Tiempo atrás, el sólo hecho de conocer un alto el fuego para detener un terrible conflicto armado en alguna parte del mundo nos hubiera hecho voltear la cabeza inmediatamente hacia el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el órgano creado, precisamente, para asegurar la paz y la seguridad internacionales.
Esta vez, en cambio, el anuncio no salió de la ONU, ni siquiera de una de las potencias con asiento permanente en el Consejo de Seguridad, sino de Pakistán, inesperado mediador entre Estados Unidos e Irán, y un país medio que hasta hace semanas había protagonizado su propio conflicto armado, con Afganistán.
El Consejo de Seguridad apenas intervino para volver a delatar su alarmante parálisis, con una tardía votación sin resolución que apenas le sirvió a China para dejar sentado como gran potencia que prefería el cese del fuego que se tramaba horas antes a apoyar una custodia armada multinacional del Estrecho de Ormuz.
Luego, cuando el mundo respiró aliviado por un acuerdo, muy frágil, el presidente de Francia, Emmanuel Macron, quien había condenado la acción militar unilateral de Estados Unidos, insistió en demandar una flota “estrictamente defensiva” para asegurar el tránsito por Ormuz, lo contrario de lo que había votado el Consejo.
También Israel siguió bombardeando el Líbano. Poseedor no declarado de armas nucleares, validó un escenario en el que las líneas básicas del derecho internacional trazadas por el orden surgido en 1945 se van borrando y dejan un páramo reseco en el que prima el más fuerte, como siempre, pero ya sin ningún límite.
Pronto hubo dos versiones de texto contrapuestas del mismo cese del fuego -¿incluía al Líbano? ¿Quién controlará el estrecho de Ormuz? ¿Podría Irán enriquecer uranio?-, una inconsistencia que la ONU no se hubiera permitido nunca en su histórico proceso de acuerdos y decisiones, fruto siempre de mayorías. Al cerrar esta columna, la tregua estaba en el aire.
¿Qué sigue? Como hemos dicho y escrito, inspirados en José Saramago, siempre se adivina algún orden detrás del caos. Este orden global en retirada fue impuesto bajo la impronta de Estados Unidos, que reniega de él. Paradójicamente, es su gran rival, China, el que prefiere mantener en pie sus últimos restos y reglas.
Si algo probó este conflicto, es que hasta para el más fuerte las bombas tienen su límite. Disipado el humo, hay que volver a convivir entre escombros. Y es mejor hacerlo con reglas, aunque sean totalmente nuevas. Vale también para Argentina, que fue uno de los 51 países fundadores de la ONU, tiene una gran tradición diplomática de promoción de la paz y merece estar en la discusión del nuevo orden.