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SOCIEDAD / Abuso Sexual
jueves 3 enero, 2019

Caso Miramar: los derechos de los violadores en la sociedad del espectáculo

El periodismo tiene la responsabilidad de chequear los datos y sostener la presunción de inocencia. En el caso del camping El Durazno de Miramar no lo logró.

por Agustino Fontevecchia

Uno de los jóvenes acusados de haber violado a una adolescente de 14 años en un camping de la localidad bonaerense de Miramar, mientras es trasladado a prestar declaración. Foto: NA: José Scalzo

En lo fundamental, la práctica del periodismo profesional no ha cambiado: se debe informar imparcialmente, buscando recolectar datos y corroborar hechos, informando al lector cuando se esta frente a una opinión. Esto quiere decir que más allá de que las redes sociales y los teléfonos inteligentes hayan cambiado radicalmente el paradigma actual de la privacidad y el acceso a la información, las reglas del juego deberían ser las mismas.

El caso de Miramar, donde cinco jóvenes oriundos de Mar del Plata fueron acusados y detenidos por la supuesta violación de una nena de 14 años, nos obliga a hacer una análisis crítico y contra-cíclico de cómo los medios cubren este tipo de sucesos.

La Policía de la Provincia de Buenos Aires conspiró para que fotógrafos y camarógrafos se hagan un festín al bajar a los acusados a cara descubierta de un autobús cuando los llevaban a declarar. Los portales de Clarín e Infobae ilustraron sus páginas con esas fotos, mientras que en PERFIL mismo habíamos subido el video en el cual se ve a un policía obligando a uno de los acusados a sacarse la capucha para que lo puedan fotografiar. En La Nación , como en los otros portales, figuraban los nombres completos de los acusados, mientras en los canales de noticias de cable repetían incesantemente las imágenes.

Por la información que trascendió, la chica fue encontrada alcoholizada y con claras señales de abuso, rodeada por algunos de los agresores. Fuentes judiciales filtraron el dato de que había señales físicas de abuso sexual y dos de los cinco acusados admitieron haber tenido relaciones con ella, lo cual siendo ellos adultos y ella menor y alcoholizada parecería confirmar sin lugar a dudas que se trata de una violación.

El problema es que los medios han perdido el eje en este mundo frenético donde la competencia por un click es tan intensa como la crisis económica que enfrentan las empresas periodísticas. Usando el caso de Miramar como ejemplo, antes de llegar al #MiraComoNosPonemos y las acusaciones mediáticas en general, varios de los grandes diarios y portales de la Argentina violaron la presunción de inocencia de los acusados, generando una condena social que sería valida si los hechos estuvieran corroborados. En este caso la mayoría de los medios no pudieron verdaderamente chequear la información sino que se apoyaron en un expediente incompleto, trascendidos y filtraciones iniciales de la fiscalía. La menor todavía ni declaró. Las mismas fuerzas de seguridad, luego de haber expuesto a los acusados, enviaron a los medios fotos en las cuales aparecían con las caras tapadas o pixeladas, como lavándose las manos.

¿Qué derechos tienen los violadores y asesinos? Deberían tener derecho a un juicio justo por un tribunal imparcial. En este caso los medios colaboramos para juzgar a los acusados de antemano. Puede sonar políticamente incorrecto, pero los periodistas tenemos la obligación de cuestionarnos críticamente nuestro rol en esta sociedad del espectáculo y el poder que tenemos, mas allá de que algunos digan que los medios tradicionales están muertos.

La acusación pública de Thelma Fardin contra Juan Darthes es de otra categoría. No solo contó con una denuncia policial, sino que fue un caso más, que se sumó a varios contra Darthés, sugiriendo un patrón de comportamiento que permite hacer inferencias y comenzar investigaciones judiciales y periodísticas. En la investigación que desembocó en el #MeToo en EE.UU., Jodi Kantor y Megan Twohey del New York Times y Ronan Farrow del New Yorker entrevistaron a decenas de personas, revisaron documentos internos, legales  y mails para llegar a sus conclusiones. “En una investigación que duró diez meses, fueron trece las mujeres que me confirmaron que entre los 90 y 2015 fueron acusadas o acosadas por Weinstein. Sus declaraciones corroboraron y se pisan con las revelaciones del Times, e incluyen acusaciones todavía más serias,” explica Farrow al comienzo de su crónica con la que ganó un Pulitzer (junto con el Times), el mayor galardón periodístico de EE.UU.

Volviendo al caso Darthés, #MiraComoNosPonemos y el #MeToo, debería surgir en todas las redacciones del mundo la duda periodística antes de publicar una acusación mediática sin chequear. En muchos casos, es imposible corroborar empíricamente los hechos, dado que sucedieron hace años y en un ambiente privado entre dos personas, pero eso no exime de responsabilidad al periodista de intentar generar las condiciones para poder plantear una hipótesis e intentar chequearla. Tanto con Weinstein como Darthés hay una larga historia de acusaciones y maniobras legales para acallarlas que, junto a los testimonios, conforman un cuerpo de evidencia periodística y judicial.

Es por eso que debemos ser escépticos profesionalmente de las acusaciones mediáticas sin sustento, especialmente cuando son llevadas a redes sociales o programas de entretenimiento. El caso de Rodrigo Eguillor, mediatizado al extremo por el mismo protagonista, casi terminó en un linchamiento público, algo que deberíamos evitar más allá de las responsabilidades de los actores, ya que es el estado el único que debe retener el monopolio de la fuerza. En Bariloche, una acusación falsa en redes empujó al joven Agustín Muñoz a suicidarse

El mismo estándar deberíamos usar en todas las denuncias judiciales, inclusive las de corrupción, donde debemos dudar dos veces hasta de los fallos judiciales para intentar desmenuzar su contexto político y temporal. Cambió el paradigma, si, pero las reglas son las mismas.


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