Durante más de una década, Antonella Romero creyó que con decir "no me hables más" iba a alcanzar. Su mamá, Mónica Pagano, fue brutalmente asesinada en 2010 por su papá, Ernesto Romero, que desde entonces está detenido tras ser condenado a perpetua. Desde prisión, la contactó una y otra vez y, a pesar de que ella le pidió que ya no le envíe más mensajes, ahora lo denuncia por hostigamiento.
Mónica y Ernesto vivían en la ciudad bonaerense de Lincoln con sus tres hijos, entre ellos Antonella. Luego de varios episodios de violencia, se separaron, pero poco después el hombre la buscó para pedirle ayuda. Con la promesa de que quería cambiar, lo acompañó engañada lejos de su casa y finalmente la mató. Cuando se hizo el juicio, en 2011, fue sentenciado por "homicidio agravado por el vínculo y por alevosía".
Antonella y sus hermanos crecieron criados con poca información con respecto a lo que había ocurrido con su madre. "Nos dijeron que habían discutido y que se había ido. Después nos contaron que estaba muerta", señaló la joven. Sin embargo, cuando ella tenía 13 años, recibió un mensaje a través de Facebook donde una persona le dijo que buscaba hablar con ella. Era su padre, que intentaba recuperar el vínculo.
"Él debía imaginar que no me habían dicho nada. Me contactó para saber qué sabía yo sobre la situación y él quería asegurarme que de ese hombre ya no quedaba nada, era solo un envase, solo quedaba su cuerpo", recordó en diálogo con PERFIL. "Me decía que lo que no podía cambiar era lo que había hecho, como queriendo que olvidara la violencia terrible que ejerció sobre mi mamá, sobre mí y mis hermanos", agregó.
En ese sentido, reveló que "le tenían terror", pero que tras el mensaje de su padre decidió investigar porque necesitaba respuestas. Habló con él por teléfono, le contó que iba al gimnasio y estudiaba dentro de la cárcel, que lo único que le faltaba era salir. Buscaba entender qué había sucedido, y hasta ese momento se había informado a través de recortes y noticias que habían salido en diarios de Lincoln.

De esta manera, un día que fue a la casa de su tía, encontró el expediente de la causa judicial. "Descubrí la sentencia, lo que había pasado con detalles. No sabía ni cuándo había sido la fecha de la muerte de mi mamá, ni cuándo llorarla, aunque sea simbólicamente. Cuando la leí, fue poner en palabras lo que pensaba", afirmó. En medio del descubrimiento, también le contó a su abuela había hablado con su papá, lo que provocó su enojo.
"Mi tía lo denunció, yo era muy chica. No sé en qué quedó eso, pero después me volvió a escribir y me dijo que si no quería hablar con él que no le contestara, pero que no hiciera quilombo porque hacía poner mal a mi familia y no le pasaba nada si lo denunciaban por mandar mensajes. Como que no me gastara en hacer eso, dijo. Hasta recomendaciones me daba", ironizó.
Al tiempo, le pidió a Ernesto que dejara de contactarla por Facebook. "Le pedí que no me escribiera más, pero sobre todo que no molestara a mi hermana menor". Sin embargo, a pesar de que le comentó que ya había leído la sentencia, los mensajes siguieron apareciendo. "Por supuesto que no le importó, todos los textos son míos diciéndole que pare, insultándolo para que no me escriba más. No fue un límite para nada", lamentó.

En 2015, Antonella comenzó a militar en el feminismo. En ese entonces se había realizado la primera marcha del "Ni Una Menos", histórico movimiento contra la violencia machista cuyo detonante se debió al crimen de Chiara Páez (14), que estaba embarazada y fue asesinada por su novio, Manuel Mansilla (16). "Gracias al estudio y a la militancia me pude organizar, encontrar el lugar y las herramientas para entender cómo procesaba la muerte de mi mamá".
El otro duelo
"Hola, hija. ¿Podría charlar algunas cosas con vos?", fue uno de los mensajes que recibió en su celular Antonella a mediados de 2020. Por lo general su padre le escribía por Facebook, pero en otras ocasiones también se contactó mediante cuentas de Instagram. Tras preguntarle qué había pasado, le respondió que necesitaba aclararle unas cosas.
"Quería saber si podía tener una charla con vos, aunque sea la última. La última vez que hablamos, nervioso, dije una pelotudez tras otra", le expresó, pero la respuesta de la joven fue contundente: "No sé si podrás entender que no hablás ni tenés relación conmigo porque hace diez años mataste a mi mamá y todos los problemas que he tenido desde entonces han sido consecuencia de eso. Realmente no me interesa saber nada de vos y creo que ya te lo había dicho".
A pesar de aclararle de que no quería que le hablara más, un mensaje ingresó al mismo chat dos años después: "Hola". Lo dejó sin respuesta. Desde entonces llegaron varios más, el último de ellos a principios de julio pasado. “Hola Anto. Quería que sepas que este Instagram es mío y veo tus estados. No te escribo para entablar una charla ni nada de eso. Solo para que me bloquees si querés que no vea tus cosas”, le envió.

Por ese motivo, Antonella empezó a asesorarse legalmente para intentar frenarlo, cansada de que la acose y hostigue. También difundió los mensajes en sus redes sociales, con el fin de cuidarse y demostrar que las secuelas de un femicidio no terminan con la condena al responsable.
"Los hijos quedamos solos y también somos receptores de toda esa violencia. Nadie contempla lo que pasa después, el duelo terrible que las familias tienen que hacer", comentó. Antonella, que tiene tres hijos pequeños, trabaja escribiendo artículos y contenidos vinculados con derechos humanos y violencia de género para distintas organizaciones y profesionales.
"Hay un montón de cosas que me faltan todos los días. No tengo una mamá con quien tomar unos mates, para darle un beso, abrazarla, decirle si puede cuidar a mis hijos si tengo que ir a estudiar o trabajar. El femicidio empieza un día, pero las consecuencias siguen para siempre", analizó. Asimismo, lamentó que "casi ya no tiene recuerdos" de Mónica, a quien rememora por su sonrisa, lo que le contaron su abuela y su tía y algunos videos que quedaron de ella.
Antonella reconoce que durante su adolescencia sintió bronca y una enorme necesidad de entender lo que había vivido. Su acercamiento al feminismo y la militancia fueron importantes para comprender desde qué lugar "luchaba contra la muerte de su mamá", según mencionó. "Cuando no sabés cómo pelear las carencias, te podés quedar un poco en la individualidad creyendo que es culpa tuya y que tenés que salir por tu cuenta. Y a veces no, si no hay políticas públicas, instituciones que acompañen o lugares donde te puedas formar, te perdés".
Según el último informe del Observatorio "Ahora Que Sí Nos Ven", en nuestro país se registraron 147 víctimas letales de violencia de género en Argentina, lo que equivale a un caso cada 35 horas. En el 64% de los hechos los agresores eran parejas o exparejas de las víctimas y también se reportó que al menos 145 niños y niñas quedaron huérfanos.
FP cp