis desde las ciencias de la conducta.

12-03-2020 17:43

Durante una discusión en un boliche de Villa Gesell en la madrugada del 18 de enero, varios rugbiers agreden al joven Fernando Báez Sosa, sin razón aparente. Los rodean cientos de personas. Ninguno de ellos interviene. A raíz del revuelo, los patovicas sacan a los agresores del lugar.

A pocos metros de la entrada, esperan a Fernando. Y pasa lo sabido: un rugbier lo golpea por detrás con tanta fuerza que cae ya inconsciente al suelo. Junto a sus amigos lo apalean hasta matarlo. Mucha gente observa la escena a pocos metros. Solo en uno de los videos pueden contarse más de 20 personas mirando el hecho. Nadie interviene en auxilio de Fernando, y los agresores se retiran caminando del lugar. Incluso una joven que, ya caído, trata de efectuarle maniobras de resucitación indica que “… Cuando los agresores se van, él estaba inconsciente y nadie se animaba a acercarse.”

La Justicia analiza un nuevo video que muestra a los rugbiers antes del ataque a Fernando

Dentro de la extensa cobertura periodística este punto fue soslayado casi por completo. ¿Qué le pasa a la sociedad? ¿Por qué nadie reacciona inmediatamente ante una brutal agresión como la sufrida por Fernando? 

De Villa Gesell a Nueva York.En la madrugada del 13 de marzo de 1964 Kitty Genovese, una neoyorkina de 28 años, volvía a su departamento un Kew Gardens, un sector residencial y tranquilo del barrio de Queens. Durante al menos 35 minutos un desconocido la atacó y apuñaló reiteradamente hasta matarla.

Caso Fernando Báez Sosa: ¿Cómo recibe el grupo de amigos a sus miembros violentos?

El New York Times reportó que 37 vecinos vieron u oyeron algo altamente sospechoso. Ninguno ayudó a Kitty ni llamó a la policía. La noticia fue conmocionante: en aquella ocasión también se preguntaron cómo fue posible que ninguno de esos 37 testigos de este calmo vecindario hiciera nada para ayudar a esa chica indefensa. La actitud de los vecinos, a pocos meses del asesinato del presidente Kennedy, fue considerada un símbolo de la decadencia de la ciudad y de la apatía de los neoyorquinos en una sociedad cada vez más violenta. Tan fuerte fue el impacto de este suceso que llevó a la adopción del sistema de emergencias “911” a lo largo y ancho de todo Estados Unidos.

Nocturnidad violenta: consecuencia de un Estado ausente, ciego y cómplice

La psicología trató de establecer los motivos de esa conducta tan “inhumana”, tan cruel, de no ayudar a alguien en estado de extrema necesidad, realizando varios experimentos. Por ejemplo, determinó que si una persona está sola en un aula y siente ruidos similares al de una caída, u oyen un grito femenino, de inmediato trata de avisar o acude en ayuda de la presunta víctima. Pero cuantas más personas hay en el aula, menos posibilidades existen de que alguien reaccione. Igual efecto se produce ante escenarios en apariencia más peligrosos, como una sala que se llena de humo. Cuando hay muchas personas, todos se miran entre sí, pero nadie da la voz de alarma hasta que el humo prácticamente no les permite ver.

En ciencias de la conducta este fenómeno se conoce como el bystander effect o efecto espectador: ante una emergencia, muchas personas juntas que pueden ayudar, en general no hacen nada.

Se han ensayado varias hipótesis para justificar este sesgo.

Un mes sin Fernando

Para algunos puede explicarse por la vergüenza a sobreactuar ante un hecho eventualmente banal. Para otros puede ser procrastinación: para qué meternos si otros “seguramente” acudirán en ayuda de la posible víctima. Finalmente, existirá alguna otra razón por la cual el efecto paralizante del miedo actúa de una manera diferente cuando estamos solos y cuando estamos rodeados de gente.

Pero algo parece indudable: cuando los espectadores de un evento riesgoso son muchos, lo más común es que ninguno colabore.

¿Hay solución?

¿Cómo superamos este “efecto espectador”? En primer lugar, saber que existe nos ayuda a estar atentos. Luego, si somos víctimas y podemos reclamar ayuda, no lo hagamos en general: identifiquemos a alguien que mira para otro lado a pesar de poder auxiliarnos (“Hey, vos, el de pulóver rojo, ¡ayudame!”). Si somos espectadores, seamos nosotros los que demos el primer paso, sin esperar a que otro lo haga. Y siempre, en la duda, pensemos que alguien nos puede necesitar, y acudamos en su auxilio.

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