La última medición nacional realizada por DC Consultores confirma que la política argentina atraviesa una etapa de redefinición profunda, donde los liderazgos tradicionales pierden densidad y emergen figuras capaces de moverse por fuera de las estructuras partidarias clásicas. En ese escenario, el peronismo de centro y el PRO aparecen tensionados por una misma dinámica: la dificultad de representar a una sociedad que ya no se identifica con los nombres de siempre.
Dentro del peronismo moderado, el liderazgo de Juan Schiaretti se consolida con claridad al alcanzar el 45,6% como principal referente del espacio. Sin embargo, el dato disruptivo es la irrupción de Victoria Villarruel, quien con el 29,8% se posiciona como segunda figura en un territorio históricamente ajeno al oficialismo libertario. Más atrás aparecen Emilio Monzó con 10,3%, Jorge Brito con 7,9% y Sergio Uñac con 6,4%, completando un mapa donde la dispersión es la regla y la falta de volumen político, una constante.

El cuadro se vuelve más crítico si se observa el estado del peronismo en su conjunto. La ausencia de Cristina Kirchner como articuladora central, sumada a la interna latente con Axel Kicillof, deja al espacio sin conducción clara ni capacidad de ampliación. Los números de imagen reflejan ese deterioro: Kicillof alcanza 29,7% de positiva contra 70,3% negativa, Cristina queda en 20,6% positiva y 79,4% negativa, mientras Sergio Massa se ubica en apenas 17,5% positiva. El peronismo, así, conserva estructura pero pierde competitividad electoral fuera de su núcleo duro.
La crisis de representación también golpea al PRO, que aparece cada vez más diluido bajo la influencia del mileísmo. A la hora de definir quién debería revitalizar el espacio, los encuestados eligen a Mauricio Macri con 34,9%, seguido muy de cerca por Villarruel con 30,8%. Más relegados quedan María Eugenia Vidal con 20,7% y Rogelio Frigerio con 13,6%. El dato expone una paradoja: el partido que supo encarnar el cambio ahora busca liderazgo fuera de su propia identidad, evidenciando un proceso de cooptación política y pérdida de autonomía.

En paralelo, la imagen de los dirigentes muestra un sistema desequilibrado. Javier Milei mantiene 49,1% de imagen positiva, acompañado por Patricia Bullrich con 48,3% y Villarruel con 47,8%. Se trata del único bloque con niveles competitivos, muy por encima de una oposición que no logra perforar el rechazo. Incluso Macri queda en 34% positiva frente a 66% negativa, confirmando que el pasado reciente sigue condicionando cualquier intento de reconstrucción.
Pero más allá de los nombres, el dato estructural es otro: la sociedad ya no confía en la política como sistema. El 37,3% de los encuestados sostiene que apoya outsiders porque dejó de creer en los dirigentes tradicionales, mientras el 34% afirma que “nadie resuelve” y que es necesario probar con figuras nuevas. A eso se suma un 15,5% que siente que los partidos dejaron de representarlo y un 13,2% que considera que la política discute temas que la sociedad ya superó.

Ese clima explica tanto el ascenso de Milei como la aparición de figuras externas al sistema, entre ellas el propio Jorge Brito o Dante Gebel, aunque sus bajos niveles de imagen positiva (21,4% y 14,8%) también muestran que el rechazo a la política no se traduce automáticamente en confianza en lo nuevo.

En este contexto, Villarruel se posiciona como una figura singular. No lidera formalmente ningún espacio, pero aparece competitiva en todos: mide dentro del PRO, irrumpe en el peronismo de centro y mantiene una imagen alta sin cargar con el desgaste directo de la gestión. Su perfil la ubica como una eventual garante de continuidad del rumbo, en un escenario donde el liderazgo de Milei comienza a enfrentar los límites de la tolerancia social.
La conclusión que deja el estudio es clara. La Argentina atraviesa una transición donde el eje dejó de ser ideológico para convertirse en un problema de representación. El peronismo no logra reconstruir liderazgo sin Cristina, el PRO pierde identidad bajo la órbita libertaria y los outsiders capitalizan el hartazgo más que la esperanza. En ese vacío, la disputa ya no es por el poder en sí mismo, sino por quién logra interpretar a una sociedad que decidió cambiar, pero todavía no encuentra quién la represente.
La encuesta nacional fue realizada entre el 17 y el 20 de abril, con más de 2.200 casos relevados a través de dispositivos móviles.
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