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OPINIóN / Pandemia por coronavirus
lunes 13 julio, 2020

De la República al populismo hay un río de distancia

El gobierno uruguayo parece no pretender cuidar a sus indefensos habitantes con órdenes y contra órdenes, sino representar a sus ciudadanos responsables, empoderándolos, y diseñando estrategias consensuadas para darle batalla al virus en cuestión.

El 10 de diciembre, Luis Lacalle Pou acompañó al presidente Tabaré Vázquez a la toma de posesión de Alberto Fernández. Foto: CEDOC

Desde el día 20 de marzo de 2020, frente al ingreso del coronavirus al país, el presidente de Argentina, Alberto Fernández, decretó que ingresáramos a un tipo de cuarentena de carácter obligatorio, con fuerza de ley. Así, fuimos atravesando diversas fases en casi cuatro meses de confinamiento (caracterizadas por infinidad de prohibiciones) para la zona del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), y de restricciones que gradualmente fueron flexibilizándose en varias provincias y localidades libres de coronavirus. Como sea y donde sea, el discurso siempre estuvo signado de órdenes y el imperioso cuidado de un presidente hacia sus desamparados habitantes necesitados de protección.

Desde el día 13 de marzo de 2020, el presidente de Uruguay, Luis Lacalle Pou, decretó que se ingresara a un tipo de cuarentena voluntaria, donde se exhortó a los ciudadanos a no reunirse ni aglomerarse, con el fin de poder organizar el modo de enfrentar esta pandemia con la mayor responsabilidad conjunta posible. Así, manifestaba Lacalle Pou cuando comenzó la cuarentena en suelo uruguayo, que, entre los casos confirmados y la hipótesis negativa de máxima en el país, se encuentra el camino de las precauciones “… sobre el cual se ha basado el aislamiento primero de alto impacto y después un aislamiento social escalonado, … que ha permitido que parte de la vida de los uruguayos se desarrolle con normalidad”.

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“El día después” fue una de las frases más pronunciadas en cada conferencia de prensa que dio el presidente Lacalle Pou, cuando el periodismo le preguntaba sobre el devenir de los uruguayos. Una y otra vez, las respuestas del presidente fueron contundentes, afirmando que, para cada tema relegado en medio de la pandemia, se había trazado un plan. Así, desde el comienzo en Uruguay se vislumbra un horizonte, porque siempre hubo un plan, un plan integral, y ese plan se discutió en los diversos ministerios y áreas estatales; porque organizar la vida integral de los uruguayos para el “día después”, es un tema de agenda primordial para el gobierno multicolor.

El gobierno uruguayo parece no pretender cuidar a sus indefensos habitantes con órdenes y contra órdenes, sino representar a sus ciudadanos responsables, empoderándolos, y diseñando estrategias consensuadas para darle batalla al virus en cuestión. Lacalle Pou manifestó desde el comienzo de la cuarentena voluntaria y responsable, que, “para el gobierno uruguayo existe un comando de tres perillas, la sanitaria, la social y la económica”, comando que configuró desde el comienzo un esquema integral, donde efectivamente lo sanitario, lo social y lo económico se articularon en una suerte de sintonía fina.

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En Argentina, casi la mitad de los ciudadanos permanecemos hace meses encerrados en nuestras casas, con confinamientos estrictos, que en escasos momentos fueron liberándose aun con exhaustivas prohibiciones, la gente adulta mayor se siente sola y deprimida, la psiquis de gran cantidad de argentinos se encuentra en desequilibrio; proyectan los más calificados economistas que unos 100 mil comercios cerrarán sus puertas para no abrir nunca jamás, y que la pobreza llegará a padecerla un 60% de la población. Y esto nos pasa en Argentina, donde pocos mueren por coronavirus (aunque no se mide cuántas personas se enferman y fallecen por otras dolencias que suelen liderar el ranking de muertes en nuestro país),y donde no se miden las consecuencias socio-económicas en un territorio donde la pobreza es preocupante, y donde más de 75 mil niños sufren de desnutrición crónica, según mediciones realizadas por el gobierno de Alberto Fernández apenas asumió en funciones.

Cuando se cuidan habitantes indefensos en vez de representar a ciudadanos responsables, la República se resiente, se debilita, se apaga; y el paternalismo, el estilo caudillista o populismo toma fuerza.

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En Uruguay se fue flexibilizando la cuarentena a medida que la curva de contagios se aplanaba, que la cantidad de personas recuperadas crecía y la de fallecidos decaía, a partir de que el coronavirus fue perdiendo fuerza y presencia; y con cuidado, respeto, diálogo y sin prohibiciones, se sigue evaluando en conjunto como continuar dándole batalla a un virus que mermó en el país, pero que puede seguir molestando la vida de los uruguayos, si no se toman precauciones, como las que se tomaron y se siguen tomando.

En Argentina la nueva fase dura de cuarentena que estamos atravesando culmina el 17 de julio, y todo indicaría que el confinamiento estricto se flexibilizará a partir de esta fecha, al mismo tiempo que nos cuentan los expertos infectólogos que estamos entrando en la etapa más riesgosa del virus; el virus ahora sí comenzó a escalar a gran velocidad, la curva de contagios se dispara día a día mostrándonos un sentido decididamente ascendente (principalmente en la zona del AMBA, que concentra casi la mitad de la población), y si esto ocurre el sistema de salud corre enormes riesgos de colapsar. Pero cuando no se trabaja contemplando diferentes “perillas”, y cuando no se gobierna para ciudadanos responsables sino para personas “desamparadas y necesitadas”, pasa que una cuarentena se endurece por meses porque las personas desamparadas necesitan extrema protección, y pasa que una cuarentena se flexibiliza de repente, cuando el mal humor social de esas mismas personas, llega a su límite.

 

 

* Sandra Choroszczucha. Politóloga y Profesora (UBA).


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