A 10 años de la muerte de David Bowie, ocurrida el 10 de enero de 2016, su legado vuelve a leerse desde una dimensión que excede ampliamente lo musical. El artista británico incomodó y descolocó a la sociedad con su visión sobre el género, la sexualidad y la provocación en una época de corrección política, cuando las disidencias sexuales eran blanco de estigmatización, censura y persecución mediática. Mucho antes de que la diversidad se convirtiera en consigna global, Bowie utilizó el cuerpo, la moda y la puesta en escena como herramientas de intervención cultural directa.
Durante fines de los años 60 y comienzos de los 70, el Reino Unido atravesaba una paradoja legal y social. En 1967, el Parlamento había aprobado la Sexual Offences Act, que despenalizaba los actos homosexuales en privado entre hombres mayores de 21 años, pero el estigma seguía intacto y la figura de la “indecencia pública” continuaba habilitando la persecución. Fue en ese clima de tolerancia técnica y condena moral donde Bowie comenzó a construir una identidad artística que desafiaba abiertamente las normas.
Lejos de una rebeldía adolescente o un gesto espontáneo, su propuesta estética fue una respuesta calculada a un marco cultural que exigía definiciones rígidas. La teatralidad, el artificio y la ambigüedad se convirtieron en herramientas para tensar un sistema que todavía pensaba el género como destino y la sexualidad como desviación.
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Ese posicionamiento no solo impactó en la escena musical, sino que alteró la conversación pública. Bowie no buscó adaptarse, si no que eligió incomodar, provocar y desarmar categorías, incluso cuando eso implicaba exponerse a la burla, la censura o el rechazo institucional.
El cuerpo como manifiesto: androginia, escena y ruptura cultural
El primer golpe fuerte llegó en 1970 con The Man Who Sold the World. En la portada de la edición británica, Bowie aparece recostado en un chaise longue vistiendo un “vestido de hombre” diseñado por Michael Fish. No se trataba de una parodia ni de una apropiación de lo femenino: era alta costura pensada para la anatomía masculina, una prenda que desafiaba las leyes no escritas de la indumentaria de género heredadas de la era victoriana.
Dos años después, en enero de 1972, Bowie profundizó esa ruptura con una declaración que marcaría época. En una entrevista con Michael Watts para la revista Melody Maker afirmó: “Soy bisexual y lo he sido siempre”. La frase fue disruptiva no solo por su contenido, sino porque también era la primera vez que una estrella de rock en ascenso utilizaba un medio masivo para romper la presunción de heterosexualidad obligatoria en el género musical más consumido del mundo.

Ese mismo año, irrumpió su personaje Ziggy Stardust como un fenómeno cultural. El impacto fue inmediato y también medible, ya que el álbum alcanzó el puesto número cinco en las listas británicas y permaneció allí durante dos años. El éxito comercial desarmó un prejuicio central de la industria sobre que su sexualidad era un “veneno” para las ventas. Bowie demostró que la estética queer podía ser, además, un producto de exportación masiva.
En términos escénicos, su formación con el mimo Lindsay Kemp fue clave. Bowie incorporó recursos del teatro físico, el “blanco de payaso” y elementos del Kabuki japonés diseñados por Kansai Yamamoto. El icónico mono asimétrico, por ejemplo, estaba pensado para borrar las formas secundarias masculinas –hombros anchos, caderas estrechas– y construir una silueta neutra, “liminal”, en términos antropológicos.
El 6 de julio de 1972, durante su presentación de Starman en Top of the Pops, realizó un gesto que quedó grabado en la historia de la televisión: rodeó con su brazo el cuello del guitarrista Mick Ronson frente a más de 15 millones de espectadores. Fue el primer contacto físico afectivo entre dos hombres transmitido en horario central por la BBC. Las quejas telefónicas se contaron por miles y evidenciaron la fractura generacional que Bowie estaba abriendo.
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La prensa reaccionó con hostilidad. Diarios como The Mirror calificaron sus shows como “un espectáculo de decadencia moral”. Sin embargo, esa condena mediática funcionó como catalizador ya que, para miles de jóvenes alienados por el sistema de clases y las normas rígidas, Bowie se convirtió en prueba viviente de que la identidad podía ser una construcción voluntaria.
En el plano sonoro, también hubo decisión política. Junto a su productor Ken Scott, Bowie eliminó las frecuencias graves asociadas al “macho rock” de bandas como Black Sabbath y optó por un sonido más brillante, agudo y teatral. Buscaba que la música misma sonara andrógina, lejos de la pesadez testosterónica del blues-rock y más cerca del pop sintético y el music hall.
Provocación, salud mental y el desmontaje del ídolo pop
En 1973, durante la gira de Aladdin Sane, Bowie llevó la provocación a un nuevo terreno: la salud mental. El rayo que partía su rostro simbolizaba la esquizofrenia y la fragmentación de la identidad. Al vincular la ambigüedad de género con la inestabilidad psicológica, denunciaba de forma artística cómo la sociedad diagnosticaba como “locura” cualquier desviación de la norma.

Tres años después, el pasaje al Thin White Duke profundizó el desconcierto. En plena crisis económica y con el Reino Unido atravesado por huelgas, Bowie abandonó el color para adoptar una estética fría, aristocrática y monocromática, con guiños a la iconografía autoritaria europea. Fue criticado por su supuesta falta de humanidad, pero culturalmente representó la deconstrucción del ídolo pop como objeto emocional.
En sus personajes, la sexualidad y el afecto aparecían disociados. No buscaba el matrimonio igualitario ni la aceptación familiar, sino que proponía la autonomía radical del individuo frente a las instituciones. La teoría queer contemporánea leería luego esa postura como una resistencia a la domesticación de los deseos.
El impacto en la moda fue inmediato. Diseñadores como Jean Paul Gaultier y, más tarde, Alexander McQueen, reconocieron las siluetas de Bowie entre 1972 y 1974 como base del prêt-à-porter andrógino. Transformó el vestuario escénico en declaración política y habilitó que prendas antes prohibidas para hombres ingresaran al circuito global.
En Estados Unidos, la reacción fue distinta. Durante su primera gira, Bowie fue escoltado por seguridad adicional ante amenazas de grupos religiosos. Sin embargo, reportes policiales de la época registraron preocupación por disturbios, no por violencia, sino por la alteración del “orden público” que implicaba la congregación de miles de jóvenes vestidos de forma considerada “desviada”.
RV