¿Cómo se explica que en medio de una profunda recesión y un fuerte ajuste económico, los números de pobreza den para abajo? Ese es el interrogante central que acaba de responder el Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina (UCA) a través de un exhaustivo documento.
El equipo coordinado por Agustín Salvia confirma que las condiciones monetarias de los hogares efectivamente experimentaron un pequeño alivio en el último tiempo. Sin embargo, el informe pone cautela al entusiasmo oficial: aclara que la reducción no representa aún un cambio estructural y que las cifras reales son menos contundentes que las arrojadas por la metodología tradicional.

El contraste numérico que expone el documento es significativo. Al tomar los datos del INDEC para el total urbano entre 2022 y 2025, la tasa de pobreza exhibe una abrupta caída de 10,9 puntos porcentuales. No obstante, al aplicar la estimación alternativa del Observatorio (que ajusta la captación de ingresos y actualiza las canastas de consumo), el retroceso se achica a solo 3,1 puntos.
Una dinámica idéntica se observa al analizar las cifras de indigencia. La estadística oficial muestra que la tasa logró achicarse 2,3 puntos en ese mismo período de tiempo. Sin embargo, bajo la lupa metodológica más estricta de la UCA, ese descenso se reduce hasta quedar en un marginal 0,5 por ciento.

Lejos de ser un fenómeno inexplicable, esta mejora en los indicadores tiene un sustento muy concreto. El informe detalla que el principal motor de este alivio reciente fue la recuperación parcial de los ingresos laborales, traccionada por un “abaratamiento relativo” de los alimentos y bienes básicos frente a la inflación general.
En contrapartida, las transferencias del Estado tuvieron un impacto secundario en el balance final. Los ingresos no laborales, como las jubilaciones o los programas sociales, mostraron una incidencia dispar. Herramientas como la Asignación Universal por Hijo (AUH) o la Tarjeta Alimentar no impulsaron esta última mejora global, sino que funcionaron principalmente como una red de contención durante el ciclo previo.
¿Realmente hay menos pobreza? Responde Agustín Salvia
Tres etapas distintas y un piso de fragilidad
Para comprender este escenario, los investigadores dividieron el período analizado en tres etapas distintas. El primer tramo (2022-2023) se caracterizó por fuerzas contrapuestas: la leve mejora que los trabajadores lograban en sus ingresos promedio era neutralizada rápidamente por el encarecimiento de las canastas básicas, manteniendo los índices de pobreza con una estabilidad relativa.
El mayor cambio de método aparece en el segundo período, comprendido entre 2023 y 2024. Mientras los datos oficiales mostraban una leve baja de medio punto, el análisis de la UCA detectó un deterioro profundo que elevó la pobreza en 5 puntos porcentuales. Durante esa etapa crítica, los ingresos laborales cayeron y la desigualdad aumentó, obligando a los programas de asistencia social a compensar parte del impacto.
El descenso que hoy centra el debate público recién se consolidó en el último corte temporal, entre 2024 y 2025. En este lapso, ambas mediciones coinciden en una baja palpable (12,1 puntos de caída oficial frente a 8,0 alternativos), impulsada por salarios que comenzaron a recuperarse parcialmente y canastas básicas que frenaron su escalada de precios.
A pesar de la tendencia positiva, el Observatorio cierra su informe con una advertencia sobre la fragilidad del contexto. La reducción de la pobreza actual depende en gran medida de la estabilización de los precios relativos, lo que deja a las familias vulnerables ante cualquier nuevo salto inflacionario. Para que la mejora sea sostenible en el tiempo, los investigadores concluyen que se requiere un crecimiento económico capaz de generar empleos productivos, protegidos y con mejores remuneraciones.
TC/VR/MSS